martes, 8 de mayo de 2012

EL ETERNO DEBATE SOBRE LOS TOROS. Al fin y al cabo, el toro es el único animal que se puede defender de un hombre y luchar en igualdad de condiciones


El toro ratón ha corneado a decenas de personas
 y dado muerte a dos o tres..., un animal indefenso

El debate sobre los toros viene de muy atrás, puesto que ya en el siglo XIX había muchos que se manifestaban en contra, como los escritores de la Generación del 98, que se posicionaban contrarios no porque fuera un espectáculo cruento, sino porque quitaba mucho tiempo a los españoles, ya que hablaban mucho sobre el asunto. El caso es que en las dos o tres últimas décadas la polémica no deja de subir en intensidad, puesto que los antitaurinos han ido engrosando sus filas con quienes están en contra por tratarse de una manifestación cien por cien española.

No hay torero que no tenga dos docenas
de cornadas en su cuerpo
Todo el mundo estará de acuerdo que la vida de un toro de lidia es bastante mejor que la de un animal de carne (y también de leche, de huevos, de foie-gras...), puesto que siempre está en libertad y, llegado el momento, morirá luchando en la plaza, donde al menos tiene oportunidad de defenderse, como demuestran las cornadas que exhiben todos (todos) los toreros y las escalofriantes imágenes de las cogidas. De hecho, bien puede afirmarse que la plaza de toros es el único sitio donde un animal puede defenderse de un hombre, casi en igualdad de condiciones y con no pocas probabilidades de salir vencedor; ningún animal tiene nada que hacer ante un hombre cuando éste va a darle muerte, salvo en una corrida de toros, donde el hombre tiene que acercarse hasta tocarlo, hasta ponerse al alcance de sus tremendos cuernos y su fuerza incontestable. Por eso, causan hilaridad algunos defensores de los animales que dicen que en la plaza de toros “se mata cobardemente a animales indefensos”.

Sin embargo, el animal que no morirá en la plaza apenas se moverá un par de metros cuadrados durante la mayor parte de su vida, será engordado artificial o naturalmente, a la fuerza si es preciso y atendiendo exclusivamente a la productividad, y llegado su momento, se le sacrifica sin que tenga la más mínima oportunidad.

El arte no hubiera sido el mismo sin los toros
 (en la imagen, cuadro de Goya)
Pero a los antitaurinos propiamente dichos se les han unido últimamente otros militantes por razones diferentes a las de la compasión por el animal (resulta contradictorio tener compasión por un bicho que, desde antiguo, es símbolo de fuerza, potencia, bravura). Son los que están en contra de las corridas de toros porque son un símbolo de España. Así, por un lado están los nacionalistas radicales, que en algunas regiones españolas han conseguido prohibir (por ley) la corrida por, dicen, ser un espectáculo sangriento (o así); sin embargo, si así fuera, no hubieran destruido los llamados ‘toros de Osborne’, que no corren peligro de ser estoqueados, pero son considerados españoles y por tanto tienen que desaparecer (hay que estar escaso de luces para pasarse horas serrando metal).

Y por otro lado también están los antitaurinos de cualquier parte de España que han caído en la trampa de Franco. Y es que el dictador (cualquier dictador) tiende a identificarse a sí mismo con el país, con el nombre del país, con sus símbolos (bandera, himno), hasta el punto de que cuando alguien lo critica y se pone en su contra, el dictador proclamará que contra quien están es contra el país entero, que el ataque es contra el pueblo. De modo que este tipo antitaurino lo es por oposición al dictador Franco, lo es por haber claudicado ante éste y haberle concedido lo que él se arrogó, lo que él se apropió, es decir, el nombre de España, la bandera y el himno y las corridas de toros. Así, esta modalidad antitaurinista agrupa también a quienes detestan los mencionados símbolos por haber llegado a la conclusión de que las corridas, la bandera y el propio nombre de España son emblemas del franquismo, símbolos fascistas. Quienes así piensan han sido presas de la propaganda y han caído en la manipulación del régimen en cuestión.

Todos los tipos antitaurinos que esgrimen el consabido “espectáculo sangriento”, curiosamente, asombrosamente, contradictoriamente, se manifiestan partidarios del aborto libre en cualquier momento, negando el derecho a vivir a quien no ha nacido. Resulta inconcebible la compasión por el toro en la plaza y la absoluta indiferencia (cercana a la esencia del nazismo) para con el no nacido. Al menos aquel puede defenderse, mientras que éste es la indefensión en estado puro. Asimismo también deja perplejo que muchos de los que reniegan de esta manifestación popular por su crueldad lleguen a justificar, a disculpar, a explicar, cuando no a apoyar, a los asesinos terroristas. ¡Y qué decir de quienes están en plataformas antitaurinas y son cazados destrozando escaparates, peleándose con la policía o agrediendo a quienes consideran sus enemigos!
Imagen de las Cantigas de Alfonso X el Sabio. S. XIII

Puede gustar o no, pero no se puede negar que es una expresión de cultura popular que ha sido adoptada en muchas partes del mundo. Y de ello han dejado constancia pintores y escultores, novelistas, ensayistas y poetas, músicos y, en general, artistas de todo tipo y de toda procedencia.

Tal vez por ello Federico García Lorca no tuvo miedo de afirmar que “El toreo es la riqueza poética y vital de España (...) Creo que los toros es la fiesta más culta que hay en el mundo”.
Carlosdelriego.