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miércoles, 22 de octubre de 2025

40 AÑOS DEL ESTRENO DE ‘REGRESO AL FUTURO’: EL ‘INICIO’ DEL ROCK & ROLL Y OTROS GUIÑOS AL GÉNERO

 


No podía faltar el imitado 'paso del pato' en el homenaje a Chuck Berry

 


Está claro a quién imitaba Marty al tocar detrás de su cabeza. Es una de las muchísimas referencias de la película al rock & roll y a algunos de sus grandes guitarristas

A quienes vieron la película ‘Regreso al futuro’ cuando se estrenó en España, a finales de 1985, les parecerá casi imposible que hayan pasado ya cuarenta años. Todas las escenas resultan tan familiares y parecen tan presentes… Los amantes del rock & roll jamás olvidarán la interpretación que Marty McFly hizo del ‘Johnny B. Goode’ de Chuck Berry y las locuras que ejecutó en el escenario, e incluso puede que identifiquen algunas de aquellas locuras  

 

Aquella escena, aquellas palabras (“Supongo que no están preparados para esto, pero les encantará a sus hijos”), aquella demoledora interpretación… no sorprendió al público de 1985, de hecho, director, productor y guionista sabían que contarían con la complicidad de cualquier espectador en cualquier parte del mundo. Han pasado nada menos que cuarenta años y, seguro, no habrá ningún interesado en el negocio del rock & roll que no recuerde la escena palabra por palabra, gesto por gesto, locuras, saltos, solos…

 

El rock está presente desde el principio de la peli; Marty se presenta con su grupo a un concurso del colegio. En éste empiezan a tocar el comienzo del tema ‘The power of love’, de Huey Lewis & The News, pero el presidente del jurado apenas les permite tocar unos segundos, los interrumpe y les dice que es suficiente, que son demasiado ruidosos. Lo mejor de la escena es que ese tipo de gafotas que, megáfono en mano, les dice que quedan eliminados es… ¡el propio Huey Lewis! (Al parecer, algo así le pasó a Huey Lewis cuando, de joven, se presentó a un concurso).

 

Es sólo una de las múltiples referencias, alusiones e insinuaciones que la inolvidable película dedica al rock & roll. La banda sonora está llena de canciones: El ‘Time bomb town’ de Lindsey Buckingham (Fleetwood Mac) que suena en la radio de Marty antes de que lo llame Doc. ‘Heaven is one step away’ de Eric Clapton que se escucha cuando se topa con el vagabundo ebrio que dice ‘otro conductor borracho’. El ‘Mister Sandman’ de The Four Aces que se oye cuando Marty llega a su ciudad, Hill Valley, en 1955. La ‘Balada de Davy Crockett’ de Fess Parker, cuando entra por primera vez  en el Café de Lou. ‘Wallflower’, de Etta James, se escucha en el jukebox del Café de Lou mientras se ve a unos chicos bailando… Además del ‘Earth angel’ que toca ‘Marvin Berry & the Starlighters’ durante el ‘Baile del encantamiento bajo el mar’ que es, en realidad, un tema de The Penguins de 1954…    

 

Pero el cenit del rock & roll es el ‘Johnny B. Goode’ que se marca Marty añadiendo unas cuantas referencias a grandes guitarristas que, seguro, muchos identificaron en su momento o en alguna de las infinitas reposiciones que han puesto por televisión. El más honrado es, claro, Chuck Berry, a quien su primo Marvin, por teléfono, le hace escuchar “ese nuevo sonido que has estado buscando”; y no puede olvidarse su imitadísimo ‘paso del pato’. A nadie se le escapa que eso de tocar la guitarra detrás de la cabeza es exclusivo de Jimi Hendrix. Como tampoco que lo de arrodillarse mientras se hace el solo fue típico del más joven Jimmy Page. Lo de saltar desde un altavoz, tocar moviendo la mano derecha como un molino y tirar equipo fueron características del más salvaje Pete Townshend. El solo paseando los dedos sobre el mástil sin que la púa entre en acción recuerda mucho a Van Halen. Y lo de extasiarse con un agudo estratosférico poniendo cara de majareta con los ojos cerrados es…, ¡de tantos guitarristas heavy!

 

Irónicamente, esa icónica escena que tanto se recuerda es absolutamente intrascendente para la trama de la película, es decir, si fuera suprimida, el argumento no se vería afectado ni mínimamente.

 

Cuatro décadas han pasado desde que todo el mundo ‘vio’ por sí mismo cómo ‘nació’ el rock & roll. ¡Quién pudiera volver a 1985 y revivir aquel maravilloso estreno, aquel momento inolvidable!

 

CARLOS DEL RIEGO

 

 

lunes, 2 de septiembre de 2024

ALIEN, 45 AÑOS DE LA APARICIÓN DEL MONSTRUO MÁS ATERRADOR JAMÁS IMAGINADO

 


Portada y anteportada diseñada por Giger para el grupo Emerson, Lake & Palmer

 


El diseño de HR Giger no pierde su terrorífica atracción

“Un superviviente al que no afectan la conciencia, los remordimientos ni las fantasías de moralidad”, así definía el agonizante científico de la nave Nostromo a uno de los más aterradores bichos jamás imaginado por mente humana. Ha pasado casi medio siglo y varias secuelas y la imagen del monstruo sigue causando el mismo terror. ‘Alien, Romulus’, la más reciente secuela de la película de 1979, vuelve a llevar el terror a las pantallas

 

Quien tuvo la suerte de contemplar aquel estreno jamás lo olvidará. Fue una auténtica convulsión para los aficionados al cine, sobre todo para los amantes de las películas de ciencia ficción, de terror y suspense. A finales de 1979 un auténtico monstruo, un ser horripilante y repelente recorrió el mundo, ‘Alien’, el pasajero invasor que parece un ser y también una máquina, que tiene exoesqueleto como un insecto y una boca extensible dentro de su boca, que puede recordar a un dragón y que es cien por cien hostil…, nada imaginado o soñado en la más alucinante pesadilla puede infundir el paralizante miedo que provoca semejante atrocidad. Sin embargo, aun puede haber algo peor que quedar al alcance de sus babeantes mandíbulas y sentir cómo te arranca la cara: puede que no te mate, sino que te capture para colocarte, inmovilizado, ante un asqueroso huevo del que saldrá la cosa (el abrazacaras) que te introducirá por la boca el embrión del monstruo, el cual te romperá el pecho desde dentro para nacer (alguns actores no estaban avisados de lo que iba a pasar en ese momento, de ahí sus caras de verdadera sorpresa, es más, uno incluso se desmayó del susto). Aterrador.   

 

Además del escalofriante diseño del bicho (del suizo H. R. Giger) y de la atmósfera angustiosa y claustrofóbica que impera de principio a fin, además del modo en que es ‘concebida’ la bestia y otras muchas sorprendentes y novedosas ideas que aporta la película (héroe chica, Ripley, chicos víctimas, hombre que ‘da a luz’ tras introducirse en su boca el germen…)además de todo, tal vez sea la incertidumbre que preside todo el metraje lo que multiplica el efecto aterrador. Hay incertidumbre cuando la nave cambia su rumbo sin saber por qué, ¿la señal es de auxilio o de advertencia? Las dudas siguen cuando un ente asqueroso se pega al rostro de un tripulante y no se sabe qué hacer, ¿permitir que entre ‘eso’ en la nave o cumplir con el protocolo de cuarentena? Incluso cuando hay que abandonar y destruir la astronave y recurrir a la auxiliar, la protagonista cambia de idea e intenta volver… La inquietud por lo desconocido llena de miedo a los desafortunados viajeros.

 

Pero la mayor incertidumbre, lo que aterra tanto a los personajes como al espectador es el hecho de que ni un segundo aparece la criatura claramente y en su totalidad, no se sabe exactamente qué es, cómo es, cómo mata, qué pretende, qué les hace a sus víctimas…, sólo se atisba que es un ser feroz, repugnante y cien por cien violento. Es este uno de los grandes aciertos del emblemático título, ya que el desconocimiento conlleva miedo; lo desconocido es en este caso intuido en varios entrecortados y escasos instantes, lo justo para provocar el estremecimiento, la angustia, el espanto de todo el que mira.

Miedo extremo, pavor profundo, pánico absoluto es el sentimiento que el filme transmitió a toda la sala cuando en aquellos últimos setenta se estrenó en todo el mundo. Cómo esa especie de crustáceo repelente se pega a la cara e introduce por la boca de la víctima el embrión del monstruo, cómo emerge éste, en qué se convierte y cómo mata la alimaña adulta… Todo ese caudal de terror lo personifica el personaje de Lambert, la chica que desde el primer momento teme: “¿lo habrá querido coger vivo?” comenta ante la espantosa posibilidad de que la primera víctima esté aun con vida en poder del monstruo; pero como no podía ser de otro modo, la desdichada comprueba finalmente cómo sus temores se hacen realidad y, en una de las mejores y más expresivas escena de toda la película, la criatura se planta ante la infortunada, que se resigna paralizada por el horror y sólo puede gritar…

 

En 1979 aquella sensación de terror e incertidumbre fue muy impactante, pues hay que recordar que hasta entonces los seres procedentes del espacio casi siempre eran inteligencias superiores que procedían con un propósito (aunque fuera perverso), mientras que el octavo pasajero no piensa, sólo mata y actúa como un verdadero monstruo.

 

Pero peor que la propia criatura sea la revelación del traidor cuando, destrozado, confiesa las órdenes de la compañía: “Regresar con ese organismo. Las demás consideraciones anuladas. Tripulación sacrificable”. Después de todo, los directivos de la empresa exhiben mayor maldad que la mismísima bestia. Eso es algo que se confirma en las secuelas. Hay que destacar que en todas las películas que incorporar el término ‘Alien’ en su título el protagonista es femenino: Ripley en ‘Alien’ 1, 2, 3 y 4, la guía de la expedición en ‘Alien contra Depredador’, y en ‘Alien contra Depredador 2’ es la militar que vuelve de la guerra; siempre son ellas las que llevan la iniciativa. Y en ‘Alien Romulus’ (que no está nada mal y contiene referencias a otras pelis) vuelve a ser ella la protagonista.  

 

Pocas películas, en fin, transmiten tanto terror y producen tanto escalofrío como aquella primera entrega de ‘Alien’. Han pasado cuatro décadas y media, pero la visión de tan significada película continúa estremeciendo. Sobre todo al espectador nuevo.

 

CARLOS DEL RIEGO

 

miércoles, 17 de junio de 2020

NI EL ARTE ES HISTORIA NI LA OBRA DE ARTE RACISTA AUNQUE EXPRESE O MUESTRE RACISMO

Una película o cualquier obra de arte no es un libro de Historia ni una guía moral, ni tampoco racista


Nuevamente vuelve a primera plana el asunto del racismo en el cine (concretamente se señala ‘Lo que el viento se llevó’), pero parece que esto es sólo el principio. Así, no deberá extrañar que pronto muchas obras de arte sean acusadas de racistas, machistas, homosexfóbicas… Sin embargo, la pieza artística no puede ser racista o machista, ya que no es un ente pensante, pero sí puede expresar esos sentimientos, lo cual no quiere decir que la película o la novela se sientan superiores a personas negras o a mujeres
La obra de arte no puede ser racista ni antirracista. Sí puede reflejar o manifestar racismo, pero eso no equivale a que sea racista, principalmente porque no será decisión de la obra de arte (como si fuera un ente pensante que elige ser esto o aquello), sino de su autor, es decir, el autor puede expresar racismo en sus obras sea él racista o no, pero éstas no tendrán culpa ni podrán ser acusadas de ese delito. Por otro lado, una novela, una película, una pieza musical o una pintura no es un libro de Historia ni una guía moral, no tiene la obligación de mantener fidelidad histórica respecto a los hechos que narra ni ser ejemplo ético. Es por tanto un disparate con tintes inquisitoriales la calificación de ‘Lo que el viento se llevó’ como película racista o amable con la esclavitud, entre otras cosas porque la trama principal va por otro lado. 
El arte siempre estará sujeto a interpretación. Así, cuando el rock & roll hizo su aparición fue tachado de música demoníaca, e incluso algunos grupos como Iron Maiden fueron acusados de incluir mensajes satánicos en sus discos, juzgados por ello y absueltos. Tanto en la Alemania Nazi como en la Unión Soviética se quemaban en hogueras públicas obras de arte calificadas como ‘arte degenerado o ‘arte burgués capitalista’ y, por tanto, peligroso para la única verdad admisible, nazi en un caso y comunista en otro. De igual modo ocurrió en los tiempos de la Inquisición, cuando muchos libros fueron repudiados por heréticos, prohibidos, quemados. Y todo esto sucedió (sucede) porque alguien interpreta la manifestación artística según sus criterios y mentalidad, y decide que es una grave amenaza para la Humanidad.
En realidad cada uno ve e interpreta la película, la novela o la pintura según lo que lleve dentro. Por ejemplo, cuando una persona normal ve unas fotos de unos niños jugando en la piscina lo interpreta como imágenes familiares, sin embargo, para un pederasta se trata de fotos pornográficas… Así, quien califica de racista, machista u homosexfóbica una película es que, de alguna manera, alberga esos sentimientos, ve en ella lo que lleva dentro, y se manifiesta más fervorosamente combativo contra la pieza sospechosa para no resultar él mismo sospechoso; es como los judíos conversos en la España del XVI, que eran mucho más intransigentes contra los sospechosos de herejía que los ‘cristianos viejos’ para evitar que las sospechas cayeran sobre ellos. 
‘Lo que el viento se llevó’ se estrenó en 1939, hace más de ochenta años. Muchos de los que hoy la acusan de racismo o de presentar una visión edulcorada del racismo son personas de edad que vieron la película hace veinte, treinta o cuarenta años, sin embargo, aunque la habrán visto muchísimas veces, nunca antes habían dicho que era un filme racista ni tolerante con el racismo, nunca se les había ocurrido tal cosa, jamás lo habían pensado; en otras palabras, parecen haber descubierto ahora sus pecados, sólo ahora, cuando la ola de puritanismo inquisitorial dice cómo hay que pensar y, así, la juzga y la sentencia. Lo mismo ocurre con las pelis de dibujos de Disney, que después de millones de visionados han sido halladas culpables de machismo; choca que nadie se diera cuenta de ello hace cuarenta años, y que los acusadores, aunque la vieran mil veces, no encontraran antes el delito. Sí que hubo racismo cuando en la entrega de los Óscar colocaron detrás a Hattie McDaniel, la criada negra, para que no se la viera mucho.
Los guardianes de la verdad absoluta, los espíritus puros y libres de todo defecto se piensan los únicos legitimados para decidir qué es malo y qué bueno, qué peli u obra de arte no es suficientemente antirracista o feminista. Y quien lo discuta es un…
CARLOS DEL RIEGO

miércoles, 31 de mayo de 2017

EL FESTIVAL DE AVIÑÓN OVACIONA AL ASESINO DE MARIE TRINTIGNAN El veterano actor francés Jean Louis Trintignan ha declarado que le da náuseas ver cómo el festival de Aviñón acoge entre aplausos y palmaditas en la espalda al asesino de su hija Marie. Todo este asunto es tan asombroso como indignante.

La víctima, Marie Trintignan, muerta a palos por un bestia que no pasó ni cuatro años en la cárcel y hoy es agasajado en Francia

Por un lado está el violento prosimio Bertrand Cantat, miembro del grupo Desir Noir (antifascista y pacifista que se manifestó contrario a la guerra de Irak) que mató a golpes en la cabeza a la actriz Marie Trintignan, según la autopsia con un total de 17 porrazos de “extrema violencia”; quedó demostrado en el juicio que ella recibía palizas día sí día también, cosa que confirmaron las anteriores parejas del protoser en cuestión, el cual había sido denunciado innumerables veces por esas mujeres. Sin embargo, el encargado de administrar la ley, dejándose convencer por alguno de los habituales embustes a que suelen recurrir ciertos abogados como herramienta principal, entendió que un tipo que ha apaleado a toda mujer que ha tenido la desgracia de estar cerca de él, un tipo que pegó hasta la muerte a una de ellas, merecía una condena muy inferior al daño causado (poco más y lo castiga sin postre una semana), pues lo consideró homicidio involuntario y lo condenó a ocho años, de los que cumplió menos de la mitad. El caso es que el bestia dijo primero que Marie se había resbalado dándose contra el radiador; luego, cuando los médicos que la atendieron en principio afirmaron que aquello eran marcas de golpes, rectificó y dijo que le había dado un par de pescozones. Pero la autopsia demostró 17 golpes en el cráneo y en la cara, que quedó irreconocible, así como señales de estrangulamiento.

Al parecer (en agosto de 2003, en Vilna, Lituania) María estaba encerrada en el baño aterrorizada; él esperó pacientemente como hiena que acecha silenciosa; sin que se sepa por qué ella salió y él la agarró, la golpeó contra el quicio de la puerta, contra el radiador y contra todo lo que tuvo a mano; el cafre creyó (según declaró) que la desdichada, ya sin sentido, estaba haciendo cuento, y siguió dándole; luego estuvo varias horas hablando tranquilamente por teléfono pero no llamó a servicios médicos, es decir, la dejó morir demostrando una infinita vileza. Cuesta creer que semejante alimaña no tuviera intención de matar (se demostró que siguió atizando a la pobre Marie cuando ya estaba inconsciente y que, en algún momento, le echó un trapo sobre la cara), por tanto, esto es un asesinato en toda regla, por más que el de negro lo dejara en homicidio involuntario y ocho años; dicho sea de paso, el sentenciador pudo aplicar una pena de hasta 25 años, pero matar así le pareció tan poca cosa que aplicó la mínima, que es la sentencia habitual en Francia para quien mata a su pareja-mujer. En todo caso, esto es, sin la menor duda, un evidente caso de desproporción. Tan flagrante como que lo dejen salir de la cárcel tras cumplir menos de la mitad porque se portó muy bien (claro, en el trullo no hay mujeres a las que pegar), estudió, acudió al sicólogo e hizo todo lo que hay que hacer para que los que deciden, aquejados de síndrome de Estocolmo y/o cobardía y/o papanatismo ante la celebridad, crean que están ante un buen chico.

Pero luego está la consideración social del tiparraco. Resulta que cuando alguien difunde un comentario considerado machista no sólo le llueven palos por delante y por detrás, sino que habrá de soportar el insulto y el rechazado tanto de la sociedad en general como de su entorno profesional. Sin embargo, en Francia, un verdadero asesino (tal es quien pega en la cabeza de otra persona 17 veces “con extrema violencia”) es invitado y recibe parabienes de sectores culturales y público (el indeseable ha reanudado su carrera con cierto éxito), como si matar cobardemente a su pareja sea como un mal aparcamiento. Y es que el mundo de la farándula es extremadamente corporativista, de modo que defenderá a ‘uno de los suyos’ haga lo que haga, como quedó demostrado al ver el posicionamiento de todo el gremio respecto al violador Roman Polanski…; otra cosa sería si algún integrante de dicha cofradía hiciera un comentario que se entendiera machista, homosexófobo, racista, xenófobo…, entonces sí que sería objeto de absoluto desprecio. Siguiendo con las desproporciones, allí, en Francia, unos tipos fueron condenados a 15 años por planear un atraco un banco; no hace tanto, en Inglaterra, un hombre fue condenado a 12 años por fumar en el servicio de un avión; aquí, en España, donde un terrorista que mató a más de veinte personas cumplió menos de veinte años, una cantante pasó dos entre rejas por evadir impuestos… Desconcertantes e indignantes casos de desproporción. La vida de Marie (40 años, cuatro hijos) valía menos de cuatro años de la vida de su asesino, es decir, matar de modo tan brutal y cobarde no se considera algo tan grave…   

Ahora, el desconsolado, desconcertado y asqueado Jean Louis Trintignan tiene que soportar cómo hay quien elogia y ríe las gracias del criminal protozoo. “No comprendo esta situación, no entiendo cómo se ovaciona al tipo que mató a mi hija a palos…, todo esto me parece una mierda maloliente”, dijo el actor. Y tiene razón: tanto el cobarde matón, como el dudoso juez que en tan poco tenía la vida de la víctima y condenó a ese bestia a sólo ocho años, como los legisladores que permiten que quien arrebató decenas de años a un semejante lo pague sólo con tres, como el festival de Aviñón que lo invita y lo aplaude, todos ellos huelen a lo que son.


CARLOS DEL RIEGO

miércoles, 24 de mayo de 2017

ANTONIO BANDERAS Y LA ENVIDIA DE LOS MEDIOCRES. El actor Antonio Banderas ha sido recientemente noticia no por sus actividades profesionales, sino porque su proyecto cultural para Málaga fue rechazado gracias a la negativa de políticos de izquierda de dicho municipio.

Banderas presentando su proyecto

Al parecer, las causas de la negativa son, dicen, que pretendía construir más de lo permitido, que su propósito era lucrarse, que iba a aprovecharse de recursos públicos para fines particulares... Sin embargo, las causas auténticas del rechazo parecen muy otras.

Nadie pondrá en duda la trayectoria laboral de Banderas, que se marchó de España con lo puesto para intentar jugar en las ‘grandes ligas del cine’; así, hasta la fecha, el malagueño ha trabajado en nada menos que 91 películas desde 1982 (la mayoría en Hollywood), a lo que hay que añadir las cuatro que ha dirigido y las seis que ha producido. Por otro lado, también es indiscutible el reconocimiento y la reputación de que goza en todo el mundo, algo que demuestra la interminable lista de premios y distinciones que ha recibido de todo tipo de festivales y academias de cine. En resumen, es una persona que nunca ha dejado de trabajar y que, gracias a su esfuerzo y su talento, puede considerarse un triunfador. Y esta es (casi con total seguridad) la causa última de la negativa a aceptar su proyecto cultural, puesto que los mediocres y los envidiosos no soportan al que tiene éxito, detestan al que lleva a cabo algo meritorio que ha requerido capacidad y sudor, puesto que el triunfo de otros les demuestra su medianía, su vulgaridad, su mediocridad… y su terror al trabajo (algo parecido sucede con otros triunfadores, como Nadal o como Amancio Ortega que, a base de trabajo y valía, alcanzan la cima y que, sin embargo, son menospreciados e incluso insultados por los mediocres y los envidiosos).

Dicen que el actor, productor y director pretendía enriquecerse aprovechándose de recursos públicos… Él pretendía convertir en centro cultural unos edificios municipales que llevan años abandonados; así, ofrecía un plan que incluía varios escenarios y diversos espacios para teatro, danza, música, cine, exposiciones…, así como una programación estable; es decir, no sólo proponía la rehabilitación y adecuación de los inmuebles, sino que les garantizaba su aprovechamiento para toda la ciudadanía gracias a una actividad constante. Es más, el proyecto presentado incluía el pago del coste de los edificios (más de veinte millones) en unos pocos años y la aportación de una cantidad mensual para las múltiples actividades… Sea como sea, teniendo en cuenta que en España la actividad cultural no hace a nadie millonario (salvo contadas excepciones) y que los empresarios que se tiran a esa piscina suelen acabar escalabrados, no parece argumento de peso decir que el objetivo de Banderas sea el lucro; y para probarlo baste recordar que los auditorios, museos y centros culturales son de titularidad pública (municipal, provincial, regional, estatal), ya que se trata de inversiones económicamente ruinosas que las administraciones costean porque son de interés público. En resumen, estos núcleos de cultura (como el que pretendió el artista) son cualquier cosa menos rentables.

En realidad, en el fondo del rechazo a la proposición de Banderas está la esencia del pensamiento comunista: la negación de la individualidad, la condena de la iniciativa personal, la persecución de todo aquel que tenga el atrevimiento de tener sueños y acometer con decisión y trabajo la empresa de convertirlos en realidad…, salvo que el proyectista pertenezca a la secta, en cuyo caso se buscan toda clase de eufemismos para convertir en deseable lo que en manos de otros es indeseable. “Si una brizna de hierba sobresale se corta” decían los teóricos del comunismo para justificar su deseo de impedir la iniciativa personal… El esfuerzo y la constancia del individuo que busca materializar sus ilusiones, así como la capacidad y el mérito que requiere todo éxito, son valores repudiados por la mentalidad comunista, que trata de que todo el mundo sea mediocre, vulgar, que nadie sobresalga, que el más holgazán e inepto goce del mismo reconocimiento que quien es diligente y brillante.  

Existe una máxima que señala que la envidia es el elogio del mediocre; el dicho no puede resultar más apropiado al caso, pues son mediocres, vagos y envidiosos los que se oponen a que un triunfador incansable y cargado de mérito ponga en marcha sus propios planes (que, sin duda, serían muy beneficiosos para la ciudad y sus habitantes); otra cosa sería si quien presenta la oferta perteneciera a la misma cuadrilla ideológica que los resentidos, por ejemplo Bardem; entonces, ¿alguien cree que si hubiera sido éste el que presenta la oferta habría obtenido la misma respuesta?
En fin, puede que la movilización ciudadana (más de 20.000 firmas en una hora) consiga que algunos se traguen su envidioso rencor.


CARLOS DEL RIEGO

miércoles, 30 de noviembre de 2016

FERNANDO TRUEBA O CÓMO TIRAR PIEDRAS CONTRA EL PROPIO TEJADO. Las incomprensibles declaraciones que este cineasta realizó hace un año le están pasando factura hoy (XI-16), pues el público ofendido vuelve la espalda a su nueva película. Entonces no se dio cuenta de que apedreaba su casa.

Parece decir 'me iría con vuestro enemigo pero acepto vuestro dinero'..
Hace catorce meses el director de cine Fernando Trueba fue el origen de una encendida polémica cuando, al recibir un premio reservado a cineastas españoles, declaró no sentirse español (entre otras increíbles afirmaciones) a la vez que extendía la mano para recoger la pasta. Como si los que entonces se sintieron ofendidos le hubieran estado esperando, el altercado verbal ha resurgido con el estreno de la nueva película del susodicho, la cual ha registrado una muy floja acogida por parte del personal; seguramente el recuerdo de aquellas palabras ha tenido su influencia en los datos de taquilla. Dicho sea de paso, el pretendido boicot a la película tiene tanto sentido como las actitudes de este señor, pues no hay mayor desprecio que no hacer aprecio.

En primer lugar se antoja incomprensible que alguien que trabaja ‘de cara al público’ y, por tanto, depende de su voluntad y sus gustos, despotrique, menosprecie y se manifieste contra los sentimientos de una parte importantísima de sus clientes. Así, es fácil entender que si alguien se sintió insultado no sólo no acuda a ver el filme, sino que reniegue en lo sucesivo de cualquier obra firmada por este señor. Uno puede sentirse lo que quiera y manifestarlo cuando lo desee, pero siempre le será más rentable hacerlo con educación y sin faltar a quienes van a comprar su producto, pues en caso contrario estará tirando piedras contra su propio tejado; y cuando a causa de una incontinencia verbal alguien se gana la enemistad de parte de la audiencia, será para siempre y sin vuelta atrás. Lo curioso es que el director afirma no entender la reacción airada de muchos españoles contra él y su película…, es como el que muerde la mano que le da de comer y luego no comprende que la mano no vuelva a ofrecerle comida.   

Conviene recordar que el protagonista de esta historia (que nunca ha manifestado ningún escrúpulo en aceptar dineros y subvenciones del país del que tan mal habla) fue más allá, mucho más allá de una simple expresión de afecto o desafecto; y es que añadió sin sonrojarse que le hubiera gustado que España hubiera perdido la Guerra de la Independencia contra Napoleón (cuyas tropas destruyeron, quemaron, mataron y saquearon a voluntad), y para rematar su discurso se le ocurrió soltar que en caso de guerra se pondría de parte del enemigo de España (en un contexto bélico esto se llama traición). Este indisimulado resentimiento contra el lugar donde nació, donde están su familia y sus amigos, donde ha trabajado y progresado, no deja de recordar a aquellas vociferantes masas que durante los días de la II República Española gritaban por las calles “¡Viva Rusia y muera España!”; si tal cosa se produjera hoy, probablemente Trueba estaría en primera fila y voceando más que nadie.

En posteriores manifestaciones este hombre ha señalado que no se le entendió, que se sacó de contexto, que cuando dijo blanco quería decir verde y así debió entenderse, queriendo asimismo transmitir la idea de que soltó todo aquello en tono irónico, a modo de chascarrillo…, sin embargo, resulta difícil encontrar algún atisbo de gracia en aquellas palabras. Por otro lado, sabiendo de las posturas y actitudes excluyentes que el personaje había mostrado previamente, aquella salida de tono parece más una muestra explícita e intencionada de lo que tiene en su interior.  Dijera lo que dijera y con la intención que fuera, no parece oportuno hacer de menos a la cultura y tradición de un país (habló de clásicos españoles en tono descortés, desdeñoso) precisamente durante la ceremonia en la que ese país le está agasajando, premiando y gratificando; no era el lugar ni el momento ni el contexto para verter tales reflexiones. Por último, del mismo modo que el tonto es tonto aunque no se sienta tonto, quien es español lo es aunque no lo sienta.

Sea como sea, hay en este país mucha gente, muchos espectadores que sienten como si algunos profesionales de este negocio los hubieran echado del cine a patadas, empujones e insultos. Sucedió hace unos cuantos años, cuando actores y directores (no es necesario recordar nombres) faltaron al respeto a aproximadamente la mitad de la población, e incluso alguno utilizó el término ‘subnormales’ para despreciar a quienes no coinciden ideológicamente con ellos y prefieren otra opción política. Tal vez no se dieran cuenta, pero en aquel momento esos cineastas expulsaron de las salas a miles de españoles, y no será a corto plazo ni tampoco fácil conseguir que vuelvan. Sin la menor duda, esta es una de las causas de que cuando se proyectan ciertas películas españolas las salas muestran exceso de butacas vacías; otras causas son la calidad, la feroz competencia que tiene el cine en pantalla grande y, claro, los precios. Además, la película de la discordia es segunda parte, es otra de la guerra civil, es otra con (seguro) buenos buenísimos y malos malísimos…, ¡con la de episodios históricos que ofrece España, Hispania o Iberia para idear buenos guiones cinematográficos!       

Al parecer los productores invirtieron diez o doce millones en la peli, cantidad que les va a ser muy difícil recuperar, por lo que en adelante puede que Trueba se tope con problemas para encontrar quien financie sus empresas. De todos modos, si lo que se proyecta es atractivo, gusta, seduce y tiene gancho (como no pocas de sus producciones anteriores a la desafortunada ‘rajada’), el público responderá aunque sea obra de alguien que siempre se pondrá de parte del enemigo. ¿O tal vez no?

Después de todo el jaleo, y tal vez pensando en su futuro, el director se la envaina y se desdice: “Amo a España”, dijo luego de comprobar las consecuencias de sus palabras. Si no te gustan estos principios tengo otros, explicaba un genio de este mismo gremio.


CARLOS DEL RIEGO

jueves, 1 de enero de 2015

ALGUNAS MENTIRIJILLAS DEL CINE ¡Cómo engaña el cine! Sí, para convertir cualquier historia real en una magnífica película hay que adornar, tergiversar, retorcer, y así, burlando la realidad, es como se asombra y se fascina al espectador. Eso sí, a veces las mentirijillas chirrían

El auténtico Custer se parecía poco al que presentó Hollywood
El cine es engaño y trampa, es su esencia, como en el ilusionismo. Sin embargo, hay casos en que la seducción exige incluso modificar la verdad y traicionar a los protagonistas de la Historia. Y no se trata sólo de anacronismos como el del romano que luce reloj. En no pocas ocasiones muchas personas llegan a conocer a un personaje histórico a través del cine. Por ello, sucede que algunas licencias que se toman guionistas y directores para adornar o dar mayor dramatismo al guión, son consideradas como hechos históricos por buena parte del público, que asimila inocentemente estas mentirijillas.

Los casos abundan. Uno de los más reconocibles es el de la supuesta envidia criminal de Salieri a Mozart en la película ‘Amadeus’. Pero como es sabido, Antonio Salieri no sólo no tuvo que ver en la caída del genio, sino que más bien parece que éste y su padre se obsesionaron de modo enfermizo con el italiano al conseguir éste un puesto que Mozart deseaba. El monstruo del pentagrama llegó a acusarlo del fracaso en Viena del estreno de una de sus obras…, cuando el acusado estaba en París.

Una engañifa muy buena tiene al Cid como prota. Hubo un tiempo en que en España se dio por cierto que el héroe medieval español por excelencia había ganado una batalla después de muerto; la realidad es que esta creencia procede de ‘El Cid’ (1961, Anthony Mann), en la que atan el cadáver del caballero al caballo para hacer creer a los moros que está vivo y es poco menos que inmortal, y así los sarracenos huyen despavoridos. El hecho es falso como el bigote de Groucho. Sin embargo, Rodrigo Díaz a caballo y blandiendo el espadón debía ser aterrador. Y el cine agradece estos cuentos.   

Igualmente Hollywood ha distorsionado la figura del capitán Bligh. En varias películas sobre el motín del barco Bounty aparece como un vengativo, cruel y estúpido comandante, presentándose el famoso motín como un acto de legítima defensa, de justicia. Así, en la peli, William Bligh ordena sangrientos y continuos castigos, flagelaciones y ejecuciones (“¡pasadlo por la quilla!”), es malhumorado, sádico y enfrentado a todo el mundo. Pero la verdad es que el capitán era más amigo de dar el sermón, la regañina, que de fustigar y, mucho menos, de ejecutar; es más, era culto y se preocupaba por el bienestar de su tripulación (según diarios, crónicas y memorias). Finalmente fue absuelto con honores en el proceso que investigó la pérdida del barco. ¿El motín?, lo más probable es que, tras cinco meses de placeres y holganza en Tahití, los marineros (vagos, exigidos y mal pagados) no estuvieran dispuestos a volver al trabajo y el aislamiento, por lo que decidieron regresar al paraíso y echarse nuevamente en brazos de las tahitianas. Piénsese: o disfrutando del trópico con nativas amistosas y sin dar golpe o fregando la cubierta… Claro que las pelis atraen más con un buen malo.  

Lo contrario ocurre con el general Custer. Clásicos del cine lo muestran como heroico y sacrificado al frente del Séptimo de Caballería, pero la cosa no fue así. Orgulloso y soberbio hasta lo impensable, la vida de sus soldados le importaba un pito: la brigada que mandó en la batalla de Gettysburg batió todos los récords de bajas, por no hablar de sus asaltos a los poblados indios. La célebre derrota de Little Bighorn fue, sin duda, causa directa de sus desmedidas vanidad y ambición. No sólo cometió el error de dividir sus fuerzas ante un enemigo numéricamente superior, sino que rechazó llevarse unas ametralladoras que hubieran sido definitivas porque lo retrasarían, y él no quería correr el riesgo de que otro llegara antes y se llevara la gloria. El nieto de un soldado que sirvió a sus órdenes declaró que su abuelo le había confesado que el general había sido la peor persona que había conocido en su vida… Pero los estadounidenses tienen sus héroes y gestas y no son escrupulosos si hay que falsear la cosa.

El caso de Juan ‘Sin Tierra’, Ricardo ‘Corazón de León’ y Robin Hood está asimilado por todos: el primero es el malo y los otros dos los buenos. La verdad es distinta. El rey Ricardo, que apenas sabía inglés y no pasó en Inglaterra más de seis meses durante su reinado, se presenta como el héroe de la historia, cuando en realidad estuvo siempre ‘de viaje’, y mucho menos preocupado por su reino y sus súbditos que por hacer buenas migas con Saladino; según un especialista, “fue mal hijo, mal marido y mal rey, pero gran soldado”. Juan (que sí, trató de usurpar el trono…, como todos los hermanos e hijos de reyes de su época) se encargó del gobierno de Inglaterra y sus posesiones francesas mientras su hermano estaba de parranda, quitó impuestos al pueblo, se enfrentó a los aristócratas y firmó la muy avanzada (para ser 1215) Carta Magna. Robin Hood, en fin, era un nombre común para los asaltadores de caminos; alguno podría ser el que menciona la leyenda, pero no coincidió en el tiempo con Juan y Ricardo.   

Falsificación semejante se hizo en ‘Braveheart’. En ésta, Robert Bruce traiciona a William Wallace en favor del rey Eduardo I; sin embargo, la Historia afirma que Bruce engañó al monarca inglés, se unió a la rebelión y la continuó cuando Wallace renunció. Claro que para llegar a ser rey de Escocia no dudó en engañar, traicionar y asesinar, como hacía todo el que podía en aquel entonces, a comienzos del siglo XIV. 
Hay muchos otros casos de licencias históricas en el cine, pero ¡qué sería del cine si sólo fuera Historia!  


CARLOS DEL RIEGO

miércoles, 1 de octubre de 2014

ALIEN, 35 AÑOS TEMIENDO AL MONSTRUO “Un superviviente al que no afectan la conciencia, los remordimientos ni las fantasías de moralidad”, así definía el agonizante científico de la nave Nostromo a uno de los más aterradores bichos jamás imaginado por mente humana. Décadas después los sentimientos que provoca no han variado

El terror se dibujaría en el rostro de cualquiera ante esta visión

Es difícil imaginar criatura más repulsiva
Su estreno fue una auténtica convulsión para los aficionados al cine, sobre todo para los amantes de las películas de serie B y de ciencia ficción, de las de terror y suspense. A finales de 1979 un auténtico monstruo, un ser horripilante y repelente recorrió el mundo, ‘Alien’, el pasajero invasor que parece un ser y también una máquina, que tiene exoesqueleto como un insecto y una boca extensible dentro de su boca, que puede recordar a un dragón y que es cien por cien hostil…, nada imaginado o soñado en la más alucinante pesadilla puede infundir el paralizante miedo que provoca semejante atrocidad. Sin embargo, aun puede haber algo peor que quedar al alcance de sus babeantes mandíbulas y sentir cómo te arranca la cara: puede que no te mate, sino que te capture para colocarte, inmovilizado, ante un asqueroso huevo del que saldrá la cosa que te introducirá por la boca el embrión del monstruo, el cual te romperá el pecho desde dentro para nacer (los actores no estaban avisados de lo que iba a pasar en ese momento, de ahí sus caras de verdadera sorpresa, es más, uno incluso se desmayó del susto). Aterrador.
  
Además del escalofriante diseño del bicho (del suizo Giger, fallecido hace unos pocos meses) y de la atmósfera angustiosa y claustrofóbica que impera de principio a fin, además del modo en que es ‘concebida’ la bestia y otras muchas sorprendentes y novedosas ideas que aporta la película (héroe chica, Ripley, chicos víctimas, hombre que ‘da a luz’ tras introducirse en su boca el germen…), tal vez sea la incertidumbre que preside todo el metraje lo que multiplica el efecto aterrador. Hay incertidumbre cuando la nave cambia su rumbo sin saber por qué, ¿la señal es de auxilio o de advertencia? Las dudas siguen cuando un ente asqueroso se pega al rostro de un tripulante y no se sabe qué hacer, ¿permitir que entre ‘eso’ en la nave o cumplir con el protocolo de cuarentena? Incluso cuando hay que abandonar y destruir la astronave y recurrir a la auxiliar, la protagonista cambia de idea e intenta volver… La inquietud por lo desconocido impregna de miedo a todos los desafortunados viajeros. Pero la mayor incertidumbre, lo que aterra tanto a los personajes como al espectador es el hecho de que ni un segundo aparece la criatura claramente y en su totalidad, no se sabe exactamente qué es, cómo es, cómo mata, qué pretende, qué les hace a sus víctimas…, sólo se atisba que es un ser feroz, repugnante y muy violento. Es este uno de los grandes aciertos del emblemático título, ya que el desconocimiento conlleva miedo; lo desconocido es en este caso intuido en varios entrecortados y escasos instantes, lo justo para provocar el estremecimiento, la angustia, el espanto de todo el que mira. Y mucho más en aquel 1979, pues hay que recordar que hasta entonces los seres procedentes del espacio casi siempre eran inteligencias superiores que procedían con un propósito (aunque fuera perverso), mientras que el octavo pasajero no piensa, sólo actúa como un verdadero monstruo.  
  
Miedo extremo, pavor profundo, pánico absoluto es el sentimiento que el filme transmitió a toda la sala cuando en aquellos últimos setenta se estrenó en todo el mundo. Cómo esa especie de crustáceo repelente se pega a la cara e introduce por la boca de la víctima el embrión del monstruo, cómo emerge éste, en qué se convierte y cómo mata la alimaña adulta… Todo ese caudal de terror lo personifica el personaje de Lambert, la chica que desde el primer momento teme: “¿lo habrá querido coger vivo?” comenta ante la espantosa posibilidad de que la primera víctima esté aun con vida en poder del monstruo; pero como no podía ser de otro modo, la desdichada comprueba finalmente cómo sus temores se hace realidad y, en una de las mejores y más expresivas escena de toda la película, la criatura se planta ante la infortunada, que se resigna paralizada por el horror y sólo puede gritar…

Sin embargo, puede que lo peor no sea la criatura sino la revelación del traidor cuando, destrozado, confiesa las órdenes de la compañía: “Regresar con ese organismo. Las demás consideraciones anuladas. Tripulación sacrificable”. Después de todo, los directivos de la empresa exhiben mayor maldad que la mismísima bestia (algo que se confirma en las secuelas).

Sea como sea, pocas películas transmiten tanto terror y producen tanto escalofrío como aquella primera entrega de ‘Alien’. Han pasado tres décadas y media, pero la visión de tan significada película continúa estremeciendo.

Y una última incertidumbre, ¿tiene ojos el monstruo?


CARLOS DEL RIEGO

jueves, 8 de mayo de 2014

LA FIGURA DEL HÉROE A SU PESAR EN EL CINE CLÁSICO En el cine de las últimas décadas apenas se ven protagonistas con profundidad sicológica suficiente como para mostrar una lucha interior, esa que sí ofrecen protas de pelis clásicas que se debaten entre ocuparse de sus intereses o plantar cara a la injusticia


El héroe no hace caso a quien le asegura que 'más vale un cobarde vivo
 que un héroe muerto'

Hablaban unos adolescentes de cine, de la película ‘Casablanca’ y, más concretamente, de su final. Unos decían que la peli acaba mal, otros que el final es abierto y no está claro, y algunos no entendían por qué el protagonista no quiso marcharse con la chica. En primer lugar resulta sorprendente que chicos y chicas de 15 o 16 años no sólo se sienten a ver una película vieja en blanco y negro, con escasa acción y sin efectos especiales, sino que después se monten entre ellos un pequeño cine-fórum. Sea como sea, el filme en cuestión ha de tener algo cuando más de sesenta años después sigue capturando la atención de las nuevas generaciones. Tal vez sea que, además de todas las virtudes de tan emblemática producción, ‘Casablanca’ (Michael Curtiz, 1942) muestra a ese personaje que se ve obligado a ejercer de héroe, a acometer una tarea que no desea pero que, finalmente, él mismo se obliga a emprender. No puede hacer otra cosa.


Sólo él puede enfrentarse al viejo avaro, y por eso renuncia
 a sus deseos más profundos

Sí, a lo largo del filme, Rick subraya varias veces que no le interesan los asuntos políticos, las peleas o los problemas de los demás, que sólo le interesa lo suyo, su negocio y sus intereses…; pero eso es sólo lo que él dice, incluso lo que él quisiera, de modo que ante las decisiones trascendentes obra en contra de aquel sentimiento: cuando combate al franquismo en España o la anexión de Austria (así se lo recuerda Laszlo) y, en la penúltima escena, cuando renuncia a quedarse con la chica estropeando así un final feliz. Nadie dudará de que Rick hubiera preferido irse con Ilsa que con Renault, pero en el momento cumbre renuncia a su propio beneficio en aras de un bien mucho mayor, es decir, en contra de su pensamiento e intenciones; y en contra de lo que proclama, se comporta como un héroe, con unos principios elevados que se imponen a su interés personal. Él no quiere ser eso, pero no tiene otro remedio que serlo.

Este personaje, esta figura del esforzado que sacrifica sus intereses por pura convicción y sin esperar gratificación ha sido reflejado en no pocas ocasiones en el cine clásico americano. Además del caso mencionado, hay otros dos que resultan muy significativos. Uno suele asomarse al menos una vez al año a la televisión en medio mundo: George Bailey, el protagonista de ‘Qué bello es vivir’ (Frank Capra, 1946). Como todo cinéfilo (veterano o nuevo) sabe, Bailey tiene espíritu aventurero, quiere viajar por el mundo, escuchar el silbido del tren o la bocina del barco, irse a países exóticos, escaparse de aquel poblachón encerrado en sí mismo. Sin embargo, cada vez que le llega la oportunidad de salir de allí (incluso cuando está a punto de emprender su viaje de novios), las circunstancias le imponen el deber de quedarse, pues en caso contrario los habitantes se verán aplastados por el implacable y desalmado señor Potter. Él desea con todas sus fuerzas irse y demostrar que es un hombre brillante, pero una y otra vez ha de posponer el viaje. Por una causa u otra ha de decepcionarse a sí mismo, fastidiarse y quedarse a solucionar los problemas de los demás, como si sólo él tuviera la fuerza y la inteligencia suficiente para enfrentarse al dueño del pueblo, como si los vecinos de éste fueran incapaces de sobrevivir sin él. Y así es, y él lo sabe: sin alguien que le plante cara, el viejo de la silla de ruedas convertirá el pueblo en ‘Potterville’. Y renuncia a sí mismo sin dudar, sin pensar, simplemente dejando que su instinto aflore para imponerse a sus ilusiones. Su conciencia, su integridad moral lo ata a ese indeseado liderazgo.

El tercer caso tiene al mismo actor protagonista que el primero. Es el que incorpora al ex mayor Frank McLoud en ‘Cayo Largo’ (John Huston, 1948). Varias veces a lo largo del filme trata éste de definirse como un egoísta preocupado sólo por sus propios asuntos, y se presenta así porque, al volver de luchar y ganar la guerra, no ha encontrado su sitio, nadie le reconoce, nadie le echa una mano. No obstante, en los momentos de máxima tensión, cuando se precisa el temple del hombre íntegro, su valentía emerge incontenible, impidiéndole otra cosa que no sea el acto heroico: su verdadero ser triunfa sobre la razón fría y lógica. De este modo, se arriesgará a recibir un tiro sólo por aliviar el sufrimiento de una alcohólica, o preferirá enfrentarse a los gángsters él solo que involucrar a indefensos. Su cabeza le indica el camino sin riesgo, pero su vida le exige combatir la injusticia. En fin, no hace caso al consejo de la cantante venida a menos: “Más vale un cobarde vivo que un héroe muerto”.       
   
Desgraciadamente esta clase de persona, íntegra y sin dobleces que actúa en contra de sus propios razonamientos porque los demás lo necesitan, esta representación de lo mejor del Ser Humano, es una auténtica irregularidad en el cine de las últimas décadas, en donde los protagonistas suelen ser personajes soberbios y engreídos, chulescos fantasmones sabelotodo que, en realidad, no tienen nada más que buena imagen en pantalla. Lo peor es que, además de en el cine, también es insólita esta figura en la vida real y cotidiana. Tal vez por eso los guionistas, productores y directores hayan modificado las virtudes que adornan a la persona principal de la película.    


CARLOS DEL RIEGO

jueves, 28 de noviembre de 2013

TÓPICOS, ENGAÑOS Y CHAPUZAS DEL CINE El cine cuenta historias, algo que ha interesado al ser humano desde el Paleolítico. Pero el caso es que hay veces en que los guionistas y directores no se esfuerzan lo suficiente y recurren a tópicos y tics, a auténticas chapuzas, a manipulación, al disparate.


En La guerra de las galaxias, curiosamente, la república está dirigida por
 la reina Amidala o la princesa Leia
Si la peli en cuestión no tiene tono engolado y profundo se puede perdonar, pero si va de seria o trascendente, la cosa puede volverse decepcionante e incluso ridícula. No se trata de los clásicos errores o ingenuidades tan propias de las primeras décadas del siglo XX, como aquella de Bela Lugosi en la que secuestra a los buenos (él era el malo, claro, un chino malo) y los encierra en una habitación en la que hay… ¡un teléfono!; se trata de topicazos que se repiten insistentemente hasta que el buen observador consigue adelantar la acción, de trampas y manipulaciones que llevan al espectador a hacerse preguntas de imposible respuesta, o de situaciones verdaderamente disparatadas e incomprensibles, pues no hay que olvidar que incluso en la ciencia ficción o en la comedia alocada y delirante ha de haber siempre un nexo con la realidad, por minúsculo que sea, para que la cosa resulte mínimamente creíble y no se caiga en la estupidez y la ocurrencia sin gracia. Tampoco se trata de que los personajes nunca (salvo que sea necesario para el guión) hacen sus necesidades, que el prota se pelea con media docena de malos y no se despeina, sale del agua y cinco segundos después está totalmente seco o recibe varios directos al rostro y, con apenas un hilillo de sangre, se recupera inmediatamente de una panadera y se levanta a sacudir como si tal cosa; tampoco se trata de que siempre hay sitio para aparcar a la puerta, que la chica siempre se cubre con las sábanas al levantarse aunque esté sola o que con un solo porrazo se haga perder el sentido al incauto; y qué decir de los cigarrillos y copas de licor que, en segundos, aumentan y disminuyen milagrosamente.  

Este tipo de deslices son comprensibles y fáciles de entender y admitir, pero la cosa cambia cuando los encargados de contar la historia no saben cómo solucionar un problema narrativo y recurren a cualquier chapuza con la esperanza de que el espectador no repare en ello.

Todo amante del cine podría enumerar un buen número de tópicos que se llevan viendo en pantalla desde que se inventó el sonoro. Suelen terminar siendo graciosos, entrañables, como ese de la peli de terror en la que el más listo advierte “no os separéis, pues el bicho sólo ataca si estáis solos”, pero a las primeras de cambio uno se distrae con un ruidito y se separa sin decir ni pío, con resultado fácil de prever. Y en una de guerra, el que enseña la foto de la mujer y los hijos puede darse por muerto. En dramones folletinescos, si una embarazada se acerca a una escalera se adivina que caerá por ella con consecuencias trágicas. También es casi norma que todos los personajes de la cinta, por muy analfabetos, palurdos o rastreros que sean, tienen una dicción perfecta, un léxico riquísimo y preciso y una dentadura reluciente, cosa en la que suelen coincidir con matones y gánsteres de todo pelaje.

Por otro lado, la manipulación y el fraude narrativo son inadmisibles en películas donde prima el intelecto, donde el razonamiento lógico y deductivo resulta imprescindible en la proposición y la trama. Un ejemplo se da en ‘El silencio de los corderos; cuando el caníbal es transportado, va inmovilizado y escoltado por cincuenta policías, pero cuando hay que darle de comer está en una habitación apenas esposado a un barrote y con sólo dos polis vigilándole, los cuales han de entrar en la jaula y acercarse peligrosamente a él…, mientras en el vestíbulo del edificio hay docenas de maderos mano sobre mano. Asimismo, en ‘Seven’ se indica al comienzo que habrá siete asesinatos, uno por cada uno de los pecados capitales, sin embargo, si se cuentan, son ocho, uno de ellos sin relación con pecado alguno, o sea, los guionistas y directores cambiaron las reglas a mitad de partido, por lo que se puede afirmar que el espectador ha sido manipulado (en esta película hay otros patinazos severos e incomprensibles). En ambos casos los encargados de contar la historia han optado por no esforzarse y buscar una solución fácil y descabellada, en lugar de estrujarse el coco hasta hallar una salida que respetara la inteligencia del mirón.

Algunas películas célebres exhiben partes cuyo mensaje o situación es verdaderamente absurdo, inconcebible. Así, en ‘La guerra de las galaxias’ los buenos son los de la república, pero curiosamente ésta está dirigida por la princesa Leia en la primera trilogía y la reina Amidala en la (flojísima) segunda trilogía; o sea, se trata de una república monárquica… En la fabulosa ‘El hombre que mató a Liberty Valance’, Vera Miles está a punto de casarse con John Wayne, pero no deja de gritarle y tratarlo con desprecio a lo largo de toda la película (excepto en una ocasión), resistiendo el pobre Tom estoicamente los desplantes; es más, en una ocasión ella le reprocha que todo lo soluciona con las armas, pero cuando se entera de que James Stewart (Ranson Stodard) va a enfrentarse a Valance (Lee Marvin) colt en mano, corre a suplicar a Tom que lo solucione con su revólver… En el ‘King Kong’ de 2005 hay una parte verdaderamente calamitosa; cuando todos huyen de la isla perseguidos por el gran gorila, la chica se pelea con sus salvadores porque no quiere que disparen al monito a pesar de que está liquidando gente a diestro y siniestro, y forcejea con quienes quieren llevarla al barco, puesto que ella desea que la dejen volver con su secuestrador, dando a entender que la neoyorquina de veintipocos prefiere quedarse en la isla con el mono; se trata de un caso extremo y esperpéntico de síndrome de Estocolmo, y el colmo es que no dice una palabra acerca de los que han muerto para salvarla, y sin embargo echa la lagrimita cuando el simio cae adormecido por el somnífero.

Otro caso distinto es el de los  filmes de época, que suelen caer frecuentemente (casi siempre) en el error fácil de hacer pensar y actuar a los personajes como si todo se desarrollara en la actualidad, algo parecido a lo que sucede en las de ciencia ficción, en las que todos viven, razonan y actúan tal y como se hace en el momento de filmar.
De todos modos, todo ello sea bienvenido cuando la peli logra lo importante, transmitir una emoción, una sensación, pues eso es lo que queda finalmente.

CARLOS DEL RIEGO


viernes, 8 de noviembre de 2013

EL CINE POLÍTICAMENE CORRECTO, LA ÚLTIMA ASTRACANADA La más reciente mamarrachada (de que se tenga noticia) salida de un parlamento democrático llega desde Suecia, donde van a clasificar las películas en función de su aportación a la igualdad de género

Lo que el viento se llevó sería, según los extremistas de lo políticamente correcto, contraria a la igualdad de género.
Dice un viejo refrán español “cuando el diablo no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo”, que más o menos quiere decir que el ocioso se entretiene con cualquier nimiedad, con cualquier tontería. Tal cosa suelen demostrar políticos de todo el mundo, que no encuentran nada provechoso en que gastar el tiempo y entonces se dedican a cualquier majadería. No hace mucho el parlamento belga dedicó horas y horas, días, semanas, a debatir si Tintín, el personaje de cómic, era o no racista…, con resultado absolutamente tan irrelevante como estéril. La última muestra de estupidez vana y petulante viene precisamente de la cámara parlamentaria sueca, que ha decidido clasificar las películas según su apoyo a la igualdad de género. Para ello usarán el Test de Bechdel, que básicamente dice que un filme es igualitario si al menos hay una escena en la que dos mujeres estén hablando de cualquier cosa que no sea un hombre.

La cosa es de aurora boreal, pues si en la peli una madre y su hija sólo salen juntas hablando de la muerte del marido y padre ¿ya no es igualitaria?, ¿y si hablan del bebé enfermo tampoco?, ¿y si la película está situada en época histórica y, por tanto, con diferente modo de pensar?, ¿y si es de submarinos en la II Guerra Mundial o de temas en los que no aparecen mujeres, o de adolescentes?... El test de aquel se muestra como lo que es, ridículo y con tanta base científica como la astrología, pues ¿por qué dos mujeres y no tres, o una en filosófico soliloquio?

Este tipo de ocurrencia de ociosos bienintencionados y faltos de un hervor tiene  precedentes, como aquella que prohíbe exhibir una película si no se retiran las escenas en las que salga alguien fumando; o sea, se pueden mostrar asesinatos o drogadictos en plena acción, pero lo de fumar, para cortos de entendederas, es peor. Sorprende que este tipo de gente crea a pies juntillas que disposiciones de este tipo van poco menos que a cambiar el mundo. Una cosa está clara, Suecia debe ser poco menos que el paraíso, pues sólo así se entiende que no haya asuntos más importantes en los que gastar tiempo y energías.  

Lo malo es que semejante clase de enfermedad (en sus múltiples variedades) es sumamente contagiosa entre congéneres, por lo que ya hay quien está dispuesto a imitarla, así que es de esperar que se convierta en epidemia y se propague por otros conciliábulos de políticos.

En este caso el refranero español vuelve a expresar con precisión el fondo de la cuestión: Un tonto hace ciento si le dan lugar y tiempo.

CARLOS DEL RIEGO