miércoles, 27 de noviembre de 2013

TÓPICOS, ENGAÑOS Y CHAPUZAS DEL CINE El cine cuenta historias, algo que ha interesado al ser humano desde el Paleolítico. Pero el caso es que hay veces en que los guionistas y directores no se esfuerzan lo suficiente y recurren a tópicos y tics, a auténticas chapuzas, a manipulación, al disparate.


En La guerra de las galaxias, curiosamente, la república está dirigida por
 la reina Amidala o la princesa Leia
Si la peli en cuestión no tiene tono engolado y profundo se puede perdonar, pero si va de seria o trascendente, la cosa puede volverse decepcionante e incluso ridícula. No se trata de los clásicos errores o ingenuidades tan propias de las primeras décadas del siglo XX, como aquella de Bela Lugosi en la que secuestra a los buenos (él era el malo, claro, un chino malo) y los encierra en una habitación en la que hay… ¡un teléfono!; se trata de topicazos que se repiten insistentemente hasta que el buen observador consigue adelantar la acción, de trampas y manipulaciones que llevan al espectador a hacerse preguntas de imposible respuesta, o de situaciones verdaderamente disparatadas e incomprensibles, pues no hay que olvidar que incluso en la ciencia ficción o en la comedia alocada y delirante ha de haber siempre un nexo con la realidad, por minúsculo que sea, para que la cosa resulte mínimamente creíble y no se caiga en la estupidez y la ocurrencia sin gracia. Tampoco se trata de que los personajes nunca (salvo que sea necesario para el guión) hacen sus necesidades, que el prota se pelea con media docena de malos y no se despeina, sale del agua y cinco segundos después está totalmente seco o recibe varios directos al rostro y, con apenas un hilillo de sangre, se recupera inmediatamente de una panadera y se levanta a sacudir como si tal cosa; tampoco se trata de que siempre hay sitio para aparcar a la puerta, que la chica siempre se cubre con las sábanas al levantarse aunque esté sola o que con un solo porrazo se haga perder el sentido al incauto; y qué decir de los cigarrillos y copas de licor que, en segundos, aumentan y disminuyen milagrosamente.  

Este tipo de deslices son comprensibles y fáciles de entender y admitir, pero la cosa cambia cuando los encargados de contar la historia no saben cómo solucionar un problema narrativo y recurren a cualquier chapuza con la esperanza de que el espectador no repare en ello.

Todo amante del cine podría enumerar un buen número de tópicos que se llevan viendo en pantalla desde que se inventó el sonoro. Suelen terminar siendo graciosos, entrañables, como ese de la peli de terror en la que el más listo advierte “no os separéis, pues el bicho sólo ataca si estáis solos”, pero a las primeras de cambio uno se distrae con un ruidito y se separa sin decir ni pío, con resultado fácil de prever. Y en una de guerra, el que enseña la foto de la mujer y los hijos puede darse por muerto. En dramones folletinescos, si una embarazada se acerca a una escalera se adivina que caerá por ella con consecuencias trágicas. También es casi norma que todos los personajes de la cinta, por muy analfabetos, palurdos o rastreros que sean, tienen una dicción perfecta, un léxico riquísimo y preciso y una dentadura reluciente, cosa en la que suelen coincidir con matones y gánsteres de todo pelaje.

Por otro lado, la manipulación y el fraude narrativo son inadmisibles en películas donde prima el intelecto, donde el razonamiento lógico y deductivo resulta imprescindible en la proposición y la trama. Un ejemplo se da en ‘El silencio de los corderos; cuando el caníbal es transportado, va inmovilizado y escoltado por cincuenta policías, pero cuando hay que darle de comer está en una habitación apenas esposado a un barrote y con sólo dos polis vigilándole, los cuales han de entrar en la jaula y acercarse peligrosamente a él…, mientras en el vestíbulo del edificio hay docenas de maderos mano sobre mano. Asimismo, en ‘Seven’ se indica al comienzo que habrá siete asesinatos, uno por cada uno de los pecados capitales, sin embargo, si se cuentan, son ocho, uno de ellos sin relación con pecado alguno, o sea, los guionistas y directores cambiaron las reglas a mitad de partido, por lo que se puede afirmar que el espectador ha sido manipulado (en esta película hay otros patinazos severos e incomprensibles). En ambos casos los encargados de contar la historia han optado por no esforzarse y buscar una solución fácil y descabellada, en lugar de estrujarse el coco hasta hallar una salida que respetara la inteligencia del mirón.

Algunas películas célebres exhiben partes cuyo mensaje o situación es verdaderamente absurdo, inconcebible. Así, en ‘La guerra de las galaxias’ los buenos son los de la república, pero curiosamente ésta está dirigida por la princesa Leia en la primera trilogía y la reina Amidala en la (flojísima) segunda trilogía; o sea, se trata de una república monárquica… En la fabulosa ‘El hombre que mató a Liberty Valance’, Vera Miles está a punto de casarse con John Wayne, pero no deja de gritarle y tratarlo con desprecio a lo largo de toda la película (excepto en una ocasión), resistiendo el pobre Tom estoicamente los desplantes; es más, en una ocasión ella le reprocha que todo lo soluciona con las armas, pero cuando se entera de que James Stewart (Ranson Stodard) va a enfrentarse a Valance (Lee Marvin) colt en mano, corre a suplicar a Tom que lo solucione con su revólver… En el ‘King Kong’ de 2005 hay una parte verdaderamente calamitosa; cuando todos huyen de la isla perseguidos por el gran gorila, la chica se pelea con sus salvadores porque no quiere que disparen al monito a pesar de que está liquidando gente a diestro y siniestro, y forcejea con quienes quieren llevarla al barco, puesto que ella desea que la dejen volver con su secuestrador, dando a entender que la neoyorquina de veintipocos prefiere quedarse en la isla con el mono; se trata de un caso extremo y esperpéntico de síndrome de Estocolmo, y el colmo es que no dice una palabra acerca de los que han muerto para salvarla, y sin embargo echa la lagrimita cuando el simio cae adormecido por el somnífero.

Otro caso distinto es el de los  filmes de época, que suelen caer frecuentemente (casi siempre) en el error fácil de hacer pensar y actuar a los personajes como si todo se desarrollara en la actualidad, algo parecido a lo que sucede en las de ciencia ficción, en las que todos viven, razonan y actúan tal y como se hace en el momento de filmar.
De todos modos, todo ello sea bienvenido cuando la peli logra lo importante, transmitir una emoción, una sensación, pues eso es lo que queda finalmente.

CARLOS DEL RIEGO