miércoles, 6 de junio de 2012

FEMINISMO LINGÜÍSTICO: UNA CARRERA HACIA EL ABSURDO La moda de feminizar palabras demuestra el escaso contenido del discurso de muchos, hombres y mujeres, que se creen con derecho a cambiar el lenguaje a conveniencia. En el culmen del absurdo la cosa ha llegado a los animales (y “anamalas” claro)


La Real Academia Española, fundada a principios del siglo XVIII,
 es muy permisiva con el uso del lenguaje

Desde que lo políticamente correcto se ha convertido en recurso para quedar bien, el tema del feminismo a ultranza es muy socorrido. Y por eso se llega a situaciones ridículas y al uso de una terminología hecha a la medida en el momento. Por otro lado, esta táctica, la de inventarse palabras o darles el sentido que uno quiere, es muy utilizada para calificar hechos o personas y atribuirles un contenido, una intención, un delito, un vicio que no tienen.

La cuestión arranca cuando muchos en puestos públicos quieren cambiar de un día para otro una tendencia de milenios y piensan que lo importante es modificar totalmente el vocabulario, saltarse cualquier regla gramatical y, “porque tengo la razón y la verdad absoluta”, inventar una terminología adecuada. El mejor ejemplo es eso de la ‘discriminación positiva’, culmen del desatino y la injusticia, pues al discriminar a alguien se beneficia a uno y se perjudica a otro, con lo que será positiva para el primero y negativa para el segundo, y por tanto se cae en la injusticia y la discriminación en función del sexo.

El uso perverso del lenguaje es un arma muy utilizada cuando se trata de manipular, y así lo entendieron los jerifaltes nazis, que se afanaron en modificar el sentido de las palabras a su conveniencia. Sin embargo también hay quien da a la palabra el significado que quiere o directamente lo modifica sin otro motivo que la falta de formación, que la pura ignorancia. Y aquí encajan mejor los que se atreven a pronunciar, sin sonrojarse, “miembra” y “médica” o “elefanta” y “rinoceronta”.

El macho de hiena seria hieno, el de foca
 sería foco y el de rata sería rato
Hay veces que uno llega al enfado cuando escucha cómo se maltrata la lengua de este modo. Ya no es que se quiera dar más personalidad a la mujer que ejerce la medicina o a la integrante de un colectivo simplemente cambiando de modo mostrenco la última letra, sino que la mamarrachada se lleva incluso al reino animal y se retuerce el idioma hasta encontrar lo que se desea. Si la hembra de elefante es “elefanta” como la del rinoceronte es “rinoceronta”, la del macaco es “macaca” y la del búfalo es “búfala” (hasta ahí se llega en muchos documentales de naturaleza), entonces el macho de hiena sería “hieno”, el de foca sería “foco”, el de fossa (carnívoro de Madagascar) sería un “foso”, el de llama un “llamo”, el de raya un “rayo”, el de rata un “rato”, el de orca un “orco”, el de alce un “alza”... ¿Alguien diría que el “hieno” atacó al “foco” que se había salvado del “orco”, o que el “llamo” huyó del “pumo”, o que el “foso” se comió un “rato”? ¿Y cómo sería el femenino de ñu, de ñandú, de calamar, de cudú, de órix? El camino hacia el absurdo está atiborrado de mamarrachadas, sinsentidos y barbaridades lingüísticas.  
  
Pero lo verdaderamente grave es que el Diccionario de la Real Academia acepta tonta y sumisamente muchos de estos ‘palabros’ (tampoco hay que pensar que lo que dice la RAE es dogma de fe, pues no hay que olvidar que la integran personas sujetas a errores, malas intenciones, partidismos..., se podría pero no es el momento de dar nombres), aceptando barbarismos, incorporando sentidos bastardos y permitiendo que lo  políticamente correcto se imponga al sentido común y pase por encima de las reglas “porque sí”. Un ejemplo clarificador es que si ha aceptado “elefanta” como hembra de elefante y “médica” como mujer que ejerce la Medicina, por la misma regla, debería aceptar “periodisto” como hombre que ejerce el Periodismo.  

Cualquier día la RAE dará carta de naturaleza a la expresión 

“Jo macha”.

CARLOS DEL RIEGO