lunes, 18 de junio de 2012

HISTORIADORES ESCORADOS: ESCASA FIABILIDAD La mayoría de los autores que publican en torno a la República y la Guerra Civil Española trabajan desde una posición política e ideológica que, realmente, los convierte en dudosos


El estadounidense Stanley Payne
es un modelo de equidad y objetividad
 
En las últimas décadas se ha comprobado en España una creciente afición por la Historia en general y, en particular, por la de los cuarenta y tantos años que van desde la proclamación de la Segunda República hasta la instauración definitiva y real de la democracia. Lógicamente, no se puede dejar de investigar y de publicar obras relacionadas con lo sucedido en España durante ese crucial período de tiempo, sin embargo, ya el gran Pérez Galdós dejó escrito algo así como que la historia es como la fruta, que si intentas comértela antes de tiempo sabe mal, y que tanto una como otra precisan un mínimo de tiempo para estar maduras y poder ser consumidas y digeridas adecuadamente. El problema llega cuando el autor, el historiador, el investigador, se mete de lleno en su trabajo sin sacudirse sus prejuicios y preferencias y sin olvidarse de sus ideas e ideologías, o sea, inicia la labor de estudio y análisis de documentos dejándose influenciar en todo momento por sus simpatías y antipatías, quedando por tanto mediatizado su trabajo por lo que es y lo que piensa; hecha así, la obra de estos autores pierde solidez y, lo que es peor, credibilidad. Claro que siempre contará con el aplauso y aprobación de quienes quieren escuchar sólo la verdad de una de las partes, la mitad de la verdad, la verdad incompleta, es decir, una mentira.

El asunto viene a cuento de la cantidad de publicaciones que autores de toda España vienen editando en torno a temas de la República y la Guerra Civil Española. La cosa sería más que loable si no fuera porque la aplastante mayoría lo hace desde un punto de vista partidista, desde una posición totalmente ideologizada, desde una postura inamovible de preferencia, con lo que los resultados del trabajo son fácilmente previsibles. Afortunadamente, también hay historiadores que se enfrentan al estudio sin prejuicios, tratando de colocarse lo más cerca posible de la objetividad. Por ejemplo (y por mencionar sólo a extranjeros), el británico Ian Gibson es muy poco creíble, puesto que ha tomado partido por uno de los bandos hasta el punto de manifestarlo pública y ostentosamente; por su parte, el estadounidense Stanley Payne, analiza todos los sucesos y personajes desde una óptica mucho más imparcial, tratando las atrocidades (las de uno y otro bando) como lo que son independientemente de quién las cometiera. Así las cosas, contado el mismo episodio por los dos escritores, ¿cuál se acercaría más a la verdad? No hay que olvidar que cuando uno está muy escorado políticamente tiende a minimizar los errores propios y a ampliar los de los contrarios (como hacen habitualmente los partidos políticos), a ensalzar los logros de uno y a despreciar los del otro (y eso cuando no se manipula, tergiversa u oculta el hecho con el fin de que se adapte a las preferencias políticas). 


El británico Ian Gibson es el mejor ejemplo
 de historiador escorado políticamente
 
En este sentido, una cadena de televisión temática dedicada a la Historia, cuando se trata del tema en cuestión, pierde totalmente la objetividad hasta límites que rozan el ridículo; por ejemplo, cuenta las batallas entre nacionales y republicanos de un modo que da la impresión de que todas las ganaron los defensores de la República (uno puede llegar a preguntarse quién ganó la batalla, si los que dicen los libros o los que dice el canal de televisión), y manipulado el lenguaje diciendo cosas como “veinte valientes milicianos republicanos fueron asesinados por las cobardes tropas fascistas en el desarrollo de la batalla Tal; y en la ciudad Cual nuestros astutos soldados causaron veinte bajas a un desnortado enemigo que huía en desbandada”. En realidad, estos son los términos que se manejan en los partes de guerra de cada bando, pero desgraciadamente coinciden con los que suelen utilizar quienes acometen el estudio de un hecho desde una posición partidista y escorada políticamente. Y por ello, quienes entran en la historiografía (investigación histórica) sin alejarse todo lo posible de lo subjetivo harán propaganda política, pero no Historia.      

Cuando el trabajo se centra en el bando nacional, se limita a la represión, encarcelamientos y ejecuciones y, en general, a todo lo achacable a dicho bando (que da para escribir enciclopedias), mientras que cuando la investigación mira hacia el bando republicano irá desde asuntos culturales y solidarios ejercidos por éste, hasta los sufrimientos padecidos por los que terminarían perdiendo la guerra; nunca un autor escorado hacia un lado realizará un estudio sobre las calamidades sufridas por defensores del lado contrario o sobre las atrocidades cometidas por el propio. Siempre trabajará desde un punto de vista relativo, utilizando continuamente calificativos en un sentido para unos y en el contrario para otros. Hay historiadores (o sea, quienes llevan a cabo labores de investigación) con muchas publicaciones editadas que tratan de diversos temas, pero siempre, siempre, lo hacen siguiendo los parámetros enunciados al principio de este párrafo, es decir, desde el convencimiento de que unos eran buenos y otros malos. Y por eso, el contenido de sus obras va siempre, indefectiblemente, en la misma dirección. Son como forofos de un equipo de fútbol.

Es como si este tipo de historiador, insatisfecho y enfadado por el resultado de la contienda española, pretendiera cambiarlo. Lo mejor es acercarse a temas tan apasionantes sin pasión ideológica, con la mente dispuesta a admitir que había buenos y malos en los dos bandos, que unos y otros llevaron a cabo brutalidades espantosas. De hecho, sólo un tonto cercano al fanatismo puede creerse que quien pertenezca o simpatice con unas siglas es un ángel, y un demonio si prefiere las otras.    

CARLOS DEL RIEGO