Basil Zaharoff y la caricatura que aparece en Tintín como Basil Bazaroff
En cada guerra, en todas las guerras,
independientemente del resultado, quienes siempre ganan son los traficantes de
armas, las fábricas y los intermediarios…, además de los políticos, que casi
siempre aceptan los sobornos y mordidas con que los mercaderes de la guerra
consiguen fabulosos y lucrativos contratos. El traficante de armas Basil
Zaharoff es el evidente ejemplo, tanto que incluso sus modos son claramente
expuestos en uno de los episodios del cómic de Tintín
Pocos negocios legales pueden ser más
lucrativos que la fabricación, tráfico y venta de armamento, pues este tipo de
productos resultan extremadamente caros, especialmente cuando el comprador es
un país, que suele comprar no sólo fusiles, ametralladoras y cañones, sino
barcos, tanques, aviones…, y miles y miles de toneladas de munición. Por eso,
cuando empiezan a escucharse tambores de guerra los fabricantes y vendedores se
frotan las manos. Así lo hizo Basil Zaharoff, quien llevó a cabo todo tipo de
trampas, sobornos, manipulaciones, sabotajes… para colocar sus productos.
Nacido en el Imperio Otomano en 1849,
Zaharoff era algo griego, algo turco y algo ruso, aunque murió siendo ciudadano
británico. De familia muy pobre, fue Inteligente, astuto, artero, ladrón, mentiroso
y manipulador, ‘virtudes’ con las que llegó a la cima de su negocio, consiguió
enormes honores e inimaginables cantidades de dinero. De hecho, sus primeros
‘trabajos’ le llevaron ante los tribunales, pero de un modo u otro siempre
conseguía convencer a los jueces. En 1877 fue recomendado y entró como vendedor
de una empresa de armamento, ‘Nordenfelt’.
Sus métodos eran simples. Por ejemplo,
consiguió audiencia con el ministro de la guerra de Grecia al que sedujo
diciéndole que, como griego, le aconsejaba comprar un submarino de guerra (de
su empresa, claro) puesto que Turquía estaba preparándose para la guerra y
convenía a Grecia no quedarse atrás. Acto seguido fue a ver al ministro turco y
le confesó, como turco, que Grecia había comprado un sumergible y se había
convertido en una amenaza. Turquía le compró dos. Luego fue a ver al ministro
ruso con el mismo cuento y con el ‘soplo’ de que Grecia y Turquía se estaban
rearmando, así que vendió otros dos ejemplares; al parecer, el político ruso no
quería comprar ninguna de las ‘ofertas’ de Zaharoff, de modo que éste le dijo
que volvería mañana, martes, con nuevas propuestas, a lo que el ruso le
contestó que mañana no es martes sino jueves; el astuto vendedor le contestó
“le apuesto cien mil libras a que mañana es martes”…, Zaharoff perdió y pagó la
apuesta, pero colocó sus productos. Lo mejor del caso es que los submarinos de
Nordenfelt eran tan inútiles que ninguno llegó a entrar en acción.
Otra de sus tretas para sobornar al
comprador cuando éste recelaba o no tenía clara la compra de armas era
ofrecerle cien mil libras por “esa preciosa lámpara”, a lo que el extrañado
ministro contestaba que esa lámpara no valía ni cinco libras…, pero en poco
tiempo comprendía de qué iba la cosa. Es decir, Basil Zaharoff ofrecía los
sobornos de modo indirecto, pero los políticos y ministros entendían rápido las
ventajas personales que supondría la compra de las armas que se ofrecían a su
país (¡qué fácil es untar a un político!).
Otro de sus recursos era sabotear las
demostraciones de los rivales de su empresa. Comprando a quien fuera necesario,
Zaharoff lograba que la presentación de una nueva arma de la competencia fuera
un fracaso. Incluso boicoteó la presentación del submarino de Isaac Peral cuando
éste se negó a venderle su patente.
Las comisiones que ganaba le
proporcionaron enormes sumas de dinero, que él invertía en comprar acciones de
su empresa, de manera que llegaba el momento en que se presentaba ante el dueño
y le decía que ya no era empleado sino su socio. Así hasta que se hizo con la
mayoría de las acciones de una de las más importantes empresas de armamento del
mundo, la Vickers. Llegó un momento en que podía comprar periódicos con los que
manipular la información en su propio beneficio. Por ejemplo, en su periódico
francés publicaba que corrían rumores de que Alemania se estaba rearmando, con
lo que el gobierno galo inmediatamente contrataba la compra de armas; e
igualmente hacía en sus medios alemanes, en los que desvelaba que Francia había
comprado tantas ametralladoras, tantos cañones y tantos barcos de guerra, por
lo que el gobierno alemán rápidamente se gastaba unos cuantos millones en los
productos que ofrecía Zaharoff.
En el episodio de Tintín titulado ‘La
oreja rota’ se explican a la perfección sus modos, incluso el dibujo de Basil
Bazaroff (que es como lo denomina Hergé en el cómic) es una copia de la
realidad. Su empresa, junto a petroleras aliadas, provocó la guerra entre
Bolivia y Paraguay conocida como ‘La guerra del Chaco’…, después de colocar las
mismas armas a uno y otro bando. También se lucró en España, donde compró
fábricas de armas y vendió todo lo que quiso de cara a la guerra
hispano-estadounidense de 1898. Además, entabló relaciones con la aristócrata
Pilar Muguiro, casada con un primo, deficiente mental, de Alfonso XII, lo cual
le abrió muchas puertas. Se casó con ella al morir el demente, cuando Zaharoff
ya tenía más de setenta años.
Con la I Guerra Mundial se hizo
inmensamente rico, de modo que su poder llegó a ser superior al de los
políticos. Escribió sus memorias, en las que parece que contaba cómo y a qué
políticos, ministros y aristócratas había sobornado y corrompido, pero antes de
publicarlas se las robó uno de sus ayudantes; la policía las recuperó, pero
Zaharoff decidió quemarlas antes de que nadie las leyera…, con lo que se
perdieron informaciones verdaderamente históricas que aclararían muchas
maniobras políticas trascendentales y señalarían a muchos grandes cargos de medio
mundo (incluyendo japoneses). Y fue condecorado con las máximas distinciones
nacionales de diversos países… Murió en 1936.
La guerra era el paraíso de Basil
Zaharoff, un personaje sin escrúpulos ni frenos morales, egoísta, perverso y
corrupto. Su trayecto vital es la evidencia de que las guerras las ganan,
invariablemente, los fabricantes de armas.
CARLOS DEL RIEGO