Cuando los gobiernos de las potencias occidentales vieron imágenes como estas decidieron no apoyar al gobierno que las permitía
Hace 90 años (18-VII-36) España se incendió con el comienzo de la Guerra Civil. El Gobierno de la República, indeciso, pasmado, tardó muchísimo en reaccionar a pesar de los rumores que hablaban insistentemente de que se preparaba una sublevación. Lógicamente, la República no quería perder la guerra, pero si hubiera tenido la intención de perderla no hubiera actuado de modo diferente a como actuó. De hecho, aquella inacción en los primeros momentos de la insurrección fue el primer paso de lo que hay que hacer si se quiere perder una guerra
En primer lugar hay que especificar la importancia de despojarse de ideologías, prejuicios y credos partidistas para interesarse y comprender hechos históricos, porque de lo contrario siempre se verá de modo diferente el mismo hecho si lo perpetran unos o si lo perpetran otros. Centrándose exclusivamente en cuestiones bélicas y militares resultará bastante fácil entender las causas de la derrota del gobierno en aquella guerra, puesto que sus acciones e inacciones resultaron absolutamente decisivas en el desenlace del conflicto.
Muchos analistas señalan la indiferencia con la que las potencias occidentales (Inglaterra y Francia sobre todo) miraron hacia lo que pasaba por aquí; es decir, no pocos señalan que la causa de la derrota fue que esas potencias se no quisieron colaborar con la República. Sin embargo, la realidad fue totalmente la contraria a esa interpretación del hecho: si no intervinieron fue porque vieron lo que pasaba. Los gobiernos de esos países contemplaron horrorizados la violencia sin control que se ejercía en el bando republicano sin que el Gobierno de España moviera un dedo para detenerla. Ejecuciones masivas, fusilamientos de personas que estaban en la cárcel sin juicio, sin sentencia, sin que pesara sobre ellas ninguna acusación. A aquellas potencias no les pareció correcto apoyar a un gobierno que permitía todo tipo de violencias como la quema de iglesias, monasterios y conventos (incluyendo archivos y patrimonio histórico), como la persecución y asesinato de curas, monjas y seminaristas, como el secuestro, tortura y asesinato de ‘desafectos’ en las chekas…, por no mencionar las huelgas violentas, incendios, palizas, asaltos, tiroteos callejeros (más de 300 muertos en los primeros meses de 1936) o, en fin, el asesinato del líder de la oposición por parte de las fuerzas del estado con uniformes y coches oficiales. Toda aquella locura no era culpa del ejecutivo, pero lo que no admitían Londres y París era que el Gobierno de España no hiciera nada, o sea, que permitiera tal anarquía sin intervenir. Aquellos países no iban a apoyar al bando rebelde, pero tampoco echarían una mano a un gobierno que permitía ese desgobierno. Evidentemente, a quienes ayudaron al bando nacional la violencia contra el enemigo les traía sin cuidado.
La falta de autoridad y de la intención de imponer el orden en las calles, ciudades y, en fin, en todo el territorio nacional, o sea, la total ausencia del gobierno republicano respecto a lo que ocurría en toda España afectó no sólo a la posibilidad de la ayuda exterior, sino que muchos militares indecisos decidieron sumarse a la sublevación ante el caos que había en todo el país. Después de las elecciones de febrero del 36 y tras el 18 de julio, en muchísimos pueblos y ciudades de España se incrementaron los actos violentos con total impunidad. Pero es que el desorden y la indisciplina reinante en el bando republicano desde los primeros momentos también mermaba la eficacia de su ejército. Al no haber una intendencia ordenada se producía un tremendo despilfarro de recursos (armas y municiones, transporte, combustible, alimentos, material médico…), que se distribuían según preferencias y simpatías, no según necesidades. Además, las tropas (regulares o milicianos) sólo obedecían a sus propios mandos: los cuerpos sindicalistas a sus comisarios y jefes, los comunistas a los suyos, los socialistas a los suyos…, con lo que existía una falta de autoridad y coordinación que mermó su eficiencia en combate. Conocido es que cuando Stalin envió un barco con material bélico ordenó que no desembarcara en Barcelona porque allí había muchos anarquistas, así que descargó en Alicante, donde se tardó muchísimo y se perdió un tiempo precioso.
Lógicamente, la indisciplina y la desconfianza provocaban que muchas veces la tropa acordaba por su cuenta por dónde avanzar sin tener en cuenta las exigencias que toda acción militar requiere; otras veces cambiaban de rumbo sobre la marcha porque se quería ‘escarmentar’ a este o aquel. Asimismo, los jefes y oficiales de cada compañía, división o cuerpo de ejército también desconfiaban el uno del otro, por lo que no existía coordinación, ni objetivos comunes, ni colaboración, sino que cada uno decidía por sí sin informar (hubo casos en que uno avanzaba o retrocedía sin dar cuenta a nadie, con lo que se contaba con ellos y no estaban o aparecían tropas que no se esperaban); además aquellas rivalidades y rencillas de partido llevaba a unos a no apoyar un ataque, a otros a no proteger un flanco, y a los otros a una retirada injustificada… En resumen, cada una de las unidades estaba integrada por militantes de los diversos grupos políticos que conformaban el Frente Popular y cada cual hacía la guerra por su cuenta según su interés o parecer.
Según cuenta el anarquista Cipriano Mera en sus memorias, tanto las Brigadas Internacionales como las unidades de Líster o los batallones de la CNT “retrocedían en desorden sin que hubiera forma de pararlos y reorganizarlos”, y señala que la causa era la falta de disciplina de la tropa y la negativa a obedecer órdenes. De hecho, el cuerpo que mandaba Mera recogió miles de fusiles y piezas de artillería abandonadas por las tropas de El Campesino que huían en desbandada. El mencionado Cipriano Mera estuvo a punto de fusilar a los miembros del Gobierno de la República a los que pilló escapando de Madrid porque pensaban que la ciudad estaba perdida; es lo que se conoce como 'el incidente de Tarancón': sin comunicar nada a los altos mandos militares, varios ministros y altos cargos decidieron huir, sin más. Mera, lo calificó como “verdadera vergüenza”, y añadió “si no monto ahora una gorda por mi cuenta es porque tengo conciencia de que no deben imponerse los puntos de vista particulares”. Otra muestra del desbarajuste se produjo al final de la guerra, cuando el coronel Casado se rebeló contra lo que quedaba del gobierno: una guerra dentro de la guerra.
El otro bando se recompuso rápidamente del desorden inicial, se reorganizó, estableció la cadena de mando, impuso la disciplina, todo el mundo obedecía a sus superiores, las operaciones estaban coordinadas, organizadas, pensadas. Todo eso es imprescindible para ganar una guerra, y sin ello la derrota es segura. Al comienzo de la guerra el bando republicano tenía todo a su favor: territorio, tropas y jefes, material bélico, fábricas, industrias, arsenales, recursos humanos…, pero nada de eso vale sin disciplina, mando unificado, orden…
CARLOS DEL RIEGO






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