La ideología política nubla la mente y
oscurece la razón. Así lo expresaron algunos pensadores. Resulta oportuno
recordar (otra vez) al alemán Ernst Jünger, quien vivió más de un siglo y, como
él dijo, tuvo tiempo para vivir y sentir todas las ideologías, después de lo
cual concluyó que “la verdadera libertad sólo se alcanza cuando uno se sacude
la ideología política, ya que ésta termina por esclavizar la mente”. Esta
evidencia se confirma continuamente, puesto que la mayoría de las personas no
cambian el sentido de su voto hagan lo que hagan ‘sus’ líderes políticos
“Yo votaré a este partido aunque le
esté quitando la comida de la boca de mi hijo”, manifestó sin el menor rubor
una mujer cuando se acercaban unas elecciones. Igualmente, en la misma
circunstancia, un hombre proclamó, no sin cierta dosis de orgullo, que “yo
votaré a este político aunque me haya robado la cartera y se haya acostado con
mi mujer”. Son dos muestras (podrían recordarse muchas otras de similar
intención) de que la ideología política se ha impuesto a cualquier razón, a
cualquier evidencia, a cualquier modelo de cordura. Se confirma, sin la menor
duda, lo que Jünger afirmaba sobre la forma con que la ideología política
termina por arrebatar la libertad de pensamiento a las personas,
convirtiéndolas en esclavas, en marionetas que pensarán lo que la ideología y
los líderes políticos les digan: qué pensar, qué decir, qué hacer.
“El actual gobierno mete miedo, pero
yo seguiré votando al partido que lo sostiene”. “No cabe duda de que son unos
corruptos sin conciencia, pero yo volveré a votarlos”… Son algunas de las
respuestas que dan ciertas personas a los entrevistadores de las empresas de
sondeos cuando se acercan unas elecciones: el fanatismo se impone a la razón. Quien
opta por una papeleta de voto u otra en función de las personas y sus actos, y
no en función de las siglas de este u otro partido político, se puede quedar de
piedra ante el modo de ‘pensar’ de quienes manifiestan tal grado de fanatismo.
Durante la tiranía nazi en Alemania
(de 1933 a 1945) la gran mayoría de los alemanes apoyaron incondicionalmente al
Führer; cierto que quienes se expresaron en contra fueron rápida y
sistemáticamente eliminados: comunistas, socialistas, demócratas, críticos…,
además de judíos, gitanos, homosexuales, discapacitados físicos y mentales.
Pero la realidad es que la población en general defendió fanáticamente al
líder, incluso denunciando a quien se atrevía a manifestar no ya críticas, sino
simples dudas (hay alguna excepción, como la protagonizada por la organización
‘La rosa blanca’ en 1942-43, que terminó con todos en la guillotina). Cuando ya
estaban en marcha los campos de concentración y exterminio, los guetos, las
ejecuciones sin juicio (o con juicio si el juez era Roland Freisler o
parecidos), la invasión de Polonia, Bélgica, Holanda, Francia, Rusia y, en fin,
la guerra contra todo y contra todos, el partido nazi no perdió el favor
sincero de los germanos; de hecho, ni siquiera cuando a finales de 1944 ya se
sabía que la guerra estaba perdida los ciudadanos se volvieron contra el
partido y el gobierno. Se conocen casos de fanatismo extremo: cuando el
alimento ya había desaparecido de las tiendas, bombas soviéticas cayeron sobre
unos caballos, que permanecían destripados en medio de la calle; los
hambrientos berlineses corrieron a descuartizarlos y repartir la carne cuando
llegó un fanático funcionario, sacó la pistola y preguntó si esos animales
habían sido sacrificados siguiendo la ley (Hitler promulgó leyes muy estrictas
sobre bienestar animal), y sólo depuso su actitud cuando comprobó cómo habían
muerto los caballos. En otra ocasión, con los rusos a unos pocos kilómetros de
Berlín, el hambre llevó a los vecinos hasta un almacén donde aun había algo que
comer, pero al llegar se encontraron con que el funcionario, respaldado por dos
SS, se negó a entregar la comida sin una orden escrita de la superioridad, y
ello a pesar de que ya se oían las cadenas de los tanques rusos; frustrados,
los berlineses se fueron con las manos vacías, pero aun pudieron escuchar, poco
después, como las bombas destruían ese almacén…, es decir, el funcionario
fanático prefirió que los víveres se quemaran ates que entregarlos a los
hambrientos.
Ese fanatismo ciego, extremo,
irracional, demencial, es el que condujo a la población alemana a sostener al
Führer y no conjurarse contra el partido y el gobierno. Y no sólo al final.
Hace años se publicaron miles de cartas escritas a sus familias por soldados de
la Wehrmacht destinados en los frentes o en los campos de exterminio, cartas en
las que explicaban qué estaban haciendo, cómo mataban y asesinaban a hombres,
mujeres y niños sin el menor remordimiento, con frases como “parece cruel pero
es necesario”, “cumplimos las órdenes con entusiasmo, pues vienen del Führer”,
“no se cuestiona ni se duda cuando se nos ordena matar a mujeres, niños o
sumisos”… Es decir, la población ya sabía qué estaba pasando, qué ocurría y
cómo se trataba no sólo a los prisioneros, sino a los no combatientes y a los
encarcelados por ser de esta etnia, pensamiento u origen. Pero ese conocimiento
no produjo ninguna crítica, ninguna duda de conciencia, ninguna desconfianza o
indecisión.
A situaciones tan terribles como estas
conduce el fanatismo que lleva a alguien a proclamar con orgullo que seguirá
votando a este partido y a este líder político haga lo que haga. Muchos se han
preguntado cómo los alemanes (tenidos por racionales y lógicos) pudieron caer
en las redes del Partido Nazi. Hoy se puede ver cómo en los países democráticos
se llega a eso.
La ideología política, en fin,
distorsiona el pensamiento y fanatiza a la persona. Comprobado. Pero aún así,
hay quien cae en la trampa, como quien entra en una secta sabiendo lo que es y lo
que van a hacer con él.
CARLOS DEL RIEGO




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