Hace unos días (concretamente el 24 de
mayo) el gran Bob Dylan alcanzó la bonita cifra de 85 primaveras. El
imprevisible, triunfador, Premio Nobel y personalísimo Robert Allen Zimmerman
es ya (en realidad desde hace décadas) toda una leyenda viviente. Su repertorio
acumula varias docenas de títulos inolvidables, recordados, versionados y
tarareados desde los años 60 del siglo pasado. Sin embargo, el enorme
compositor se viene negando desde hace mucho a tocar esas canciones en vivo
Cierto que, cuando un artista llega a
ese nivel de excelencia, tiene todo el derecho de hacer lo que le venga en
gana, de tocar lo que quiera, de no someterse a los dictados de la moda, de la
prensa e incluso de sus incondicionales. Pero…
No es cuestión de repasar su
extensísima discografía, puesto que si en algo está todo el mundo de acuerdo es
que su talento y su genio parecen no tener fecha de caducidad. Baste recordar
que ha publicado la friolera de 40 álbumes de estudio (el primero en 1962 y el
último, hasta la fecha, en 2023), nueve en directo, veintitantos
recopilatorios… Y entre sus muchas piezas históricas están auténticos iconos de
la música del siglo XX, como ‘Blowin’ in the wind’, ‘Like a rolling stone’,
‘Mr. Tambourine man’, ‘The times they are a changing’, ‘Knokin’ on Heaven´s
door’, ‘Just like a woman’, ‘Lay lady lay’, ‘Maggie´s farm’, ‘All along the
watchtower’, ‘A hard rain´s are gonna fall’, ‘Hurricane’ o la deliciosa ‘I want
you’, por citar no más de una docena, aunque cualquier interesado podría
mencionar otro medio centenar de verdaderas obras maestras de la música de la
segunda mitad de siglo pasado.
Por ello, no deja de resultar chocante
que, desde hace muchos años, Dylan se niegue sistemáticamente a tocar esas
canciones, que son las que lo han situado en el lugar donde hoy está, en ese
lugar reservado para los mitos, para los habitantes de los altares del rock. El
mismísimo Paul McCartney explicaba no hace mucho que, cuando sale de gira, sabe
que la mayor parte de los espectadores han hecho un gran esfuerzo para ahorrar
el dinero que vale la entrada, la han atesorado con ilusión, se han imaginado
el momento, han luchado y renunciado a muchas horas de su tiempo para estar en
los puestos delanteros de la cola y así situarse lo más cerca del escenario…, y
claro, lo que esperan, lo que desean por encima de todo, es que interprete esas
canciones que llevan toda la vida acompañándolos, melodías que compraron en
cualquier formato, que cantaron y cantan con todas sus fuerzas, títulos que
siguen causándoles desbordantes emociones… Así, el exbeatle comprende (lo lleva
haciendo toda su vida) que no puede dejar de regalar esas canciones (al menos
unas cuantas) a ese público ilusionado, muchas veces incapaz de sujetar las lágrimas
cuando suenan los primeros acordes de esta o de aquella pieza emblemática. Y
Paul, por ese lado, jamás defrauda.
El gran Bob Dylan está en su pleno
derecho de salir a escena como le dé la gana e interpretar lo que le dé la gana
(faltaría más). Sin embargo, bien podría premiar al público, a su público, a
los cientos de miles que cada año pagan por asistir a sus conciertos, y
situarse ante el micro con la guitarra y la armónica (dejando el lateral del
escenario donde parece esconderse detrás de un pequeño teclado) para
interpretar cuatro o cinco de aquellas prodigiosas composiciones. Pero apenas
deja caer uno de sus temas icónicos por concierto, y jamás él en medio del
escenario con la acústica colgada y la armónica al cuello.
El genio tiene derecho a ser soberbio
y a hacer prácticamente lo que quiera. Sin embargo, también puede tener una
atención, una deferencia con su público, con esos incondicionales que lo han
situado en ese estatus de genio y le han dado esa situación que le permite
mostrar soberbia. Y es que parece desdeñar las deliciosas canciones con las que
ha hecho historia, parece que esos títulos le asquean y por eso los arrincona,
los olvida y se los niega a sus seguidores sin tener presente que esos versos y
melodías son los que le han dado millones, así como una posición de privilegio,
un lugar en la historia y, evidentemente, la legitimidad y la libertad necesarias
para tocar lo que le venga en gana.
¿Qué no daría un amante del rock para
ver a un Dylan de 85 años él solo ante el micro entonando, por ejemplo, el
‘Blowin’…’ (o cualquiera de aquellas) con su guitarra y su armónica? Sería algo
impagable, sólo las emociones que provocaría bien valdrían que se olvidara de
su soberbia (a la que tiene derecho) durante unos pocos minutos.
¿Cuántos escenarios tiene que recorrer
Dylan antes de que se le pueda volver a llamar Dylan?
CARLOS DEL RIEGO

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