sábado, 23 de junio de 2012

LAS ÚLTIMAS HORAS DE EDUARDO BENAVENTE Hace tres décadas vio la luz el emblemático disco de Parálisis Permanente, y un año después, en 1983, el carismático Eduardo Benavente murió en accidente de coche tras dar un último concierto en León



Eduardo y Ana
La muerte prematura de un artista lo suele llevar directamente al estatus de mito, de leyenda. Así ha sido con numerosos cantantes y músicos de rock en todo el mundo y así ha sido con Eduardo Benavente, el que fuera cantante, guitarrista y compositor del recordado grupo Parálisis Permanente. En aquellos primeros años ochenta, cuando el punk, el afterpunk (después rock siniestro o rock gótico) y todas las variantes de la nueva ola explotaban por todas partes, Eduardo Benavente pone en marcha un grupo tremendamente marcado por los ambientes más oscuros y expresionistas, encajando textos logrados e inquietantes con estribillos sencillos y fáciles de recordar y cantar. Con eso apareció en 1982 el excelente primer y único álbum de Parálsis, ‘El acto’; dentro de unos días se cumplen 30 años exactos. Al año siguiente, concretamente el 13 de mayo de 1983 tenían un concierto en León...

Lo organizaron los integrantes del grupo leonés Los Cardiacos en la desaparecida sala Tropicana (que colocó el escenario en un sitio distinto del habitual). De entrada, auque el rock siniestro (así se llamaba entonces) ya había penetrado en los ambientes más iniciados de todas las ciudades de España, ver aquellas crestas, aquellas combinaciones de cuero negro y telas moradas, aquellos maquillajes de zombi..., era algo que ponía los ojos como platos incluso a los que ya conocían al grupo.

Unas horas antes del concierto, Eduardo y Ana acudieron a una emisora de radio, Cope León, donde concedieron una entrevista al atrevido programa ‘Ensalada’. Uno y otra iban contestando a preguntas sobre música e influencias y mencionaron a Joy Division, Killing Joke o The Cure; sobre la estética y el aspecto que habían adoptado, dijeron que para ellos no era tan importante como hacer buenas canciones; y también se habló sobre el disco, ‘El acto’, de modo que alguien le dijo a Eduardo que los temas del álbum eran muy buenos, pero que algunos se parecían entre sí, a lo que el autor de los mismos dijo con cierto tono airado “¿Acaso las canciones de los Ramones no se parecen entre sí?”, tras una leve sorpresa todos contestaron, casi a coro, “Sí”, y el volvió a preguntar “¿Y acaso se confunden unas con otras?”, “No”, respondieron los presentes. “Pues eso mismo ocurre con las nuestras, tienen el mismo aire, pero son muy distintas entre sí”. Ana Curra sonreía mientras los locutores indicaban al control que subiera la música. Demostró a aquellos que compartieron con él aquellos momentos que era un joven (sólo 20 años) con mucha personalidad, pero no de los que vocean y hacen aspavientos, sino de los que discrepan aportando razones y argumentos; además, quienes estuvieron presentes en aquella entrevista también recuerdan que el tipo siempre estaba dispuesto a entablar conversación, sobre todo si era sobre música..., al menos aquel día en aquella vetusta emisora de radio.

El concierto fue como un shock para la mayoría de los que asistieron, unos quinientos, que ocupaban la mitad de la sala. Tocaron sus canciones, el público miró sorprendido al principio (no había muchos conciertos en León en esos años, y aquel era verdaderamente chocante allí y entonces) y luego se enganchó con aquel decadente magnetismo de Eduardo. Al terminar, algunos periodistas y organizadores acudieron al camerino (sí, se permitía eso), charlaron con ellos y los invitaron a una fiesta en una casa. Eduardo dijo muy firme que no, que tenían que tocar en Zaragoza al día siguiente y que viajarían toda la noche para, al llegar, descansar y luego actuar. Pero los anfitriones insistieron una y otra vez, que si un ratito, que si era mejor dormir un poco en el hotel, que si una copa..., hubo un instante en el que dudaron, pero no, el cantante mantuvo su decisión. Entonces, alguien preguntó “¿quién conduce?”, a lo que Eduardo Respondió “Ella, es su coche”. Y ese alguien, queriendo hacer la gracia, añadió “¿Ella?, ¿una mujer al volante?, pues más vale que os pongáis los cinturones, ja, ja”. Eduardo apenas levantó la vista, estaba cansado.
En la casa de la fiesta (a la que llamaban ‘La Nasa’) los esperaron en vano durante un buen rato. Al día siguiente la noticia dejó a todos anonadados. Y algunos de los que estuvieron en aquel camerino no podían dejar de comentar cosas como “si se hubieran dejado convencer, si hubieran venido con nosotros a la fiesta, si les hubiéramos insistido más en aquel momento en que dudaron...”.
Sí, tal vez, si hubieran aceptado la invitación, quizá Eduardo Benavente estuviera a punto de sacar, en 2012, su esperado nuevo disco. Pero no fue así, la carretera volvía a exigir tributo a la música.    
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CARLOS DEL RIEGO