miércoles, 20 de junio de 2012

LA ERRÓNEA PRÁCTICA DE INTENTAR APACIGUAR AL AGRESOR Quienes han de tomar decisiones trascendentes lo hacen, en numerosas ocasiones, pensando que cediendo aplacarán al matón, pero éste refuerza su postura con cada nueva cesión



El inglés Chamberlain y el francés Daladier con Hitler y Mussolini
en Munich (1938); cedieron ante los agresores creyendo
que así los calmarían
Hay políticos que tienen claro que con el brabucón, con el matón, con el que amenaza o, directamente con el delincuente, adoptan una postura firme y toman las medidas oportunas, mientras que hay otros dirigentes que ceden pensando que es mejor evitar la confrontación aunque haya que consentir en todo o en parte ante el que trata de intimidar; y lo hacen pensando que de este modo el agresor aplacará su ira y se conformará. Sin embargo, siempre sucede todo lo contrario, pues quien busca pelea, al ver que el rival se acobarda, él se envalentona e incluso piensa que, al ceder, lo que se está haciendo es darle la razón, es decir, se convence de que tiene derecho a su exigencia y a ponerse como se pone. La cosa no es nueva, de hecho hay en la historia reciente no pocos ejemplos de dirigentes políticos que optaron por no enfadar al agresor, por transigir para evitar problemas; pero la realidad es obstinada, y cada vez que un político ‘se baja los pantalones’ ante quien amenaza, se verá obligado a volver a meter el rabo entre las piernas una y otra vez, hasta que un día se plante y afronte con valentía decisión y firmeza el problema, pues la táctica del apaciguamiento muestra inseguridad, miedo e indecisión.
Chamberlain 'bajándose los pantalones'

Durante la Revolución Francesa, en aquel parlamento llamado La Convención, los diputados más exaltados amenazaban e incluso organizaban al pueblo contra sus rivales políticos; entre éstos (moderados o girondinos) hubo quien optó por tratar de calmar a los jacobinos, pensando que así dejarían de perseguirlos. Sin embargo, lo que ocurrió fue todo lo contrario, que muchos de ellos terminaron en la guillotina (claro que al final también acabaron sin cabeza muchos jacobinos).
Unos meses antes del comienzo de la II Guerra Mundial tuvieron lugar los Acuerdos de Munich, por el que los primeros ministros Daladier (Francia) y Chamberlain (Inglaterra) aceptaron ceder a Hitler una parte de Checoslovaquia (los Sudetes) para evitar la guerra. Así, volvieron a sus países muy ufanos y satisfechos, declarando disparates como que “Hitler es un hombre razonable” o que de esa conferencia vendría “paz para nuestros tiempos”. Churchill, sin embargo, contrario a ceder ante el posible enemigo, dijo a Chamberlain que “pudo elegir entre la humillación y la guerra, prefirió humillarse, pero eso no evitará la guerra”. El astuto y emblemático estadista británico estaba en lo cierto, puesto que al poco de tomar la región de los Sudetes, Hitler se sintió fuerte al comprobar que las potencias occidentales preferían agacharse ante él antes que una guerra, así que rápidamente invadió el resto de Checoslovaquia y, antes de un año, Polonia, dando inicio así a la guerra que Winston Churchill había anunciado. Además, éste mantuvo siempre su firmeza, contario a pactos, tratados o cesiones, y animó a los ingleses a oponerse con todas sus fuerzas a la Alemania nazi. Finalmente quedó comprobado que el hombre pegado a un puro tenía razón, de modo que, seguramente, una postura diferente de Inglaterra y Francia en aquella reunión de Munich hubiera cambiado la historia y, tal vez, evitado una guerra.          

La banda mafiosa y terrorista Eta seguía  poniendo bombas
 a pesar de que el gobierno español adoptaba la política de apaciguamiento

A menor escala, en España hemos visto muchas veces a los grandes líderes ceder y ceder vergonzosamente. Cedieron durante muchos años al chantaje terrorista, hasta el punto de que un presidente (Zapatero) llegó a negociar con los asesinos mientras éstos ponían bombas, excarceló a un abyecto verdugo que decía estar en huelga de hambre (se demostró que era una patraña), e incluso permitió que se avisara a la banda mafiosa Eta de una redada policial. Pero ese personaje de luces muy limitadas (Zapatero) dio muestras de su debilidad pusilánime muchas otras veces, bajándose los pantalones ante los piratas del mar Rojo, ante los nacionalistas separatistas, ante todo aquel que le planteara una amenaza seria. Sólo se mantuvo firme en un acto de mala educación y descortesía, de insulto e incultura: se negó a levantarse al paso de la bandera de Estados Unidos, menospreciando a todos los estadounidenses cuando lo que pretendía era manifestar al presidente Bush su descontento. Como era de esperar, no consiguió absolutamente nada, los etarras siguieron matando, los piratas asaltando barcos, los separatistas exigiendo a voz en grito...

Y es que el resultado de plegarse a la postura del agresor es siempre el contrario al deseado, pues éste se alimenta de la debilidad del agredido (¿acaso la mujer maltratada consigue mejor trato de su pareja o marido mostrándose sumisa?, nada de eso, lo enfurece más). En la película ‘Mars attacks’ (Tim Burton, 1996), hay una secuencia que demuestra en qué acaba la política de apaciguamiento, el bajarse los pantalones ante el agresor. En ella, el jefe marciano y su séquito se reúnen con los senadores de Estados Unidos “para parlamentar”, pero repentinamente los invasores sacan sus armas y se ponen a pulverizar a todos los presentes; en medio de la batalla, el personaje interpretado por Pierce Brosnan (el profesor Kessler), esquivando disparos láser, se dirige al jefe marciano diciendo cosas como “pero señor embajador, esto es una locura, le ruego considere su postura, piense en lo que está haciendo”. Lógicamente, estas palabras de humillación no surten efecto y dicho profesor acaba perdiendo la cabeza. Seguramente es la misma solución que hubiera adoptado el aludido ex presidente (Zapatero), y hubiera obtenido los resultados de siempre.
     
CARLOS DEL RIEGO