viernes, 15 de junio de 2012

EL VIEJO TRUCO DE FABRICAR COSAS QUE DUREN POCO, ESTO ES LA OBSOLESCENCIA PROGRAMADA Está empezando a sonar por todas partes, el público empieza a extrañarse y luego a enfadarse ante esta especie de trampa que el fabricante hace al consumidor con la imprescindible ayuda de los expertos en propaganda y manipulación de masas


King Gillette, el precursor de la práctica de usar y tirar, y su invento 

Aunque el concepto más de un siglo de existencia y se lleva practicando incluso antes de acuñarse el término, en los últimos meses empieza a hablarse en la calle de una expresión tan sonora y desconcertante como perverso es su significado: la obsolescencia programada. No hay que asustarse ante locución tan chocante, puesto que la padecemos todos los ciudadanos sin rechistar desde hace muchos años. La cosa es muy sencilla, los fabricantes de artilugios y aparatos (electrónicos y mecánicos sobre todo) los programan para que pasado un tiempo (más allá de la garantía, unos meses después en el mejor de los casos) se estropeen, empiecen a dar problemas, pierdan alguna de sus funciones..., así, el usuario lleva el utensilio a reparar, pero allí le dicen que le costará más reparar que tirar y comprar uno nuevo. Es decir, el trasto en cuestión se volvió repentinamente (o gradualmente) obsoleto porque así estaba previsto.

Hay muchos fabricantes, publicistas y comerciantes que conocen esta estratagema desde hace mucho tiempo, y están dispuestos a defenderla señalando la cantidad de puestos de trabajo que crea, y entre todos proclaman las bondades de la venta continua de aparatos que se estropean. Esto, que va muy bien a las fábricas, vendedores de propaganda, mayoristas, minoristas y almacenistas, no es tan estupendo para el consumidor, que se ve en la obligación de ir comprando y comprando aparatos cada año y medio más o menos; y tampoco es tan ideal desde un punto de vista ambiental, puesto que cada aparato que se tira irá a algún sitio, y como son millones las toneladas diarias de desechos electrónicos que se tiran por ahí o se envían en enormes contenedores a países del tercer mundo, el problema crece a ritmo frenético día a día. Hay monstruosos vertederos de aparatos en varios países africanos y asiáticos donde se están formando no ya montañas, sino verdaderas cordilleras de basura procedente del primer mundo; en realidad eso está prohibido, pero se dice a las autoridades que se trata de aparatos de segunda mano, e incluso al abrir los contenedores sí que hay unos cuantos reutilizables, pero detrás está toda la maraña de ordenadores, teléfonos, impresoras..., todo inservible y muy contaminante. Es como meter el polvo bajo la alfombra, el primer día no se nota, pero pasado un tiempo la basura estará a la vista de todos, las cordilleras de electrónicos rotos llegarán a sus lugares de procedencia.

El truco de fabricar cosas que duren poco viene de muy atrás. A finales del siglo XIX un emprendedor empleado estadounidense de una fábrica de tapones de botella no dejaba de pensar en busca de una idea con la que hacerse rico; pidió consejo a un amigo suyo que ya tenía en marcha su propia empresa, basada también en una buena idea, y éste le dijo que lo mejor era inventar algo que sólo pudiera usarse unas pocas veces y que luego hubiera que tirar, es decir, algo que costase poco pero que el usuario debiera comprar continuamente. El joven emprendedor, tras mucho cavilar, tuvo su momento de inspiración genial e inventó la maquinilla de afeitar con cuchilla desechable; hasta ese momento había que afeitarse con navaja, cuyo filo precisaba afilado continuo, o con maquinilla que montaba una navaja que había que desmontar, afilar y volver a montar. El personaje en cuestión se llamaba King Camp Gillette, quien además de facilitar el rasurado, acababa de mostrar el camino a la costumbre de usar y tirar.

Todos contentos, nadie sale perjudicado,
 dicen los defensores de esta trampa
 
De este modo, a medida que se iban produciendo los adelantos tecnológicos que caracterizaron el siglo XX, todos los fabricantes, tras poner en marcha su novedoso producto, lo modificaban para que no durara demasiado, para que el consumidor tuviera que cambiarlo cada poco tiempo. Y para ello, de modo totalmente contrario a la ética y acercándose a lo que es la pura estafa, aquellos fabricantes (a los que no se puede juzgar con parámetros de hoy, pues el modo de pensar era otro y no se sabía nada de medio ambiente o conservacionismo) encargaban a sus ingenieros y diseñadores que hicieran los cambios precisos para limitar la vida del producto, que incluyeran algo así como dispositivos de autodestrucción.

La cosa toma carta de naturaleza tras el crash del 29 en Wall Street, pues al poco, uno de esos fenómenos de los negocios pensó que si lo que se vende se estropea, habrá que fabricar más para atender la demanda, con lo que se creará empleo, se activará el consumo, se moverá la riqueza y todos contentos. Así, en Estados Unidos (donde se discurre lo indecible cuando se trata de negocios y dinero), y al poco en el resto del mundo occidental, se impone la idea de que “un producto duradero es muy malo para el negocio”, por lo que todos se lanzan a fabricar productos casi tan perecederos como una manzana. El legendario Ford T vio como su principal valor, su solidez, se convierte en un lastre para la empresa cuando su competencia fabrica pensando en hacer coches que pasaran de moda y el usuario cambiara el viejo por uno nuevo más bonito y con algunas mejoras, por lo que la durabilidad del automóvil dejaba de ser un valor. El asunto era que el comprador comprara no por necesidad, sino por otras razones, ¿cuáles?, de eso ya se encargarán los departamentos y empresas de propaganda, marketing y manipulación de masas. Desde las bombillas eléctricas (duran menos hoy que hace cien años) hasta las prendas de nylon (lo primero fueron las medias) pasando por los aparatos de radio u otros electrodomésticos, todos los fabricantes, si querían vender tanto como la competencia, debían trabajar pensando en que el producto tuviera vida muy corta. Y así la carrera sigue y sigue, engarzándose perfectamente todas las piezas de la maquinara consumista: fabricación con defectos concretos, producción masiva, venta a bajo precio, invasión de la propaganda en todas sus variantes (muchas veces verdaderamente odiosa, agobiante, agresiva, ofensiva, perversa, maliciosa...), apertura de más y más tiendas, consumo desmedido y cambio del artículo aunque no sea necesario..., y a cambio, millones de toneladas diarias de basura que hay que ocultar para que no se noten los efectos perversos de maniobra tan ideal.


Los ejemplos de marcas y empresas que se lanzaron a proyectar la muerte de sus productos son infinitos, y la cosa ha llegado a su cénit con los ingenios electrónicos, campo abonado para de los fabricantes, comerciantes y publicistas. Y claro, cuando estos están contentos, utilizarán todos los recursos a su alcance (maquiavélicos expertos en comunicación, todo el dinero que sea preciso, toda la influencia y presión sobre los que hacen las leyes) para tratar de convencer a la población de que el sistema es buenísimo, que se crea empleo y riqueza, que nadie sale perjudicado al ser los productos baratos (ciertamente, si fueran duraderos costarían más, pero a la larga se gastaría menos), que sin la programación de la muerte del utensilio todos saldríamos perdiendo..., y seguro que convencería a muchísima gente.

El asunto se resolverá (o empezará a resolverse) cuando sea imposible disimular la basura bajo la alfombra. No antes. De todos modos, mucha gente ha colgado en Internet soluciones y formas de reparación de aparatos electrónicos y electrodomésticos que en la tienda distribuidora dicen de imposible reparación. También es buena forma de combatir a los fabricantes tramposos.

CARLOS DEL RIEGO