sábado, 16 de junio de 2012

NACIONALISMO: REMINISCENCIA DEL SENTIMIENTO TRIBAL DEL PALEOLÍTICO El sentimiento de pertenencia al grupo, a la aldea, surgido hace miles de años sigue manteniéndose vivo en los nacionalistas beligerantes


Seguramente el sentimiento tribal que derivó
 en el nacionalismo surgió en el Neolítico.
 

Decía el Premio Nobel irlandés Georges Bernard Show, un tipo inteligentísimo según sus contemporáneos, que el nacionalismo es una curiosa creencia que nos convence de que cierto territorio es el mejor del mundo porque nosotros hemos nacido allí. Y realmente así es, no hay otra razón objetiva para defender ese nacionalismo, ese patriotismo beligerante que necesita alguien mayor contra quien rebelarse: el nacionalista activo y combativo no necesita razones. Y por otro lado, esa creencia se convierte en un profundo sentimiento de pertenencia que, avivado por los que viven del cuento, no deja nunca de crecer hasta convertirse en algo cercano al absoluto, es decir, la idea exaltada del tradicionalismo de la tierra por encima de todo, algo que se superpone a todo lo demás e influye de forma determinante en la vida, llevando al individuo muchas veces al fanatismo.


El nacionalismo quiere fronteras, separación, límites  
Esta especie de emoción procede del sentimiento tribal que se experimenta en el seno de la tribu y que, con total seguridad, ya existía en el Paleolítico Inferior. Hace cientos de miles de años los hombres (pertenecientes a otras especies humanas anteriores al sapiens sapiens) vivían en grupos pequeños se mantenían unidos para hacer frente a todo lo que estaba a su alrededor, para cuidar unos de otros; sin embargo, como eran nómadas, aún no habían desarrollado totalmente el sentimiento tribal, pues no conocían el sentido de propiedad de la tierra (es posible que ni siquiera el sentido de la propiedad). Más adelante, tal vez en el Paleolítico Superior o, como muy tarde, en el Neolítico, es cuando más probablemente se produce el nacimiento de ese modo de pensar; es cuando surgen verdaderas ciudades e incluso estados (Sumeria existía hace alrededor de 5.500 años), que serán amenazados por los vecinos o ellos amenazarán, lo cual refuerza la unión de los habitantes de esa tierra donde nacieron y donde viven prácticamente toda su vida. Seguramente ahí nace el sentimiento nacionalista, pues pertenecer a un grupo, a una aldea, a un territorio determinado, da seguridad, y además, no sería extraño que también empezase en ese momento esa manera de entender las cosas que se podría resumir en algo así como “mi tribu es lo primero, mato al que no sea de mi tribu, defiendo mi tribu y ataco a la otra, mi tribu, mi tribu”... Cuando el nacionalista exaltado (que casi siempre coincide con el que tiene ánimos secesionistas) lanza sus arengas e improperios, hay que imaginárselo en pleno Neolítico, puesto que su forma de pensar sigue anclada allí.

Actualmente, el nacionalismo separatista contiene un elemento de superioridad, ya que una región que se supiera necesitada nunca exigiría separarse, de hecho, es básico ese complejo de superioridad, que por otro lado suele esconder complejo de inferioridad. Esto coincide con el deseo de mal para el resto del territorio, es decir, con el sentimiento de envidia, con lo que el nacionalismo separatista beligerante, en el fondo, tiene envidia del territorio total, que es y siempre será mucho mayor en extensión, en cultura, en historia... En países donde hay intenciones cismáticas, como Bolivia, Bélgica, Canadá o España, la región que pide o exige la separación suele ser siempre más próspera que el resto o la mayoría de los territorios que integran el país; y en ese sentido suelen aparecer conflictos económicos, pues los más prósperos (los que más recursos tienen), no quieren que parte de sus impuestos se dedique a equilibrar niveles de vida (curiosamente entre estos nacionalistas hay muchos que se dicen socialistas y comunistas que no quieren repartir con los que tienen menos).  

En España también existe la figura del nacionalismo que echa pestes contra el régimen predemocrático (con razón en algunos argumentos, pero que no afectaron sólo a ese territorio) pero que, a la vez, utiliza los recursos que dicho régimen utilizó. Así, se utiliza el idioma como arma, persiguiendo a quien recurra a otra lengua en rótulos, títulos, nombres..., se modela la historia para designar buenos y malos según convenga, se retuercen y distorsionan hechos y situaciones para que coincidan con el ‘hecho diferencial’.

Es curioso cómo el sentimiento tribal ha permanecido a pesar de los milenios transcurridos desde que alguien experimentó tal cosa por primera vez. Y el caso es que todo pertenecemos a la tribu terráquea.

CARLOS DEL RIEGO