viernes, 8 de junio de 2012

LA PÉRDIDA DE RESPETO EN CLASE CONDUCE A LA INADMISIÓN DE AUTORIDAD

El respeto al docente ha de regir desde el primer día


SI LOS NIÑOS Y ADOLESCENTES TRATAN DE TÚ AL MAESTRO, DE IGUAL A IGUAL AL PROFESOR, TARDE O TEMPRANO CUESTIONARÁN A SUS PADRES, A LA POLICÍA, AL JUEZ, A CUALQUIERA QUE REPRESENTE LA AUTORIDAD. EL PROBLEMA ES QUE YA SE HA INICIADO EL CAMINO.



En el patio del instituto: “¡Coño Pepe, por qué demonios no nos avisaste de que íbamos a tener examen!”, y Pepe contesta buscando un tono de disculpa que no enfade a sus interlocutores: “Bueno, a principio de mes os di el calendario de exámenes, creo que yo no tengo la culpa, no la toméis conmigo, no os pongáis así, ya veremos cómo lo solucionamos”. El problema es que Pepe es en realidad don José, profesor y director de dicho instituto, y quienes le increpan son alumnos suyos.

¿Puede parecer una situación exagerada?, nada de eso, es habitual en gran parte de los centros educativos de España, sobre todo en institutos de enseñanza media, donde los profesores han perdido totalmente la autoridad, donde el trato con el alumno es de igual a igual, donde se cuestionan las decisiones en todo tipo de temas y, en casos extremos pero cada vez más comunes, se llega a la amenaza directa, a la destrucción de posesiones o a la violencia contra el maestro, despojado de toda autoridad.

Se conocen múltiples casos en colegios e institutos en los que los alumnos se muestran maleducados, incultos, malhablados; y es que la propia sociedad ha ido consintiendo poco a poco hasta llegar a situaciones en que son los jóvenes quienes tienen posición de superioridad, por lo que algunos profesores, amedrentados y carentes de herramientas y apoyo (de las familias, de las leyes), no pueden impedir que se infrinjan las reglas sin que pase nada, y así los escolares van a clase con el teléfono y otros artilugios electrónicos aunque esté prohibido, no se les reprende por insultar o amedrentar a compañeros, se transige con todo tipo de desplantes, se admiten las faltas de educación y de disciplina, la chulería, el desafío. Así, normas tan básicas de educación como son el trato de usted, el tono respetuoso, el saludar al cruzarse en el pasillo, el levantarse cuando entra cualquier persona de relevancia en el aula, el acudir con la ropa adecuada o, simplemente, el responder al profesor cuando se dirige al estudiante, se han convertido en auténticas rarezas en muchas centros españoles (por cierto, todas esas normas son de obligado cumplimiento en la práctica totalidad de países democráticos desde hace...).

En la escuela antigua el profesor solía ser
 autoritario, pero lograba buenos resultados
 
El origen del problema hay que situarlo en el momento en que se permite que el niño que llega al colegio trate de tú al maestro, y luego al profesor de secundaria, puesto que ese es el primer paso para que el alumno considere que el profe es como él, una especie de colega mayor al que hablarle como se habla a los compis en el recreo. Después llegarán las bromitas y los apelativos cariñosos con los que pervertir totalmente la relación entre uno y otros, más tarde se pasará a las palabras subidas de tono y así hasta llegar a la agresión contra la persona y sus pertenencias.

Nunca se valorará en su verdadera magnitud el daño que hicieron aquellos infaustos legisladores que pensaron que había que hacer de las clases y los estudios algo divertido, una actividad que no costara esfuerzo y que no produjera la frustración del suspenso, un lugar en el que aprender pero en donde nadie lo pasara mal, donde nadie sufriera el estrés de una amonestación, de una visita al director, de una expulsión de clase y, ni mucho menos, de unas malas notas que obligaran a repetir el curso. El principal objetivo era que el niño fuera feliz. El perjuicio que causaron aquellos lechuguinos que creían descubrir la pólvora se traduce ahora en la pérdida de la autoridad y el respeto que debe el estudiante al docente, al que trata como a otro más; no es extraño que algunos cedan y se plieguen a las exigencias de los niños y adolescentes, y que incluso vayan un poco más allá con el ánimo de empatizar y ganarse a los chicos (cosa que de ese modo no conseguirán jamás, sino que esa postura los animará a exigir más y más, a imponerse más y más). Hace medio siglo el maestro en clase podía hacer casi lo que quisiera, pero para modificar esa situación, los encargados de regular la educación pasaron al extremo contrario, arrebatando al enseñante cualquier indicio de autoridad en lo que fue un mediocre intento de venganza retroactiva.

Debido a todo esto, la docente se ha convertido en una de las profesiones más atacadas por casos de depresión y estrés, ya que quienes han de imponerse en clase se han visto despojados de todas las herramientas y apoyo necesario para llevar a cabo su trabajo con profesionalidad y eficiencia.

Y todo parte del momento en que se permite (incluso se aconseja) tratar de tú a quien te va a enseñar, y algo aparentemente tan nimio puede conducir a no asumir ninguna clase de autoridad, a enfrentarse a cualquier representante de la ley, a no mostrar ningún respeto por las reglas establecidas y, en definitiva, a relacionarse con mala educación. 

CARLOS DEL RIEGO