martes, 19 de junio de 2012

HEROÍNAS DE LOS TIEMPOS GLORIOSOS DE LOS JUEGOS OLÍMPICOS No sólo los grandes campeones han forjado la leyenda olímpica. Hay muchas campeonas sin las que el olimpismo jamás hubiera llegado a lo que es hoy


Quién podría decir que la elgante Wilma Rudolph
 había padecido poliomieltis

Un año olímpico es algo especial, y no sólo en el ámbito deportivo, ya que la cita hace variar los planes de muchas personas en todas las esferas de la sociedad. Y si es especial es porque cualquier modalidad deportiva que se disputa en los Juegos Olímpicos aún conserva ese halo de épica, ese espíritu de gesta, de hazaña en la que una persona se convierte en el centro absoluto del planeta (al menos desde el punto de vista de los medios de comunicación y su proyección en la sociedad).

Los grandes nombres de la historia de los juegos son, muy mayoritariamente, masculinos, sin embargo, desde que se permitió a las mujeres participar (cosa a la que siempre se opuso el refundador de los juegos, Pierre de Coubertain, cuyas opiniones no se pueden sacar de su época), ellas han protagonizado asombrosas proezas deportivas. Ciertamente es tal la cantidad de grandísimas campeonas que han dado las 29 ediciones celebradas hasta la fecha (en realidad son 26, pero se computan los juegos que no llegaron a celebrarse a causa de la guerra), que se necesitarían mil páginas para narrar sus logros en la pista.
         
Ya en los primeros juegos de la era moderna, Atenas 1896, una mujer que vivía en las calles, una indigente llamada Stamati Reviti, quiso tomar la salida en el maratón, pero los jueces se lo impidieron; al día siguiente, empezó a correr desde la llanura de Marathon hacia Atenas para demostrar que ellas son capaces de soportar lo mismo que ellos; llegó al estadio y se la invitó a entrar, pero para mostrar su protesta se negó, y terminó su carrera dando una vuelta al estadio por fuera. Fue rebautizada como Melpomene, la diosa de la tragedia. Aquel espíritu, aquella energía desbordante merecía un oro.
Quién podría decir que la elegante
 Wilma Rudolph había padecido 
poliomielitis 

En las siguientes ediciones de los juegos las mujeres tomaron parte en deportes como el tenis o el golf, pero hubo que esperar a Londres 1908 para que entraran en el programa oficial. La primera gran campeona olímpica fue Suzanne Lenglen (nombre que hoy tiene la pista central del torneo Roland Garros de París), que ganó la competición de tenis de Amberes 1920 perdiendo sólo cuatro juegos en los diez sets que disputó; otro detalle es que entre 1919 y 1926 sólo perdió un partido (¿alguien ha vuelto a repetir tal proeza?). Se trata de la primera mujer que ha pasado a la historia por sus méritos deportivos.

Una curiosidad que vuelve a mostrar que los Juegos Olímpicos son fuente inagotable de hechos asombrosos se produjo en Berlín 1936. La estadounidense Helen Stephens ganó los 100 metros lisos, pero muchos en el estadio afirmaban que era un hombre, sobre todo los polacos, que aseguraban que sólo un hombre podía ganar a su campeona Walasiewicz. Stephens, harta de todo ello, se desnudó en público (la escena esta recogida en la imprescindible película ‘Olympia’ de Leni Rifensthal) dejando claro a todo el mundo que era una mujer. Pero lo más asombroso de todo, lo que sólo ocurre en los juegos, es que la polaca Walasiewicz sí era un hombre, como se demostró tras su muerte. ¡Por eso los polacos decían que sólo un hombre podría ganar a su campeón/a!

Tras la II Guerra Mundial, los juegos volvieron a Londres, en una edición muy austera donde hubo que recurrir incluso al racionamiento (Argentina envió un barco de carne). Allí brilló la holandesa Fanny Blankers-Koen, ‘la mamá olímpica’, ‘la holandesa voladora’, una de las más grandes deportistas de todos los tiempos y uno de los mejores atletas que jamás ha pisado un estadio. Había participado en Berlín 1936, con 18 años, con buenos resultados (quinta en relevos), pero llegó la guerra y se suspendieron los juegos de 1940 y 44, lo que le robó muchos triunfos, muchas medallas. Ya en Londres 1948, con 30 años, dos hijos y otro que corrió en su seno por la ceniza londinense, Fanny pudo demostrar sus insuperables condiciones atléticas.

 Venció en las cuatro pruebas en las que se inscribió (100 y 200 metros lisos, 80 metros vallas y el relevo 4x100), aunque hubiera podido vencer también en salto de longitud (la campeona quedó a medio metro de las marcas habituales de Koen) y de altura, pero la longitud casi coincidía con una de sus carreras, así que dijo preferir “ganar un oro que dos platas, pues no hubiera podido concentrarme en dos pruebas casi a la vez”. Al regresar a su país fue recibida por una multitud que la aclamaba entusiasmada, pero ella, con cara de enorme sorpresa, dijo “¿y todo esto sólo por ganar unas carreras?”. Muchos años después, en 1993, Fanny fue invitada a recorrer la recta final del estadio de Wembley, allí donde se convirtió en mito, para recibir el aplauso del público londinense, que le brindó una estremecedora, una emocionantísima ovación; muchos de los que le rindieron tan merecido homenaje (algunos con lágrimas en los ojos) recordaban aquellos momentos en los que la habían visto correr allí mismo 45 años atrás. Ojalá la edición de 2012 dé tanto como la de 1948.

Suzanne Lenglen, campeona olímpica en Londres 1908
 y primera gran deportista de la historia
La australiana Betty Couthbert, ‘la chica de oro’, es el único atleta (hombre o mujer) que posee las medallas de oro en los 100, 200 y 400 metros lisos. Con sólo 18 años venció en Sydney 1956 en 100, 200 (con rédord del mundo) y relevo 4x100 metros. En los siguientes juegos, Roma 1960, se lesionó en las rondas previas y hubo de retirarse; pero no se desalentó, y en Tokyo 1964 se inscribió y venció en los 400 lisos, que por primera vez eran disputados por mujeres. La esclerosis múltiple la relegó, pero ella jamás dejó de competir y aun hoy sigue haciéndolo en la pista de la solidaridad.

Precisamente en Roma 1960 hizo su aparición ‘la gacela negra’, la elegantísima Wilma Rudolph, quien venció en 100 y 200 lisos y relevo corto con una facilidad pasmosa y con una gracilidad en su carrera que los espectadores que presenciaron boquiabiertos su exhibición, jamás podrían haber sospechado que ese prodigio físico de 1,81 metros y 60 kilos había sido una niña enclenque, enfermiza y que estuvo a punto de morir al nacer. Fue la decimonovena (hay otras fuentes que afirman que era la vigésima) hija de un hombre con dos esposas y 22 hijos; nacida prematura, pesó menos de dos kilos, y en el parto estuvieron al borde de la muerte ella y la madre (no hay que olvidar que eran negros en el profundo sur de Estados Unidos en 1940). Con tales precedentes, no es difícil entender porqué Wilma era un niña muy predispuesta a las enfermedades: además de las típicas de los niños, también fue afectada por la varicela y la escarlatina, padeció una pulmonía doble que otra vez la tuvo a las puertas de la muerte y a los cuatro años se le diagnosticó poliomielitis, lo que le dejó una pierna más débil y un pie deformado.

 “Nunca caminará con normalidad” le dijo el médico que la atendió, pero su madre (que debía tener un coraje a prueba de desánimo) buscó y buscó hasta que encontró un hospital para negros donde aceptaron tratar a la niña; así, durante dos largos años, Wilma y su madre recorrieron cien kilómetros dos veces por semana para ir a recibir el tratamiento. Después, un armazón de metal en la pierna y unos ejercicios específicos (realizados con toda tenacidad) consiguieron que Wilma caminara sin prótesis, muletas ni ayuda alguna. Tan sólo cuatro años más tarde, sana y con sus facultades a pleno rendimiento, con apenas 16 años, acudió a los Juegos de Melburne 1956, quedando tercera en el relevo 4x100 metros. En la siguiente cita olímpica se forjó la leyenda, esa que habla de un espíritu de superación casi imposible, esa que trata de la niña discapacitada que nunca caminaría normalmente pero que alcanzó la gloria en el estadio. Tal vez tanto mérito como a Wilma haya que atribuirle a su madre. Un par de años después dejó el deporte para dedicarse a luchar contra el racismo y a trabajar para que la mujer se integrara totalmente en el deporte. Falleció de cáncer en 1994. La fiesta oficial del estado de Tennessee es el 23 de junio, el día de su nacimiento, el ‘Día de Wilma Rudolph’. Debió ser una mujer excepcional. 
  
Cuando ellas quieren algo son capaces de todo..., y esto es sólo una mínima muestra de todo lo que han aportado al olimpismo.
CARLOS DEL RIEGO