domingo, 17 de noviembre de 2013

FUNK: PODER NEGRO Dentro de la música popular del siglo pasado, el ritmo funk es uno de los más divertidos, bailables y transmisores de optimismo, un género ideado y puesto en práctica principalmente (pero no sólo) por negros. Es el auténtico ‘black power’.

Sería descabellado pensar que un blanco se atreviera a aparecer de esta guisa.
No hay canción hecha en clave funky que tenga efectos depresivos por sí misma, aunque sí que puede producir alergia, efectos secundarios indeseables y, en fin, otras consecuencias y secuelas entre la población heavy o punk, pero esto se debe más a la predisposición y características del oyente que a la composición química del producto. Sea como sea, la música funk ha proporcionado algunos de los comprimidos (canciones) más estimulantes, vibrantes, excitantes e incluso divinamente disparatados de todo lo manufacturado por la industria musical a lo largo del siglo XX.  
 

Se trata, evidentemente, de una idea que tiene su origen en el sentimiento llegado de África, es por tanto cien por cien negra; a ese principio activo se le fueron añadiendo la asunción del cristianismo, que dará lugar a los espirituales y al góspel, las tradiciones anglosajonas y la propia situación de los americanos negros; todo ello condujo al blues, al jazz, al soul, al rock & roll…, al funk. Aunque su prehistoria se hunde en los sesenta, no cabe duda de que sus mejores años fueron los setenta y los ochenta de la vigésima centuria. En realidad, en los setenta se produjo lo que se vendió como ‘soul explossion’, que dio pie a infinidad de discos e incluso películas (como la saga ‘Shaft’) en las que el peinado afro era protagonista absoluto. Y casi a la vez, empezaron a proliferar grupos integrados principalmente por negros (pero no solo) que, vestidos con ropas delirantes, disparatadas (de esas que sólo lucen si las llevan ellos), fabricaban ritmos irresistibles con guitarras percusivas, explosivas secciones de viento y, en general, puestas en escena excesivas, extremadamente barrocas y llamativas; textos sugerentes y perfectos para leer entre líneas en principio y plenamente explícitos después completaron una fórmula magistral que no ha dejado de llenar pistas de baile.   


 
En aquellos tiempos heroicos se trataba de encontrar diferencias entre la música disco y el funk, pues aquella era considerada basura de discoteca mientras que ésta mantenía el prestigio aunque también sonara bajo la esfera espejada. Y es que no hay que olvidar que, además, por aquí proliferó algo tan terrorífico y pavoroso como el ‘eurodisco’, procedente sobre todo de Alemania, Italia y Francia, donde se grabaron baratijas dignas de un chino que, lógicamente, tuvieron su éxito en las listas y pistas más cutres del viejo continente, donde las cuchufletas de buhonero siempre fueron bien recibidas.


En cuanto a los nombres propios del género, hay que citar en primer lugar al padrino del soul, el gran James Brown (tan buen músico como mala persona), quien siempre supo controlar a la perfección los resortes del show bussines: ritmos trepidantes con instrumentación abundante así como melodías simples y estribillos pegadizos, y al lado, espectáculo con efectos dramáticos, teatralidad, bailes y bailarines frenéticos… De su enorme producción destaca, lógicamente, su ‘Get up (I feel like bein a) Sex Machine’, pieza que encerraba infinitos recursos. También intuyeron por dónde podría ir la cosa los increíbles Sly & The Family Stone, que ya en los sesenta construyeron monumentos del funk-rock como el ‘I wanna take you higher’. 

Entre los nombres que siempre se asociarán a lo mejor del funk están, cómo no, Kool & The Gang, que tras una primera etapa más purista entraron en los ochenta con nuevos bríos, dando salida a piezas bandera del género como ‘Celebration’, ‘Get down on it’ o ‘Fresh’; coreografías desmesuradas, colores reventones, fulminante sección de viento, ritmos muy calientes y un sonido tal vez menos agresivo. De Chicago son los fabulosos Eart, Wind & Fire, que siguen en activo desde su fundación, en 1970; a lo largo de su carrera han editado cerca de dos docenas de álbumes de estudio, un sinfín en directo y una interminable lista de singles, algunos de los cuales están en los altares de la música funk, como la delicada ‘Fantasy, la impresionante versión del clásico de los Beatles ‘Got to get you into my life’ (más soul), la cautivadora ‘Septembre’ con su abrasadora sección de metal e incluso sus falsetes, la divertida, optimista y revitalizadora ‘Boogie Wonderland’ o la insuperable ‘Let´s groove’, tema que roza la perfección del género. No puede olvidarse a los neoyorquinos Chic, más elegantes y contenidos y con un gran talento como Nile Rodgers a la cabeza; ‘Good times’ es de lo más típico del funk, y ‘Le freak’ atrae irremediablemente por alguna causa desconocida. Los británicos Average White Band tenían dos cosas diferentes; una eso, que no eran de Estados Unidos, y otra que eran blancos; lo suyo era tal vez más cerebral y quizá fueran mejores músicos; sus momentos álgidos eran casi siempre instrumentales, como con ‘Pick up the pieces’ y algunos pasajes de sus canciones, donde evidenciaban deudas con el jazz.

Tal vez jugando en una división inferior, aunque manteniendo puntualmente el nivel e incluso superando a las vacas sagradas, puede mencionarse a los anónimos Lipps INC, que sólo hicieron una gran canción, una sola, pero de esas que perduran, ‘Funky town’. Y cómo olvidar a los KC & The Sunshine Band, de Miami, con blancos y negros en sus filas, puestas en escena exageradas y varios títulos para la historia, como la siempre recordada ‘That´s the way I like it’ o la estimulante ‘Shake your body’. De Filadelfia eran The Trampps, que tienen sitio en el Olimpo gracias a ‘Disco Inferno’, emblemática e irresistible canción de la banda sonora de la película ‘Saturday night fever’. Merecen ser recordadas asimismo algunas bandas que, desgraciada e increíblemente, están en el más oscuro de los rincones. Por ejemplo los efímeros Funkapolitan, ingleses procedentes de anteriores bandas que lanzaron un primer álbum antológico (con piezas como ‘Run run run’, ‘As the times goes by’, ‘In the crime of life’) y un atractivo funk-pop; o los escoceses Hipsway, que apenas hicieron un par de discos, pero al menos dejaron una auténtica joya como ‘The broken years’.

Cierto que la lista podría ser mucho más larga, y cierto también que prácticamente todos los mencionados no hicieron sólo funk, pero todos brillaron precisamente gracias a ese ritmo, a esas formas tan deslumbrantes como sus habituales atuendos. Y aunque algunos se atrevieran a ello a pesar de sus rostros pálidos, lo cierto es que el funk es y será pura magia negra.


CARLOS DEL RIEGO