miércoles, 30 de noviembre de 2016

FERNANDO TRUEBA O CÓMO TIRAR PIEDRAS CONTRA EL PROPIO TEJADO. Las incomprensibles declaraciones que este cineasta realizó hace un año le están pasando factura hoy (XI-16), pues el público ofendido vuelve la espalda a su nueva película. Entonces no se dio cuenta de que apedreaba su casa.

Parece decir 'me iría con vuestro enemigo pero acepto vuestro dinero'..
Hace catorce meses el director de cine Fernando Trueba fue el origen de una encendida polémica cuando, al recibir un premio reservado a cineastas españoles, declaró no sentirse español (entre otras increíbles afirmaciones) a la vez que extendía la mano para recoger la pasta. Como si los que entonces se sintieron ofendidos le hubieran estado esperando, el altercado verbal ha resurgido con el estreno de la nueva película del susodicho, la cual ha registrado una muy floja acogida por parte del personal; seguramente el recuerdo de aquellas palabras ha tenido su influencia en los datos de taquilla. Dicho sea de paso, el pretendido boicot a la película tiene tanto sentido como las actitudes de este señor, pues no hay mayor desprecio que no hacer aprecio.

En primer lugar se antoja incomprensible que alguien que trabaja ‘de cara al público’ y, por tanto, depende de su voluntad y sus gustos, despotrique, menosprecie y se manifieste contra los sentimientos de una parte importantísima de sus clientes. Así, es fácil entender que si alguien se sintió insultado no sólo no acuda a ver el filme, sino que reniegue en lo sucesivo de cualquier obra firmada por este señor. Uno puede sentirse lo que quiera y manifestarlo cuando lo desee, pero siempre le será más rentable hacerlo con educación y sin faltar a quienes van a comprar su producto, pues en caso contrario estará tirando piedras contra su propio tejado; y cuando a causa de una incontinencia verbal alguien se gana la enemistad de parte de la audiencia, será para siempre y sin vuelta atrás. Lo curioso es que el director afirma no entender la reacción airada de muchos españoles contra él y su película…, es como el que muerde la mano que le da de comer y luego no comprende que la mano no vuelva a ofrecerle comida.   

Conviene recordar que el protagonista de esta historia (que nunca ha manifestado ningún escrúpulo en aceptar dineros y subvenciones del país del que tan mal habla) fue más allá, mucho más allá de una simple expresión de afecto o desafecto; y es que añadió sin sonrojarse que le hubiera gustado que España hubiera perdido la Guerra de la Independencia contra Napoleón (cuyas tropas destruyeron, quemaron, mataron y saquearon a voluntad), y para rematar su discurso se le ocurrió soltar que en caso de guerra se pondría de parte del enemigo de España (en un contexto bélico esto se llama traición). Este indisimulado resentimiento contra el lugar donde nació, donde están su familia y sus amigos, donde ha trabajado y progresado, no deja de recordar a aquellas vociferantes masas que durante los días de la II República Española gritaban por las calles “¡Viva Rusia y muera España!”; si tal cosa se produjera hoy, probablemente Trueba estaría en primera fila y voceando más que nadie.

En posteriores manifestaciones este hombre ha señalado que no se le entendió, que se sacó de contexto, que cuando dijo blanco quería decir verde y así debió entenderse, queriendo asimismo transmitir la idea de que soltó todo aquello en tono irónico, a modo de chascarrillo…, sin embargo, resulta difícil encontrar algún atisbo de gracia en aquellas palabras. Por otro lado, sabiendo de las posturas y actitudes excluyentes que el personaje había mostrado previamente, aquella salida de tono parece más una muestra explícita e intencionada de lo que tiene en su interior.  Dijera lo que dijera y con la intención que fuera, no parece oportuno hacer de menos a la cultura y tradición de un país (habló de clásicos españoles en tono descortés, desdeñoso) precisamente durante la ceremonia en la que ese país le está agasajando, premiando y gratificando; no era el lugar ni el momento ni el contexto para verter tales reflexiones. Por último, del mismo modo que el tonto es tonto aunque no se sienta tonto, quien es español lo es aunque no lo sienta.

Sea como sea, hay en este país mucha gente, muchos espectadores que sienten como si algunos profesionales de este negocio los hubieran echado del cine a patadas, empujones e insultos. Sucedió hace unos cuantos años, cuando actores y directores (no es necesario recordar nombres) faltaron al respeto a aproximadamente la mitad de la población, e incluso alguno utilizó el término ‘subnormales’ para despreciar a quienes no coinciden ideológicamente con ellos y prefieren otra opción política. Tal vez no se dieran cuenta, pero en aquel momento esos cineastas expulsaron de las salas a miles de españoles, y no será a corto plazo ni tampoco fácil conseguir que vuelvan. Sin la menor duda, esta es una de las causas de que cuando se proyectan ciertas películas españolas las salas muestran exceso de butacas vacías; otras causas son la calidad, la feroz competencia que tiene el cine en pantalla grande y, claro, los precios. Además, la película de la discordia es segunda parte, es otra de la guerra civil, es otra con (seguro) buenos buenísimos y malos malísimos…, ¡con la de episodios históricos que ofrece España, Hispania o Iberia para idear buenos guiones cinematográficos!       

Al parecer los productores invirtieron diez o doce millones en la peli, cantidad que les va a ser muy difícil recuperar, por lo que en adelante puede que Trueba se tope con problemas para encontrar quien financie sus empresas. De todos modos, si lo que se proyecta es atractivo, gusta, seduce y tiene gancho (como no pocas de sus producciones anteriores a la desafortunada ‘rajada’), el público responderá aunque sea obra de alguien que siempre se pondrá de parte del enemigo. ¿O tal vez no?

Después de todo el jaleo, y tal vez pensando en su futuro, el director se la envaina y se desdice: “Amo a España”, dijo luego de comprobar las consecuencias de sus palabras. Si no te gustan estos principios tengo otros, explicaba un genio de este mismo gremio.


CARLOS DEL RIEGO