miércoles, 24 de mayo de 2017

ANTONIO BANDERAS Y LA ENVIDIA DE LOS MEDIOCRES. El actor Antonio Banderas ha sido recientemente noticia no por sus actividades profesionales, sino porque su proyecto cultural para Málaga fue rechazado gracias a la negativa de políticos de izquierda de dicho municipio.

Banderas presentando su proyecto

Al parecer, las causas de la negativa son, dicen, que pretendía construir más de lo permitido, que su propósito era lucrarse, que iba a aprovecharse de recursos públicos para fines particulares... Sin embargo, las causas auténticas del rechazo parecen muy otras.

Nadie pondrá en duda la trayectoria laboral de Banderas, que se marchó de España con lo puesto para intentar jugar en las ‘grandes ligas del cine’; así, hasta la fecha, el malagueño ha trabajado en nada menos que 91 películas desde 1982 (la mayoría en Hollywood), a lo que hay que añadir las cuatro que ha dirigido y las seis que ha producido. Por otro lado, también es indiscutible el reconocimiento y la reputación de que goza en todo el mundo, algo que demuestra la interminable lista de premios y distinciones que ha recibido de todo tipo de festivales y academias de cine. En resumen, es una persona que nunca ha dejado de trabajar y que, gracias a su esfuerzo y su talento, puede considerarse un triunfador. Y esta es (casi con total seguridad) la causa última de la negativa a aceptar su proyecto cultural, puesto que los mediocres y los envidiosos no soportan al que tiene éxito, detestan al que lleva a cabo algo meritorio que ha requerido capacidad y sudor, puesto que el triunfo de otros les demuestra su medianía, su vulgaridad, su mediocridad… y su terror al trabajo (algo parecido sucede con otros triunfadores, como Nadal o como Amancio Ortega que, a base de trabajo y valía, alcanzan la cima y que, sin embargo, son menospreciados e incluso insultados por los mediocres y los envidiosos).

Dicen que el actor, productor y director pretendía enriquecerse aprovechándose de recursos públicos… Él pretendía convertir en centro cultural unos edificios municipales que llevan años abandonados; así, ofrecía un plan que incluía varios escenarios y diversos espacios para teatro, danza, música, cine, exposiciones…, así como una programación estable; es decir, no sólo proponía la rehabilitación y adecuación de los inmuebles, sino que les garantizaba su aprovechamiento para toda la ciudadanía gracias a una actividad constante. Es más, el proyecto presentado incluía el pago del coste de los edificios (más de veinte millones) en unos pocos años y la aportación de una cantidad mensual para las múltiples actividades… Sea como sea, teniendo en cuenta que en España la actividad cultural no hace a nadie millonario (salvo contadas excepciones) y que los empresarios que se tiran a esa piscina suelen acabar escalabrados, no parece argumento de peso decir que el objetivo de Banderas sea el lucro; y para probarlo baste recordar que los auditorios, museos y centros culturales son de titularidad pública (municipal, provincial, regional, estatal), ya que se trata de inversiones económicamente ruinosas que las administraciones costean porque son de interés público. En resumen, estos núcleos de cultura (como el que pretendió el artista) son cualquier cosa menos rentables.

En realidad, en el fondo del rechazo a la proposición de Banderas está la esencia del pensamiento comunista: la negación de la individualidad, la condena de la iniciativa personal, la persecución de todo aquel que tenga el atrevimiento de tener sueños y acometer con decisión y trabajo la empresa de convertirlos en realidad…, salvo que el proyectista pertenezca a la secta, en cuyo caso se buscan toda clase de eufemismos para convertir en deseable lo que en manos de otros es indeseable. “Si una brizna de hierba sobresale se corta” decían los teóricos del comunismo para justificar su deseo de impedir la iniciativa personal… El esfuerzo y la constancia del individuo que busca materializar sus ilusiones, así como la capacidad y el mérito que requiere todo éxito, son valores repudiados por la mentalidad comunista, que trata de que todo el mundo sea mediocre, vulgar, que nadie sobresalga, que el más holgazán e inepto goce del mismo reconocimiento que quien es diligente y brillante.  

Existe una máxima que señala que la envidia es el elogio del mediocre; el dicho no puede resultar más apropiado al caso, pues son mediocres, vagos y envidiosos los que se oponen a que un triunfador incansable y cargado de mérito ponga en marcha sus propios planes (que, sin duda, serían muy beneficiosos para la ciudad y sus habitantes); otra cosa sería si quien presenta la oferta perteneciera a la misma cuadrilla ideológica que los resentidos, por ejemplo Bardem; entonces, ¿alguien cree que si hubiera sido éste el que presenta la oferta habría obtenido la misma respuesta?
En fin, puede que la movilización ciudadana (más de 20.000 firmas en una hora) consiga que algunos se traguen su envidioso rencor.


CARLOS DEL RIEGO