domingo, 7 de mayo de 2017

FRAUDES Y FESTIVALES. Desde que empezaron a celebrarse, uno de los anhelos de todo joven es asistir a algún festival: varios días lejos de casa, grupos, amigos, trasiego, ambiente… Casi todos son deseables, aunque hay excepciones, como el Fyre Festival, que se ha revelado un timo.

Así estaban las instalaciones e infraestructuras del Fyre Festival cuando llegó el público.

Está dando la vuelta al mundo el escandaloso fracaso (otros dicen estafa) del Fyre Festival. Prometía playa paradisíaca en una isla privada de las Bahamas, modelos despampanantes, comida ‘gourmet’, alojamientos e infraestructuras de lujo, incluso paseos y excursiones en yates y barcos de millonario…, y también conciertos; todo a precios desde los mil quinientos hasta los cincuenta o sesenta mil dólares. Gracias al marketing en Internet con personas famosas recomendando la cosa, muchos incautos picaron y acudieron a esta deslumbrante oferta (por ese precio…), pero al llegar al lugar, nada de nada: no existía ninguna instalación, ni electricidad o servicios sanitarios, ni siquiera había escenario y en vez de lo que las fotos promocionales prometían había un descampado, un pedregal con unas cuantas tiendas de campaña de las usadas en catástrofes naturales. Lógicamente no hubo ni un solo concierto y la gente las pasó canutas para volver a casa, pues no había nada previsto ni preparado para atender al público.

De todos modos, hay que desconfiar de un festival de música que propone, como cabeza de cartel, lujo, playas y aguas del Caribe, personajes famosos por todas partes, exquisitos banquetes…, y al final de todo, los artistas; además, éstos tampoco eran lo que se dice primeras figuras mundiales (como sí lo son los de Coachella, al que pretendían superar): Blink 182, Major Lazer, Disclosure, G.O.O.D. Music, Migos… En fin, un fraude aunque los promotores digan que no y que todo se debe a problemas ajenos a ellos; sin embargo, si fuera así, si hubieran surgido obstáculos imprevisibles, la infraestructura estaría lista o casi y, en todo caso, se habría avisado por todos los medios (que son muchos) de la suspensión o aplazamiento, o sea, se hubiera informado con tiempo para que la gente no emprendiera el viaje. Pero no hicieron nada, no movieron un dedo para advertir a sus clientes (mejor dicho, primos), que se llevaron el chasco de su vida. En cuanto al dinero…, futuro incierto aunque los organizadores (el irascible rapero Ja Rule y el empresario Billy McFarland, que tiene una larga lista de antecedentes y denuncias) hayan sido denunciados.

Este suceso es una excepción. España es tierra de festivales y los hay casi en cada ciudad y en cualquier época del año (incluso hay un crucero en el que no cesa la música durante una semana), pero afortunadamente por aquí no se ha perpetrado una estafa de este calibre. Sea como sea, la congregación de cientos o miles de personas unidas por la música y con el objetivo común del concierto, del grupo, de las canciones, del baile, es lo que se dice un invento genial; sin embargo, algunos de los eventos más famosos tienden al gigantismo y la masificación, algo que termina por provocar molestias, inconvenientes y, a veces, incluso trato abusivo. A pesar de todo, la aplastante mayoría de quienes son o han sido festivaleros guardan muy buenos recuerdos, y en cuanto la ocasión se presenta no dejan de recordar a los presentes las anécdotas que vivieron cuando estuvieron allí. Todo aficionado al rock y similares hubiera deseado haber visto a Hendrix en Woodstock y poder así contar de primera mano sus maravillas, pero a falta de acontecimientos legendarios, bien están estas reuniones festivas, aunque atiendan más a la cantidad que a la calidad. 

Por otro lado, y considerando el asunto con perspectiva, puede tenerse la sensación de que ciertos festivales llegan a ser algo así como un atracón, una panzada de actuaciones que se suceden sin pausa, casi sin ser consciente de lo que se tiene delante, casi sin tiempo de asimilar lo que un grupo ha transmitido cuando ya se está escuchando lo que ofrece otro; y es que, en realidad, no puede ser de otro modo cuando se proponen tres días con cincuenta, ochenta, cien artistas, varios de ellos tocando a la vez en distintos escenarios. Cierto que el exceso atrae (“nada satisface tanto como el exceso”, decían en una película), como demuestra el fenómeno del botellón o las fiestas multitudinarias de varios días de duración, pero también lo es que cuando uno se atiborra puede llegar la saturación, una sensación que ya no permite ni apreciar ni saborear todo lo que el artista propone.

En cualquier caso, ¿qué aficionado al rock, folk, pop o electrónica rehusaría acudir a alguna de las citas más señaladas del calendario festivalero?, ¿a quién no le apetece ir a una de estas ferias?, ¿quién diría no a esta especie de romería con la música como motivo principal? Hay que tener en cuenta que el festival es bastante más que los conciertos; está la peregrinación-escapada, la convivencia y el trato con los miles de asistentes, los colegas, los puestos, tenderetes y barras, el desbarre, la huida de la rutina…, y disfrutar del buen rollo que, generalmente, muestra la mayoría del personal.

Esto, el disfrute sin preocupaciones es, finalmente, lo que pretende quien invierte tiempo y dinero en presenciar este espectáculo. Además, cuando se es joven, aquellos inconvenientes apenas se recordarán como ‘batallitas’ para contar a los amigos…, incluso si lo que hay que contar es una historia de estafadores y primos. 
   

CARLOS DEL RIEGO