jueves, 25 de junio de 2026

LA ASOMBROSA TRAYECTORIA VITAL DE ERIC BURDON, 85 AÑOS, MÁS ALLÁ DE LA CASA DONDE NACE EL SOL

 


Eric Burdon y BB King en los estudios Stax en 1977

 

No hay quien piense en Eric Burdon sin pensar en su maravillosa interpretación de ‘The house of the rising sun’ (‘La casa del sol naciente’). Pero es que el cantante británico ha sido muchísimas cosas más y, a sus recién cumplidos 85 años, podría escribir una extensa bibliografía con sus anécdotas, vivencias y batallitas junto a otros nombres deslumbrantes de la historia del rock & roll

 

Cuentan que en cierta ocasión asustó a a Jim Morrison jugando a la ruleta rusa con una lámpara de araña de cristal. Que se metió LSD con Janis Joplin en el Fillmore. Que era íntimo de Jimi Hendrix, que era asiduo de la casa de John Lee Hooker en Detroit, que una vez lo asaltaron a punta de pistola, que cabalgó por el desierto con su amigo motero Steve McQueen o que, tras una ‘fiesta’, se convirtió en la inspiración para el personaje 'The Eggman' de la canción 'I Am The Walrus' de The Beatles . Y al parecer todo ello es rigurosamente cierto...

 

Considerado uno de los mejores cantantes de blues y derivados, y poseedor de una voz apasionada y declamatoria, cuando militaba en los primeros The Animals, el fundador de los Stones, Brian Jones, lo proclamó “el mejor cantante de blues que jamás haya salido de Inglaterra”. Entre sus muchos admiradores están Robert Plant, Iggy Pop, David Johansen, Patti Smith o el propio Bruce Springsteen, quien en cierta ocasión (ya en este siglo) afirmó que Burdon es como “un gorila con traje que sonaba como si Howlin' Wolf hubiera salido de la piel de un chico de 17 años”; y su guitarrista Steve Van Zandt describió su voz “tan potente y profunda que inventó el género del blues de hombre blanco que canta en tonos tan graves como si fuera negro”.

 

A terminar con sus primeros Animals, en la segunda mitad de los 60, se mudó a San Francisco en plena explosión hippy entre alucinógenos, amor libre y un hedonismo desenfrenado. Él mismo recuerda: “Por aquel entonces tenía interminables conversaciones con gente como Hendrix y John Steel de The Animals. Estábamos convencidos de que no íbamos a vivir más allá de los 30, lo que nos llevó a vivir la vida al máximo y, claro, al consumo de todo. Cada vez que probabas algo nuevo, corrías un riesgo. Yo lo superé, pero muchos de mis amigos no. Conocí personalmente a Janis Joplin y casi desde el primer momento me di cuenta de que estaba destinada a la autodestrucción”. Y sigue: “Jim Morrison estaba completamente fuera de control todo el tiempo. Lo veía a menudo, así que estaba cerca para ver qué le pasaba. Estaba hecho un desastre y todos sabíamos que era imposible hacerle entrar en razón. Ese intento de conectar con él fue lo que me ayudó a superar esa etapa”.

 

También mantuvo buena relación artística con Bo Diddley, aunque nunca coincidieron ni llegaron a tocar juntos. El primer Lp de Animals contenía un excelente 'The story of Bo Diddley’, un homenaje sincero al gran pionero. Burdon explica: “Nunca coincidimos. Yo me iba cuando él estaba en el escenario, y viceversa. Éramos como barcos que se cruzan en la noche, pero sin hablar nos entendíamos…, en otro plano. Una vez le dijo a uno de mis managers de gira: ¡Dile a ese pequeño bastardo blanco que grabe más canciones mías!”.

 

Siempre fue admirador de los grandes 'bluesmen' estadounidenses, por eso, "cuando estos grandes músicos de blues (John Lee Hooker, Muddy Waters, Sonny Boy Williamson) pasaban por Inglaterra, los promotores locales me pedían a mí a mis amigos de la Universidad de Newcastle, que los acompañáramos. En aquella época, los británicos no sabían cómo tratar a los negros. Así que me encargaron cuidar de John Lee Hooker y enseñarle la ciudad. También solía firmarle los autógrafos en su lugar, pues en aquel entonces ni siquiera sabía escribir su nombre. Lo agradecía muchísimo. Cuando luego llegué a EE UU con The Animals, lo primero que hice fue ir a su casa en Detroit y allí pasé una semana". Burdon quiso cantar con la emotividad de Ray Charles y la fuerza de Big Joe Turner, pero con la voz saliéndole de las entrañas. Él mismo dijo que "el cantante negro de blues era mi héroe, mi líder... Hice todo lo posible por sonar como él”.

 

Con The Animals Burdon consiguió muchos éxitos, aunque la cosa no era un camino de rosas, ya que había muchos celos en el seno del grupo, sobre todo con el teclista Alan Price, quien apareció como único arreglista de ‘The house…’ y, por tanto, quien se llevó la parte del león de los beneficios. Burdon declaró una vez: “Espero que se fría en el maldito infierno”. En realidad, la mala gestión era una constante en los grupos de los 60; en año y medio publicaron tres discos e hicieron dos giras por Europa y tres por EEUU. “Lo que parecía una vida maravillosa se convirtió de repente en algo horrible; horas encerrados en camerinos, ir a ciertos lugares a horas fijas, agotadoras sesiones de fotos... No era para lo que me había apuntado. Fue divertido durante un tiempo, pero pronto se volvió realmente demoledor. En cuanto entrabas en una banda así, te convertías eras un prisionero”.

 

Entonces llegó el LSD: “Me permitió ver las cosas desde una perspectiva diferente, de otras formas de ver la vida. Fue asombroso. Me despertó en muchos sentidos y me abrió a muchas cosas. Pero ocurrieron muchas cosas. Fiestas de Brian Epstein con los Beatles y otros gigantes del rock británicos, líos de faldas, líos de y por drogas, la visión gay de Brian Epstein y el cuidado que había que tener para que no te consideraran gay a ti (¡qué bobada!, viéndolo hoy), su viaje a la India… Y la muerte de Brian Epstein…; para entonces vivía en Los ángeles y tenía vecinos como Allan Wilson y su Canned Heat, Frank Zappa, David Crosby, John Phillips, Cass Elliot, Grateful Dead…, fue una experiencia embriagadora, una avalancha de sensaciones”.

 

Uno de los grandes recuerdos de Burdon fue cuando se convirtió en ‘The  Eggman”, del ‘I am the Walrus’ de Beatles. Una vez le contó a Lennon que una novia jamaicana le rompió un huevo sobre su cuerpo desnudo y comenzó a lamerlo: “Recuerdo estar en una fiesta y al señalar a esa chica John me dijo: ‘¡adelante, Eggman!’. Y el apodo se me quedó”.

 

A finales de los sesenta  fundó la banda de funk War, en la que casi todos eran “pandilleros negros”; de hecho, muchos nos copiaron, desde Sly Stone a Earth Wind & Fire”. Así, “Cuando en septiembre de 1970 debutamos en Inglaterra todo fueron felicitaciones, pero unos días después llegó la tragedia, Jimi Hendrix (que había tocado con ellos como invitado) moría de sobredosis. Me destrozó que un tipo con el que había hablado tantísimo nos dejara. Fuimos los últimos con los que tocó”. Y Jim Morrison: “Tras una noche de excesos con Jim bajé a la mañana siguiente con una Magnum 44 y disparé contra la lámpara de araña. Morrison huyó mientras los cristales caían a raudales. Fue la última vez que nos vimos”. Y Steve McQueen, con quien congenió gracias a las motos. “Por esa época salía a montar en moto, y una vez vi a un tipo pasar a mi lado a 130 por hora cruzando dunas. ¿Quién es ese?, pensé. Y era Steve. Salí disparado tras él y lo alcancé. De hecho, tenía un terraplén de arena, formado naturalmente por el movimiento del desierto, que tenía las mismas dimensiones que el salto que hizo en la película La gran evasión”.

 

En 1994 The Animals entró en el Salón de la Fama del Rock & Roll, pero Burdon, resentido, no apareció. En 2013 (tras superar problemas físicos) volvió a girar por EEUU y volvió a grabar, todo con notable éxito. Y es que: “Todavía puedo salirme con la mía, pero eso es lo que te permite el rock and roll, que puedes decir lo que quieras siempre que tenga tres acordes y un ritmo”.

 

En mayo cumplió 85, y aun conserva voz y actitud… ¡Qué Animal!

 

CARLOS DEL RIEGO

miércoles, 10 de junio de 2026

250 AÑOS DE LA FUNDACIÓN DE EEUU, BASADA EN EL EXTERMINIO SISTEMÁTICO DE LOS NATIVOS

 


Al terminar la masacre de Wounded Knee.

El 4 de julio del presente 2026 se cumplen 250 años de la fundación de EEUU. Pero ya antes, justo desde el primer momento en que los colonos ingleses arriban a América del Norte (1620), el exterminio de los indígenas se convirtió en la principal herramienta del asentamiento y la ocupación del territorio. Este modo de pensar ya lo dejó escrito el predicador esclavista Cotton Mather (1663-1728), quien dejó claro que los blancos, anglosajones y protestantes están por encima de todo y de todos. Esa idea se basaba en la superioridad moral sobre los indígenas y, en realidad, sobre todo el que no fuera como ellos

 

Ese convencimiento de estar por encima de quien no fuera blanco (ni negros ni indios ni asiáticos…), sajón (ni mediterráneos ni mulatos…) y protestante (ni católicos ni ortodoxos…) los legitimaba para ejercer de esclavistas y defensores del exterminio de los indios, así como para arrebatar territorios a su vecino del sur cuando quisieran. Y esta idea la ejercieron tanto los pioneros como los fundadores (empezando por George Washington), que coincidían en la idea de Mather, el cual dejó por escrito: “No sabemos cuándo ni cómo estos indios empezaron a poblar el gran continente, pero podemos conjeturar que probablemente el Demonio atrajo aquí a estos miserables salvajes con la esperanza de que el Evangelio de Nuestro Señor no vendría nunca a destruir o perturbar su imperio”. Esta percepción (absolutamente falsa, pues el mensaje del Evangelio subrayó aquello de “ya no hay esclavo ni señor, judío ni griego…, todos son iguales”) es la base de la fundación de EE UU y la que llevó al exterminio sistemático y subvencionado de la población nativa de América del Norte, la cual representa hoy menos de 1% de la población total del país.

 

Al poco de llegar al nuevo territorio, los colonos establecieron en su asamblea un premio de “40 libras por cada cuero cabelludo de piel roja”; en 1720 la recompensa subió a las 100 libras; en 1744 se diversificaron las primas, y se especificó que la de 100 libras sería por toda cabellera de indio mayor de 12 años, de 105 si se capturaba al indio para esclavo, de 55 libras para capturas de niños menores de 12 años y mujeres para esclavitud, quedándose sólo en 50 libras si lo que se presentaba a las autoridades eran cabelleras de niños o mujeres (es decir, pruebas de que habían sido muertos).

 

Dicha ideología se mantuvo también desde el nacimiento de los Estados Unidos de América tras el III Congreso de Filadelfia, el 4 de julio de 1776. Así, el primer presidente, George Washington (1732-1799), calificó a los indígenas como “bestias salvajes del bosque”, un pensamiento que choca frontalmente con la Constitución aprobada en esa fecha, la cual especifica como “una verdad evidente” que “todos los hombres son creados iguales y dotados por el Creador de ciertos derechos inalienables, entre los que están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Al parecer del primer presidente de EEUU, así como de los redactores de la Constitución (y de todo estadounidense de entonces y gran parte de los de ahora), los nativos no merecían ser considerados hombres y, por tanto, no podían acceder a esos derechos otorgados por el Creador. De igual modo, el tercer presidente, Thomas Jefferson (1743-1826) proclamó “debemos perseguirlos y exterminarlos, o desplazarlos hasta que estén fuera de nuestro alcance”.

 

Desde entonces, con cada presidente (fuera demócrata o republicano) la presión contra la población indígena no sólo no cesó sino que fue en aumento, buscando siempre el mismo objetivo: su exterminio; para ello utilizaron todo tipo de recursos, desde el desplazamiento forzoso a territorios baldíos e inhóspitos (las ‘reservas’) hasta la extinción del bisonte, base de su economía, pasando por la distribución masiva de alcohol o las denominadas ‘guerras indias’, que no fueron más que masacres indiscriminadas. Entre los muchísimos episodios sangrientos perpetrados por los ejércitos y colonos estadounidenses se puede recordar el de ‘Bad Axe’ (1832, en el que tomó parte un joven Abraham Lincoln), donde fueron brutalmente asesinados y descuartizados cientos de mujeres, niños y ancianos (no combatientes); la matanza de ‘Bear River’ (1863), en la que el ejército se ensañó con otros tantos indios (casi todos, nuevamente, mujeres, ancianos y niños); la de ‘Sand Creek’ (1864), la de ‘’Woonded Knee’ (1890) y tantísimas otras…; en todas ellas los soldados y oficiales de EEUU se divirtieron mutilando, acuchillando y decapitando a población no combatiente… Y nunca ningún oficial, integrante del ejército o colono fue acusado, juzgado ni mucho menos condenado por ello. Entre las escasas victorias de los indios hay que mencionar la de de ‘Little Bighorn’ (en 1876, justo hace 150 años), en la que el contingente del general Custer fue derrotado a causa, sobre todo, de su vanidad, soberbia y egolatría, pues buscaba que nadie le arrebatara la gloria de la victoria y, persiguiendo ese objetivo, cometió gravísimos y fatales errores militares. 

 

Este modo de actuar ha sido una constante desde que los puritanos ingleses arribaron a la costa este de América del Norte, continuó cuando hace 250 años  se fundó EEUU (en 1776) y así ha seguido hasta prácticamente la actualidad, pues no hay que olvidar que los indios de Norteamérica no fueron reconocidos ciudadanos (eso sí, de segunda clase) hasta 1924, no tuvieron derecho al voto hasta 1948 y no accedieron a la libertad de culto hasta fecha tan reciente como 1993. Igualmente hay que destacar el hecho de que desde la llegada de los primeros colonos hasta bien entrado el siglo XX, jamás se promulgaron leyes que otorgaran derechos o protegieran a los indios. Muy al contrario.

 

Es curioso comprobar cómo la viga en el ojo propio no impide ver la paja en el ojo ajeno.        

 

CARLOS DEL RIEGO