Al terminar la masacre de Wounded Knee.
El 4 de julio del presente 2026 se
cumplen 250 años de la fundación de EEUU. Pero ya antes, justo desde el primer
momento en que los colonos ingleses arriban a América del Norte (1620), el
exterminio de los indígenas se convirtió en la principal herramienta del
asentamiento y la ocupación del territorio. Este modo de pensar ya lo dejó
escrito el predicador esclavista Cotton Mather (1663-1728), quien dejó claro
que los blancos, anglosajones y protestantes están por encima de todo y de
todos. Esa idea se basaba en la superioridad moral sobre los indígenas y, en
realidad, sobre todo el que no fuera como ellos
Ese convencimiento de estar por encima
de quien no fuera blanco (ni negros ni indios ni asiáticos…), sajón (ni
mediterráneos ni mulatos…) y protestante (ni católicos ni ortodoxos…) los
legitimaba para ejercer de esclavistas y defensores del exterminio de los
indios, así como para arrebatar territorios a su vecino del sur cuando
quisieran. Y esta idea la ejercieron tanto los pioneros como los fundadores
(empezando por George Washington), que coincidían en la idea de Mather, el cual
dejó por escrito: “No sabemos cuándo ni cómo estos indios empezaron a poblar el
gran continente, pero podemos conjeturar que probablemente el Demonio atrajo
aquí a estos miserables salvajes con la esperanza de que el Evangelio de
Nuestro Señor no vendría nunca a destruir o perturbar su imperio”. Esta percepción
(absolutamente falsa, pues el mensaje del Evangelio subrayó aquello de “ya no
hay esclavo ni señor, judío ni griego…, todos son iguales”) es la base de la
fundación de EE UU y la que llevó al exterminio sistemático y subvencionado de
la población nativa de América del Norte, la cual representa hoy menos de 1% de
la población total del país.
Al poco de llegar al nuevo territorio,
los colonos establecieron en su asamblea un premio de “40 libras por cada cuero
cabelludo de piel roja”; en 1720 la recompensa subió a las 100 libras; en 1744
se diversificaron las primas, y se especificó que la de 100 libras sería por
toda cabellera de indio mayor de 12 años, de 105 si se capturaba al indio para
esclavo, de 55 libras para capturas de niños menores de 12 años y mujeres para
esclavitud, quedándose sólo en 50 libras si lo que se presentaba a las
autoridades eran cabelleras de niños o mujeres (es decir, pruebas de que habían
sido muertos).
Dicha ideología se mantuvo también desde
el nacimiento de los Estados Unidos de América tras el III Congreso de Filadelfia,
el 4 de julio de 1776. Así, el primer presidente, George Washington
(1732-1799), calificó a los indígenas como “bestias salvajes del bosque”, un
pensamiento que choca frontalmente con la Constitución aprobada en esa fecha,
la cual especifica como “una verdad evidente” que “todos los hombres son
creados iguales y dotados por el Creador de ciertos derechos inalienables, entre
los que están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Al parecer
del primer presidente de EEUU, así como de los redactores de la Constitución (y
de todo estadounidense de entonces y gran parte de los de ahora), los nativos
no merecían ser considerados hombres y, por tanto, no podían acceder a esos
derechos otorgados por el Creador. De igual modo, el tercer presidente, Thomas
Jefferson (1743-1826) proclamó “debemos perseguirlos y exterminarlos, o
desplazarlos hasta que estén fuera de nuestro alcance”.
Desde entonces, con cada presidente
(fuera demócrata o republicano) la presión contra la población indígena no sólo
no cesó sino que fue en aumento, buscando siempre el mismo objetivo: su
exterminio; para ello utilizaron todo tipo de recursos, desde el desplazamiento
forzoso a territorios baldíos e inhóspitos (las ‘reservas’) hasta la extinción
del bisonte, base de su economía, pasando por la distribución masiva de alcohol
o las denominadas ‘guerras indias’, que no fueron más que masacres
indiscriminadas. Entre los muchísimos episodios sangrientos perpetrados por los
ejércitos y colonos estadounidenses se puede recordar el de ‘Bad Axe’ (1832, en
el que tomó parte un joven Abraham Lincoln), donde fueron brutalmente
asesinados y descuartizados cientos de mujeres, niños y ancianos (no
combatientes); la matanza de ‘Bear River’ (1863), en la que el ejército se
ensañó con otros tantos indios (casi todos, nuevamente, mujeres, ancianos y
niños); la de ‘Sand Creek’ (1864), la de ‘’Woonded Knee’ (1890) y tantísimas
otras…; en todas ellas los soldados y oficiales de EEUU se divirtieron
mutilando, acuchillando y decapitando a población no combatiente… Y nunca
ningún oficial, integrante del ejército o colono fue acusado, juzgado ni mucho
menos condenado por ello. Entre las escasas victorias de los indios hay que
mencionar la de de ‘Little Bighorn’ (en 1876, justo hace 150 años), en la que el
contingente del general Custer fue derrotado a causa, sobre todo, de su
vanidad, soberbia y egolatría, pues buscaba que nadie le arrebatara la gloria
de la victoria y, persiguiendo ese objetivo, cometió gravísimos y fatales
errores militares.
Este modo de actuar ha sido una
constante desde que los puritanos ingleses arribaron a la costa este de América
del Norte, continuó cuando hace 250 años
se fundó EEUU (en 1776) y así ha seguido hasta prácticamente la actualidad,
pues no hay que olvidar que los indios de Norteamérica no fueron reconocidos
ciudadanos (eso sí, de segunda clase) hasta 1924, no tuvieron derecho al voto hasta
1948 y no accedieron a la libertad de culto hasta fecha tan reciente como 1993.
Igualmente hay que destacar el hecho de que desde la llegada de los primeros
colonos hasta bien entrado el siglo XX, jamás se promulgaron leyes que
otorgaran derechos o protegieran a los indios. Muy al contrario.
Es curioso comprobar cómo la viga en
el ojo propio no impide ver la paja en el ojo ajeno.
CARLOS DEL RIEGO

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