sábado, 1 de septiembre de 2012

EL ASESINO DE JHON LENNON SIGUE EN LA CÁRCEL 32 AÑOS DESPUÉS A diferencia de lo que ocurre en otros países, en Estados Unidos el asesino sí que paga con abundantes años de cárcel los años de vida robados a otras personas, puesto que allí no se trivializa el asesinato

Afortunadamente el asesino de John Lennon, el tal Chapman, seguirá en la cárcel,
donde lleva más de 30 años.

El estúpido que responde al nombre de Chapman (hay quien sostiene que antes que delincuente se es un imbécil, y luego cada uno se especializa en una modalidad distinta de imbecilidad) acaba de ver cómo la Justicia de Estados Unidos le deniega la condicional después de que haya pasado los últimos 32 años entre rejas. Los razonamientos del tribunal para apoyar tal decisión son de una lógica aplastante, de un peso moral insuperable, y debieran regir en todo el mundo: “… su liberación ahora socavaría el respeto por la ley y trivializaría la trágica pérdida de vidas que causó con un crimen atroz, sin provocación, violento, frío y calculado”.

En países como España los legisladores y el engranaje legal trivializan a diario la trágica pérdida de vidas humanas, puesto que día sí día no excarcelan a criminales abyectos en base a una pretendida “causa humanitaria”; es decir, el hecho de que el asesino esté enfermo (ojo, ha de ser asesino múltiple, terrorista con muchas muertes a sus espaldas o descerebrado fanático que se cree que su ideología le permite matar), aunque sea una enfermedad provocada por él mismo, es razón mucho más valiosa, mucho más a tener en cuenta que el propio asesinato: la enfermedad del matón es más importante que la vida que segó; así piensan aquí quienes escriben y quienes administran leyes.

Tal cosa se demuestra prácticamente con una indeseable frecuencia, como evidencian los casos de los abyectos Bolinaga o de Juana, por citar a imbéciles muy conocidos; pero desgraciadamente no son los únicos en los que queda patente la preferencia que sobre la víctima tiene el asesino en la mentalidad de legisladores y jueces, que moralmente muchas veces podrían ser considerados colaboradores necesarios. Unos se disculpan diciendo que condenan según la ley, pero lo cierto es que siempre tratan de imponer la pena y las condiciones más favorables para el que mata; por su parte, los que escriben las leyes (que a veces dicen que no se puede legislar en caliente, pero cuando la cosa se enfría tampoco modifican la ley) parecen creerse mejores personas si alivian de años la condena a los ladrones de vidas, olvidándose de que los perjudicados directos no son ellos, los legisladores, sino los familiares de la víctima, convertidos también en víctimas y en cuya piel jamás se meten por mucha palabrería de político que suelten.

Contra la irritación, rabia e indignación que hay que pasar cuando merluzos y heliogábalos se conjuran para ahorrar años de prisión a quien arrebató vidas enteras, es un alivio encontrar noticias de que hay lugares donde el Charles Manson-Bolinaga o el Chapman-de Juana de turno seguirán tras los barrotes aunque tengan catarro o se sientan deprimidos. Proporciona cierta tranquilidad saber que Manson (que mató de modo salvaje y sangriento, entre otros, a una mujer embarazada de ocho meses y su hijo) lleva más de 40 años en la cárcel gracias a que allí (a diferencia de aquí) no se trivializa el asesinato.

Pero peor aun es comprobar cómo hay muchas personas que están siempre a favor de toda medida de gracia para con el asesino, sobre todo si éste dice tener la misma ideología que ellos; esas personas jamás pierden un segundo en pensar en el sacrificado y su familia, a quienes muchas veces incluso desprecian e insultan por pedir que el matón siga en prisión. Y es que, asombrosamente, gran parte de la población está imposibilitada para sentir empatía por la víctima mientras mira con incomprensible compasión al asesino. Es algo así como una especie de síndrome de Estocolmo colectivo.

CARLOS DEL RIEGO