domingo, 16 de septiembre de 2012

EL CAMBIO DE CONDUCTA DE ARANTXA SÁNCHEZ VICARIO Durante años parecían la familia ideal, pero desde hace meses, la ex tenista acusa, denuncia, reprocha y culpa públicamente a sus padres de su situación

La extenista acusó a sus padres de dejarla en la ruina durante la presentación de su libro, aunque parece que la verdad está en otra parte

Durante su admirable trayectoria deportiva, Arantxa Sánchez Vicario representó el espíritu de lucha en la pista; no era tan alta como sus grandes rivales ni su juego era el más perfecto, pero supo aprovechar sus virtudes y potenciarlas con su combatividad y su indomable competitividad. Y presenciando sus triunfos, en la grada, sufriendo y animando, sus padres, sobre todo su madre, de modo que cuando ganaba el último punto del torneo, la tenista saludaba al rival y al árbitro y luego corría a abrazarse con Marisa.

Pasaron los años, se retiró del deporte profesional y, tras un primer y efímero matrimonio, se casó en 2008 con José Santacana. Y cuatro años más tarde publica un libro en el que lanza duras acusaciones hacia sus padres, a los que señala como auténticos estafadores que se aprovecharon de que ella estaba centrada en el tenis para quedarse con la mayoría de sus bienes.

Como siempre, en este tipo de disputas familiares la verdad tiene muchas caras, pero hay varias cosas en las acusaciones de Arantxa que, analizándolas objetivamente, son tan sospechosas como las palabras de un político. En primer lugar, la ex jugadora siempre demostró, por encima de todo, una poderosa personalidad, tanto dentro como, sobre todo, fuera de la pista; y por ello, podría llegar a sospecharse de los padres cuando ella tenía veintitantos, pero resulta difícil de creer que llegando a la treintena no exigiera el control de sus cuentas. Por otro lado, se retiró en 2002, con 31 años, pero la denuncia contra sus padres no llega hasta diez años más tarde. ¿Tardó toda una década en darse cuenta de que Emilio y Marisa la habían estafado? Siendo ella tan fuerte de carácter choca que dejara pasar todo ese tiempo antes de abrir la boca.
La cosa parece (sólo parece) que va por otro lado. Tras fijar su residencia fiscal en Andorra (y siendo mal informada y peor aconsejada), la Hacienda Española la denunció por impago de impuestos, teniendo que hacer frente a fuertes multas que casi la llevan a la ruina; esto sucedió en 2011. Y al año siguiente vierte en el libro ‘Arantxa ¡Vamos!’ duras acusaciones contra sus padres, culpándolos directamente de ser los responsables de su desastre económico.

Puede que las cosas no sean así, pero todo parece indicar que el tal Santacana se ha dedicado durante meses a sembrar cizaña, a convencer a la triple campeona de Roland Garros de que buscara culpables en su familia, a manipular con constancia, poco a poco, a convencer hablando un día y otro, mañana tarde y noche, preferentemente con tono pausado y monótono y cercano al oído, siempre sobre el mismo tema, siempre con los mismos buenos y los mismos malos…; tal vez un poco como sucede en la obra de Shakespeare ‘Otelo’, en la que Yago, su lugarteniente, lo manipula tergiversando la realidad, distorsionando las situaciones, aprovechando los equívocos para generar más y más celos hasta que, finalmente convencido por los ponzoñosos argumentos y discursos del demoníaco Yago, el moro de Venecia mata a su esposa, Desdémona. Afortunadamente la cosa no terminará de ese modo, pero la situación huele a ese tipo de maquinación, a esa forma de convencer a base de una insistente e incansable descripción retorcida de la realidad, con constancia, con método, aprovechando toda situación, toda insinuación, toda alusión, y eso todo el día y todos los días, sin descanso, monotemáticamente, tenazmente, agobiantemente, un verdadero acoso que desemboca en una percepción deformada de las circunstancias y de los hechos. La posición de los hermanos Sánchez Vicario, en fin, parece apoyar esa posibilidad que apunta a Santacana como responsable del cambio de pensamiento y conducta de la que fuera número uno del tenis mundial.

Aquella que parecía una familia feliz es vista ahora casi con compasión.  

CARLOS DEL RIEGO