miércoles, 19 de septiembre de 2012

CARRILLO, EJEMPLO DE CRIMINAL CON BUENA PRENSA Es asombroso, pero personajes que protagonizaron sanguinarios sucesos son contemplados con admiración por una parte de la población; eso sí, los mismos crímenes perpetrados por otros tienen distinta lectura para el mencionado sector

Carrillo en 1963 junto a otros gerifaltes comunistas,
como los 'angelitos Kruchev o Ceaucescu

El fallecimiento de Santiago Carrillo, como no podía ser de otro modo, ha provocado un aluvión de elogios y alabanzas que, analizando al personaje con un poco de perspectiva y objetividad, son de todo punto inmerecidos; con él se cumple una especie de refrán que en la película ‘Chinatown’ dice uno de los protagonistas: “Políticos y prostitutas se vuelven respetables si duran lo suficiente” (97 años cumplió el político asturiano). Sin embargo, el que fuera secretario general del PCE, al igual que otros tipos con las manos manchadas de sangre, goza de buena prensa, de un prestigio entre quienes se creen de izquierdas que pasa por encima de los hechos; de este modo, si alguno del bando opuesto hubiera perpetrado los crímenes de Carrillo o, por ejemplo, los del que se hace llamar Marcos Ana (que fusiló a más de uno), serían tratados como sin duda se merecen, pero al haberse convertido en emblemas de la izquierda, las barbaridades que cometieron parecen de menor entidad, llegándose incluso a culpar a los muertos o a comprender y justificar los fusilamientos.

Carrillo, que participó en la revolución de Asturias de 1934 (un levantamiento contra la República, pero como lo llevaron a cabo sectores de izquierdas, sigue siendo visto con simpatía), fue una de las máximas autoridades en el Madrid acosado por los nacionales desde julio del 36. Él fue Consejero de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid durante los primeros meses de la Guerra Civil, y como quiera que el gobierno había salido por pies hacia Valencia, Carrillo y otros comunistas, anarquistas y sindicalistas se hicieron con el control total de la ciudad, de modo que durante unos meses camparon a sus anchas, hicieron y deshicieron y decidieron sobre la vida de miles de personas. En tanto que alto cargo del Partido Comunista (ya había sido convenientemente adoctrinado en su viaje a Moscú), seguro que Carrillo sabía lo que pasaba en las checas (lugares donde se torturaba a los que se tenía como enemigos de la República) y seguro que no dejó de enterarse puntualmente del secuestro, tortura y asesinato de Andreu Nin; no hay que olvidar que los comunistas españoles estaban a las órdenes de los comisarios políticos soviéticos, y éstos no tenían el mínimo escrúpulo a la hora de usar la violencia.

Así, desde principios de noviembre y hasta primeros de diciembre de 1936, fueron sacados de las cárceles madrileñas entre 2000 y 2500 presos políticos que terminaron fusilados en Paracuellos del Jarama y otros pueblos de Madrid. Carrillo, en función de su cargo, tenía que estar enterado desde el primer momento, pero aunque no hubiera sido así, consta que varios diplomáticos extranjeros fueron a verlo para explicarle lo que estaba pasando, pero él hizo la vista gorda, miró a otro lado…, si no es que él mismo había ordenado o consentido las ejecuciones; por cierto, la mayoría de los presos que terminaron enterrados en Paracuellos eran civiles a los que ni se les había comunicado el motivo de su detención. Que Santiago Carrillo mantuviera durante toda su vida que él no supo nada de las masacres no resulta creíble por disparatado, además, el recurso al “yo no me enteré” es contradictorio con su personalidad calculadora y controladora.

Esta evidencia serviría para descalificar a cualquiera de por vida, sin embargo, este señor fue distinguido con la medalla al Mérito en el Trabajo a pesar de que no trabajó en su vida más allá de unos meses en un periódico cuando era adolescente, y Doctor Honoris Causa por la Autónoma de Madrid que, al actuar así, da mayor importancia a su aportación durante la Transición (para algunos sobrevalorada) que a las miles de personas muertas gracias a su necesaria colaboración. Un auténtico disparate.

CARLOS DEL RIEGO