viernes, 21 de septiembre de 2012

¿EL CAPITALISMO ES INTRÍNSICAMENTE MALO O LO HACEN MALO LAS PERSONAS? Uno de los demonios comunes a ideas e ideólogos de distinto signo es el capitalismo, que para muchos se ha convertido en el culpable último de los males de este mundo

El capitalismo se ha mostrado como el menos malo de los sistemas, sobre todo teniendo en cuenta las alternativas, y quien lo hace mejor o peor es el individuo

En época actual en la que los bienpensantes y muchos de los que se creen de izquierdas tienen difícil encontrar enemigos genéricos a los que combatir abiertamente, resulta casi obligado que vuelvan los ojos a ‘perversiones’ tan dañinas como el capitalismo; y es que ya no hay enemigos declarados, como un Franco o un Pinochet, y además, el malo que encarna todo lo peor del capitalismo, Estados Unidos, está ahora gobernado por un presidente negro (o de color, o afroamericano, o cualquier término que no ofenda a posesores de la absoluta verdad), con lo que la corrección política se impone, al menos en casos como éste, a la búsqueda de ese maléfico ser al que combatir. Y así, el capitalismo, ancestral perversión de todos los que apoyan ideas de izquierda, es la diana a donde apuntan los que creen militar en el socialismo o comunismo; así se demuestra en todo foro donde se introduzca el tema, en las pintadas de las calles, en las conversaciones de bar o de sobremesa, en los medios…, “el capitalismo es el gran Satán”; claro que eso es con palabrería y poco más, pues los que tal sostienen lo hacen teorizando desde entornos capitalistas, donde generalmente disfrutan de posición desahogada y sin intención de ir más allá de la retórica para demostrar su militancia (el problema mayor es que hay quien se traga y digiere esos postulados y se cree legitimado para obrar con violencia).

Pero el capitalismo, como método de economía, no es sinónimo de corrupción y villanía, sino que son algunas personas las que lo convierten en algo pernicioso para gran parte de la población. En realidad, este sistema se basa en el libre mercado, en la competencia, de modo que hay capitalismo en el tendero y el chapista, en la pescadería y en el zapatero rápido, y no sólo en las grandes corporaciones y multinacionales. Lo que envilece el sistema es el hecho de que los políticos no hacen su trabajo, no se encargan de legislar con justicia y de vigilar para que los que toman decisiones en esas grandes empresas lo hagan sin quebrantar la ley (sin entrar en la pura corrupción). Cuando un gran banco recurre al rescate y sus directivos se embolsan millones es fallo no del capitalismo como modelo económico, sino de los que tienen la obligación de escribir las leyes adecuadas y de hacerlas cumplir: los legisladores, los políticos. Cuando se despiden trabajadores a la vez que los integrantes del consejo de administración se suben el sueldo, cuando se arrebatan derechos sociales o se intimida al empleado, cuando se llevan a cabo prácticas mafiosas como hacen las grandes cafeteras (que se ponen de acuerdo para ofrecer precios ridículos a los agricultores, que han de aceptar o ‘comerse’ su café), cuando no se exige a los culpables de la quiebra fraudulenta que paguen con su patrimonio, cuando los grandes empresarios o financieros ganan millones con trucos legales, cuando se evaden impuestos gracias a embrollos empresariales, en fin, cuando los que están en lo alto de la pirámide financiera realizan mañas fuera de la ley, la culpa no es del sistema capitalista, sino de los infractores y, por encima de todo, de los de siempre, de los que no realizan la función para la que se les paga.

El capitalismo no persigue que haya ricos y pobres, no consiste en eso, sino en que quien más trabaje, quien sea más audaz e inteligente, quien más tiempo, esfuerzo y recursos dedique a su actividad, dentro de la ley, gane más que el que cumple su horario sin mayor compromiso, sin mayor preocupación. Por eso, vagos y mediocres proponen, exigen, igualar a éste con aquel.

El caso es que es en los países democráticos y capitalistas donde más cerca está el ciudadano de la justicia, a diferencia de países con modelos económicos comunistas, donde en la práctica no existe la libertad, ya que el comunismo (que siempre se ha impuesto por la fuerza) prohíbe derechos tan básicos como la iniciativa privada, el movimiento de las personas o la discrepancia ideológica.

Pero que el capitalismo sea el menos malo de los regímenes económicos no quiere decir que sea perfecto, sobre todo porque quien hace y deshace, quien obra correcta o incorrectamente es la persona, que es la que hace mejor o peor el sistema. Como analogía podría mencionarse la democracia, que sin ser perfecto (está lejos de la perfección, sobre todo en el lugar donde se ha instalado hoy), es el mejor y más justo modelo político, y sus muchos fallos no son culpa más que de las personas, no del propio sistema.

CARLOS DEL RIEGO