lunes, 10 de septiembre de 2012

UNA CIUDADANA LANZA UNA FIAMBRERA CONTRA ESPERANZA AGUIRRE, MAÑANA LA DESESPERACIÓN E IMPOTENCIA PUEDEN LANZAR ALGO PEOR Parece algo anecdótico, casi hilarante, pero que una madre esté dispuesta a enfrentarse al político tiene una enorme carga simbólica


AHORA SE LANZA UN RECIPIENTE DE PLÁSTICO AL POLÍTICO,
MAÑANA PUEDE SER ALGO PEOR
Una madre tremendamente afectada y casi con lágrimas en los ojos lanzó una fiambrera a Esperanza Aguirre a la salida de un colegio. Hace unos días alumnos y profesores reventaron la inauguración del curso universitario, el nazi que se cree de izquierdas Gordillo y su caterva van robando ‘simbólicamente’ por esos supermercados, los mineros dispuestos a todo, los funcionarios en la calle (con apoyo de los antidisturbios, que lejos de cargar se quitaron el caso y se unieron a la protesta), algaradas y quejas por todas partes y desde casi todos los sectores, amenaza de un final de año extremadamente conflictivo…, y eso sin contar los follones políticos que son cosa casi exclusiva de ellos, no del resto de la población, pero que distraen tiempo, esfuerzo y recursos.

Puede parecer increíble, pero los que tienen el poder no es que no se den cuenta de lo que pasa, sino que no quieren ver la realidad. No es ya que los radicales de turno aprovechen la ocasión para insultar, agredir o robar, sino que empiezan a ser los ciudadanos, los contribuyentes, los que están llegando a la conclusión de que la única manera de hacerles ver lo que pasa es el insulto personal, o sea, esperar al político de turno, acercarse lo más posible, decirle cuatro frescas y, en casos extremos, lanzarle una fiambrera (vacía, pues sería contradictorio que volara llena de jamón o croquetas).
Por si fuera poco, la Aguirre no tiene reparo en contratar a dedo profesores nativos de inglés, algunos sin la menor idea de español y sin la mínima preparación o experiencia, pasando de este modo por encima de los profesores españoles, algunos perfectamente capacitados y otros al menos tanto como los ingleses fichados de modo ‘digital’.
Claro que esto de asignar trabajos con el dedo índice es una endemia característica de España, aunque seguro que en otras partes cuecen las mismas habas. Lo lógico, lo justo, sería que cuando un puesto de trabajo corre a cargo de dinero público, los interesados pasen por una oposición, y esto ha de ser así sin excepción; por ejemplo, los profesores de inglés o los de los colegios concertados (centros indispensables, sí, pero cuyos profesores deberían ser escogidos entre los que han superado la correspondiente oposición, pues son pagados por el erario), los locutores y técnicos de emisoras de radio y televisión que cobran de los presupuestos generales, los directores, jefes, subjefes y demás cargos de libre asignación de entidades como Renfe, Feve o Paradores Nacionales…, y así podría continuarse.
En época de escasez es lógico eliminar gastos, pero parece más bien tonto pasarse, es decir, recortar violentamente de donde ya no se puede recortar, mientras se mantiene el gasto en instituciones y subvenciones tan costosas como injustas, tan inútiles como fáciles de evitar; sin olvidar que se sigue disponiendo de la administración como coto privado. Son gotas que van llenando un vaso a punto de rebosar.
Quienes viajan cómodamente sentados en el tren del privilegio siguen sin querer entender que el problema lo han creado ellos, o sea, el medio millón de políticos (con asesores, escoltas, gabinetes, secretarias, conductores…, y dietas, complementos y otros privilegios a cargo de los contribuyentes), y mientras no corrijan eso, a partir de ahora correrán riesgos nada más poner el pie en la calle. De momento ha sido una fiambrera, pero si siguen instalados en la prepotencia (la desesperante Esperanza pide sanción para los de la pancarta del ‘muérete’ pero ayer ella quería matar a los arquitectos, y anteayer llegaba con apreturas a final de mes), llegará el día que no puedan dejarse ver en público ni con escolta disuasoria, pues no será una madre armada con tartera de plástico, sino una legión de hartos y desesperados que ya no ven más camino que acercarse todo lo posible al político y cubrirle de los más sucios improperios, e incluso lanzarle proyectiles más contundentes que un ‘tupper’. Los motines que terminan con sangre suelen comenzar así, con un leve y casi anecdótico chispazo, como una mujer llorosa que increpa al poderoso. Nadie (mínimamente equilibrado) desea escenarios de violencia, pero para evitarlos, los que mandan deben aprender a ver el riesgo que corre la legalidad cuando los que la escriben se aprovechan de ella.   
CARLOS DEL RIEGO