martes, 30 de octubre de 2012

UN VASCO HUMILLA A INGLATERRA: LA GUERRA DE LA OREJA DE JENKIS Supuso una de las mayores derrotas de la Armada Inglesa en toda su historia: unos pocos cientos des españoles detuvieron a muchos miles de británicos en Cartagena de Indias. El manco, cojo y tuerto Blas de Lezo fue el triunfador. Todo comenzó cuando un capitán español cortó la oreja de un corsario inglés para que se la enseñara a su rey

El guipuzcoano Blas de Lezo infligió
 una de las  mayores derrotas a la armada
británica en toda su historia, pero

  en España es un perfecto desconocido

La larga, intensa y riquísima Historia de España está saturada de episodios de carácter bélico, algunos vergonzantes y otros verdaderamente gloriosos (eso sí, todo hay que verlo en su contexto y no valorar ni juzgar nada desde el actual punto de vista y usando mentalidad de hoy). Desgraciadamente, abunda ese espíritu hispano que se suele detener y rebozar en los fracasos propios, olvidando, menospreciando o desacreditando los éxitos que muchos españoles han protagonizado a lo largo de la historia; de hecho, acontecimientos mucho menos meritorios que los realizados por ibéricos son ensalzados en sus  países como logros prodigiosos. Por ejemplo, en España apenas se sabe de sucesos tan sabrosos como el conocido como La Guerra de la Oreja de Jenkins (o Guerra del Asiento), ni de las hazañas de verdaderos héroes, como el vencedor de dicha contienda, Blas de Lezo.

Tras la Guerra de Sucesión, España hubo de tragarse el sapo del Tratado de Utrech, que supuso, entre otras cosas, la pérdida de Menorca y Gibraltar a manos de Inglaterra, potencia que también logró el Asiento de Negros (algo así como el importador de esclavos para América) y el ‘navío de permiso’ (licencia para comerciar con la América Hispana pero sólo con un navío de 500 toneladas), entre otras concesiones. Sin embargo, los barcos ingleses se saltaban el tratado casi a diario, comerciando con América y ejerciendo la piratería sin retraerse lo más mínimo; en fin, que los encontronazos de todo tipo, principalmente por asuntos americanos, entre España e Inglaterra eran continuos. Así, en el año 1731 un contrabandista inglés llamado Robert Jenkins (seguro que también pirata o corsario) vio como un barco español al mando de José León Fandiño, apresaba su nave confiscándole la carga; pero no contento con ello, Fandiño le cortó una oreja a Jenkins y, entregándole el apéndice seccionado, le espetó desafiante: “Dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve”. La cosa, en principio, no pasó de ahí, apenas tuvo difusión y relevancia.

Pero España e Inglaterra continuaban su escalada de enfrentamientos (por motivos comerciales, económicos y de dominio en el nuevo continente), de forma que, en 1738, tanto los políticos como la opinión pública inglesa clamaban por declarar la guerra a España. Y para excitar sentimientos patrióticos y chauvinistas, los opositores al primer ministro (Walpole, que no quería guerra) llevaron a la Cámara de los Comunes al desorejado Robert Jenkins, que se presentó con su pabellón auditivo en un frasco y repitió la advertencia que, años atrás, le había hecho el capitán español. Lógicamente, el orgullo inglés no podía permitir tal insolencia, así que la guerra estaba servida.

 Seguros de su victoria, Inglaterra envió una enorme armada con 186 barcos y más de 25.000 hombres para someter a todas las plazas americanas que pudiera. Tras unos primeros éxitos (por cierto, el himno inglés, ‘God save the Queen’, se presentó en este contexto, en 1940, para celebrar aquellas pírricas victorias), el almirante Vernon intentó tomar la ciudad española más importante, Cartagena. Para ello bombardeó metódica y constantemente dicha plaza con sus barcos, pero los defensores, al mando de Blas de Lezo, resistían obstinadamente y causaban enormes bajas a los ingleses. Vernon lo intentó de todas las formas posibles y con todo lo que tenía, de frente y por detrás (atravesando la selva y perdiendo cientos de soldados a causa de enfermedades), asaltando las murallas, bloqueando la entrada…, una, otra y otra vez. Pero con menos de un millar de defensores (y la ayuda de las fiebres tropicales), Cartagena resistía gracias a la destreza y arrojo de Blas de Lezo Olabarrieta, un veterano curtido en mil batallas (había perdido una pierna por el impacto de una bala de cañón cuando tenía 17 años, un ojo dos años más tarde cuando una astilla le reventó el globo ocular, y un brazo cuando, con 26 años, recibió un tiro que le inutilizó un brazo), un militar de enorme talla que, en otro país, sería considerado héroe nacional y gozaría de la admiración general. En fin, Lezo Olabarrieta derrotó en toda regla a Vernon (por cierto, los espías españoles ayudaron lo suyo), sin embargo, como el inglés creía segura la victoria antes de tiempo, envió un mensaje a Inglaterra anunciándola, de forma que tras su fracaso, al regresar con su flota destrozada y muy menguada, tuvo que contar la verdad, pero el rey inglés prohibió que tal cosa se supiera, e incluso cuando murió, Vernon fue enterrado en el cementerio de los héroes. Puede decirse que la guerra quedó en tablas y dejó de combatirse en 1742, pero como inmediatamente se produjo otro conflicto armado en Europa, la Guerra de la Oreja de Jenkins no terminó oficialmente hasta 1748.

Aquella derrota del orgulloso almirante Edward Vernon a manos de un vasco manco, cojo y tuerto guipuzcoano está considerada como una de las mayores derrotas de la Armada Inglesa en toda su historia. Pero en España el episodio es, incomprensiblemente, desconocido, igual que Blas de Lezo, que carecía de brazo, pierna y ojo, pero tenía un par de narices y le sobraba templanza y presencia de ánimo, valentía y sabiduría, humor y arrogancia: “Para venir a Cartagena, el rey de Inglaterra tiene que construir otra escuadra mayor, porque esta queda sólo para llevar carbón”.
     
CARLOS DEL RIEGO