martes, 2 de octubre de 2012

LA CRECIENTE DEPENDENCIA DE LA PANTALLA DEL MÓVIL Olvidándose de que no son más que herramientas al servicio de la persona, muchos han convertido su ingenio electrónico en la clave de su vida

Niños y adolescentes se enganchan a la pantalla hasta convertirla
 en el centro de su vida

Un grupo de adolescentes en un parque, jóvenes a la puerta de un pub o discoteca, una pareja que come en el restaurante, unos amigos viendo por la tele el partido del siglo…, no charlan o bromean entre ellos, sino que cada uno está concentrado en su pantalla, aislado de los que están a su alrededor, con los que apenas cambia algún monosílabo o frase esquemática; sin embargo, sí que están comunicándose, pero con otros que no están a su lado, mientras miran obsesivamente a su utensilio electrónico y teclean a toda velocidad.
Es una muestra evidente de la dependencia que hacia los distintos tipos de aparatitos se está desarrollando en prácticamente todo el mundo, pero no la única, pues también está la inquietud que se llega a sentir cuando uno se da cuenta de que ha olvidado el teléfono en casa, en el trabajo, en el bar, y no puede ir a recogerlo inmediatamente; e igualmente es ya habitual llegar a casa e ir a toda prisa a ver si hay mensajes en el correo electrónico, o correr para conectarse a las redes sociales; asimismo se puede comprobar que hay mucha gente que no se separa del ordenador durante horas, pues no deja de enviar y recibir, subir fotos aquí y allí, reenviar o ‘retuitear’ (la incomprensible RAE ha admitido este barbarismo) continuamente, incansablemente, obsesivamente; y qué decir de la infelicidad que siente el adolescente cuando está sin móvil o la irritante frustración que provoca el ordenador que se ‘peta’.

En la película de animación ‘Wall-e’, los viajeros de la gigantesca nave espacial están todo el tiempo mirando exclusivamente a su pantalla, de la que jamás apartan la vista, de forma que incluso cuando hablan con quienes están al lado también lo hacen a través de esa especie de lámina de cristal que está a apenas unos centímetros de su cara; no sorprende que, cuando se produce un incidente que inutiliza la pantallas alguien diga, al lado de una enorme pileta, “¡anda, si tenemos piscina!”.

La situación parece disparatada, extrema, cómica, pero empieza a no resultar sorprendente ver un grupo de personas, de amigos, que ni se hablan ni se miran durante largos minutos, que parecen hipnotizados contemplando con devoción su dispositivo electrónico personal y deslizando los dedos por el teclado. En lugar de verse como herramientas al servicio de la persona, los aparatos están convirtiéndose en el centro de la vida de las personas; y por razones evidentes, con los más jóvenes en primera fila de la tendencia, puesto que la mayor parte del tiempo que no están en clase o durmiendo tienen encendido el teléfono o similar, incluso mientras comen, ven su serie de televisión, caminan por la acera, o en la cama mientras se despiden de sus seguidores y amigos virtuales. Y ello a pesar de que la mayor parte de las veces no tienen mucho que decirse, y por eso se ponen muy contentos cuando alguien hace el más insulso comentario, lo que sea, pues ya pueden contar que X dice esto y no aquello.

Todas estas máquinas resultan tremendamente útiles, provechosas, eficaces, pero no dejan de ser herramientas, por lo que no parece muy inteligente cederles tanto tiempo, tanta importancia. De todos modos, viendo lo vertiginoso que resulta el avance tecnológico, seguro que la actual fiebre pasará…, para ser suplida por otra con otros modos, con otros artefactos más potentes, más pequeños, más manejables…, hasta que un día no sean precisas las manos. Será otro comienzo.

“El día que la tecnología sobrepase nuestra humanidad, el mundo sólo tendrá una generación de idiotas”, dijo el siempre clarividente Albert Einstein.  

CARLOS DEL RIEGO