jueves, 11 de octubre de 2012

ARMSTRONG COMO COLÓN, KENNEDY COMO ISABEL DE CASTILLA Hace hoy 520 años que el navegante patrocinado por la reina alcanzó lo desconocido, igual que el astronauta, mucho más recientemente, llegó a donde nadie había llegado gracias a la voluntad del presidente de EE.UU.


Armstrong y Colón pusieron
 el coraje
 y la maestría

Cuando se llevan a cabo gestas como las que culminaron Cristóbal Colón y Neil Armstrong, siempre ha de haber detrás alguien que, con medios y poder suficientes, ponga la voluntad y la fe necesarias para realizar lo que se tiene por imposible.

Colón en pintura de Ghirlandaio
 fechada en 1520


Hace 520 años las tres frágiles embarcaciones comandadas por el Almirante de la Mar Océana (título que luego recibió) llegaron a donde nadie había llegado; cierto que hay indicios de que los viquingos pudieron arribar a las costas de Terranova siglos antes, pero si así fue, no dieron importancia al hecho, no lo difundieron, lo mantuvieron silenciado por no merecerles mayor atención…, no socializaron la noticia, con lo que pasó desapercibida y, por tanto, su viaje puede considerarse inútil.

Para emprender tan arriesgado viaje, pues no se tenía noticia de que alguien hubiera hecho algo parecido, se necesitaban muchos apoyos. Probó Colón suerte ante varios comités de expertos, que indefectiblemente calificaban el proyecto como una memez.

Kennedy e Isabel pusieron la voluntad de
 desafíar a lo imposible.
 Hasta que se lo propuso a Isabel del Castilla, cuyos peritos en la materia calificaron igualmente el asunto como descabellado. Sin embargo, la reina abulense vio algo en aquel tipo tan decidido y en su aparentemente absurda idea, así que le dijo que, una vez conquistada Granada, volviera para tratar nuevamente el asunto. Cumplido el requisito bélico, se presentó el navegante ante la reina, y ésta, a disgusto de muchos de los que la rodeaban, empezó a trabajar para buscar financiación para el viaje y a los acompañantes ideales para Colón.
Isabel de Castilla.

John Kennedy dijo a principios de los sesenta que tenía intención de llevar un hombre a la luna y volver a traerlo a casa sano y salvo antes del final de los años sesenta, “y vamos a hacerlo no porque sea fácil, sino porque es difícil”. Desgraciadamente, él no pudo verlo, ni siquiera el desarrollo del proyecto, pero su voluntad puso a muchos en marcha y consiguió ilusionar a la población, con lo que logró hacer cierto el sueño.

Isabel de Castilla y John Kennedy fueron imprescindibles para que las dos gestas lograran sus objetivos, y ambos representan la figura de quien pone los medios y, sobre todo, la voluntad para que algo cercano a lo imposible se convierta en realidad, ya que sin ese empeño, sin ese anhelo y esas ganas de atentar contra lo inalcanzable, probablemente seguiríamos en el Paleolítico.

Pero luego hay que tener al hombre indicado para subir a la nave y sortear los infinitos problemas que surgirán, a la persona que no se arredre ante las dificultades pero que sepa poner prudencia a cada situación, a ese que posee arrojo y valentía, capacidad de liderazgo, recursos ante cualquier situación y conocimientos suficientes para saber qué hacer en cada momento.

Como es sabido, Colón era un muy experto navegante y, con seguridad, estaba convencido de que la Tierra era redonda (ya los sabios griegos lo afirmaron y probaron sobre el papel), pero no tenía idea ni aproximada de las distancias. Por eso las cosas se complicaron en los últimos días de travesía, con el descontento entre las tripulaciones de los tres barcos y con amenaza de motín. En ese momento culminante, mostrando convicción y temple, Colón propuso navegar tres días más y, si no se veía tierra, volverse a España. Gracias a ello, hoy hace 520 años se escuchó el castellano por primera vez en América.

Armstrong era un tipo frío con miles de horas de vuelo en aviones caza. Cuando le hablaron de viajar a la luna no lo dudó un instante, no porque fuera un loco temerario, sino porque vio ante sí un reto cercano a la ficción, pero posible. Al igual que Colón, al final de la ida se vio ante graves imprevistos. El módulo lunar, debido a un error del ordenador, se pasó del lugar indicado para alunizar, por lo que desde la Tierra le dijeron que le quedaba combustible para unos segundos y que suspendiera la misión para iniciara el regreso a la nave en la que esperaba Collins; sin embargo, Armstrong propuso intentarlo manualmente. En aquel momento todos tenían el corazón en la garganta y bombeando frenéticamente, pero alguien seguía realizando su trabajo sin que sus pulsaciones apenas subieran; con gran destreza y una serenidad incomprensible (sitúese uno en aquel momento) Neil Armstrong posó suavemente su bote de desembarco sobre la luna sólo unos segundos antes de la catástrofe. Y lo hizo a mano.  

Armstrong y Colón personifican la valentía, la determinación y la maestría que exigen las gestas de un tamaño tal, que modifican el rumbo de la Humanidad. 

La principal diferencia conceptual entre el tándem Isabel-Colón y Kennedy-Armstrong reside en que éstos sí sabían dónde iban y qué podían esperar encontrar, mientras que aquellos emprendieron un viaje a lo desconocido, sin contacto ni ayuda de nadie, sin saber cuándo y con qué se iban a topar. Afortunadamente, en ambos casos se unieron la voluntad de desafiar a la utopía con la tenacidad y entereza precisas para romper ese imposible.
 
CARLOS DEL RIEGO