domingo, 7 de octubre de 2012

SIMÓN BOLÍVAR, EL PODER DICTATORIAL COMO FIN PRINCIPAL Es uno de grandes personajes de la Historia de América y uno de los máximos referentes de los líderes populistas sudamericanos, que necesitan enemigos para esconder su ineficacia y su autoritarismo; y qué mejores enemigos que los que ya tenía Bolívar, los españoles. Pero el abanderado de la emancipación tenía cara y cruz

La boda de Simón Bolívar (en Madrid, 1802), óleo de Tito Salas.



La revolución bolivariana, el espíritu bolivariano, las ideas del Libertador…, son expresiones que siempre tienen en la boca líderes como el venezolano Hugo Chávez, aunque son muchos los que recurren a Simón Bolívar como inspirador. No hay que olvidar que la figura del Libertador se tiene en un altar en muchos lugares de Sudamérica. Pero si se examina seriamente al idealizado personaje, se verá que sus no pocas virtudes tienen su contrapeso, y éste está precisamente en sus ideas, en su verdadero sentir respecto a la independencia. ¿Cómo era él en realidad y cómo el proceder de Bolívar?

Simón Bolívar (1783-1830) era un criollo rico, heredero de amplias haciendas con muchos sirvientes. Su padre (como el bíblico rey David) encargaba trabajitos en lugares lejanos a los maridos o padres de las mujeres que le interesaban para tener vía libre; como la práctica no hacía gracia a los lugareños, denunciaron el hecho, pero no a las autoridades locales, sino a las españolas, pues aquellas estaban en manos de los ricos aristócratas criollos y el pueblo no se fiaba de ellos. Es decir, las clases pobres (indígenas) no confiaban en sus señores, que son los que exigían la independencia a España; es más, los indios veían dicha exigencia como algo ajeno, como algo entre los ricos de aquí y los ricos de allí, y mucho tiempo y esfuerzo costó atraer a las clases populares a la revolución. No hay que olvidar que lo que España tenía en América no eran colonias, sino reinos (al menos tal era su consideración sobre el papel), de modo que el reino de Nueva Granada era equivalente al reino de Aragón, y ambos era reinos españoles.

El germen intelectual de las ideas revolucionarias surge en las universidades (fundadas por España), y quienes las impulsaron no pretendían hacer realidad conceptos como igualdad o reformas económicas o sociales, sino que lo que pretendían era el poder, todo el poder en manos de las poderosas aristocracias locales, poseedoras de tierras y ganado, minas, indios, negros… Y fue precisamente esa desmedida ambición de poder la que movió los engranajes de la revolución; es decir, los ideólogos de la independencia lo que en realidad querían era hacer y deshacer a su antojo, sin tener que depender o dar cuentas a la lejana Madrid… En fin, que la emancipación no tenía nada que ver con los indígenas o los pobres, los negros o los mulatos, que no entraban en absoluto en los planes de Bolívar, y sí con los blancos ricos. Uno de sus compañeros más leales y gran protagonista de la emancipación, el mariscal Antonio José de Sucre, le insistía que tanto los indios como los negros, pardos y mulatos preferían el impuesto español que la pesada fiscalidad de los patriotas americanos.

Retrato de Bolívar, por Juan Lovera
Bolívar estaba en el centro de todas las tramas. Y así, cuando él y el resto de teóricos de la independencia comienzan a hablar de conspiración, él pregunta qué régimen se adoptará, le responden que democrático, pero Bolívar contesta que él sólo tomará parte si se impone un gobierno aristocrático; sin embargo, propone que, cuando vaya a tener lugar la reunión y votación de los conspiradores, él se irá de viaje para no entorpecer. Esto demuestra dos cosas, la primera es su concepto del poder, cercano al absolutismo, y la segunda su flexibilidad moral, pues está en contra de lo que van a hacer sus compañeros de conspiración, pero para no tener que expresar sus opiniones simplemente desaparece, escurre el bulto, mira hacia otro lado.

Como sostiene el político, escritor e historiador Salvador de Madariaga, Bolívar quería ser una mezcla de Napoleón y Hernán Cortés. Como el francés, quiso ser emperador, pero siempre lo disimuló…, incluso ante él mismo; aspiró a ser el único que detentara el poder, a ser el mando único, a ser un “monócrata” (término acuñado por él mismo); en pocas palabras, Bolívar quería volver a la Hispanoamérica española, pero bajo su mando exclusivo. Y del mismo modo que Cortés trató de teñir de legalidad sus actos y se inventó un pueblo para que lo votara y así ser la única autoridad, el caraqueño trató de lograr el mismo propósito buscando siempre apariencia legal; en Angostura, en Bogotá, en Lima…, con ostentosa grandeza, entrega al pueblo la espada de soldado y la vara de juez, esperando que el pueblo se las devuelva con júbilo y así logre lo que desea, el mando.

En el Congreso de Panamá (1826), Simón Bolívar quiso dejar fuera a Estados Unidos y Haití por ser extranjeros, pero quienes conocían sus propósitos, como el general Santander, exigieron que esos dos países fueran incluidos, precisamente por la misma razón, por ser extranjeros; y es que el Libertador quería ser el “monócrata” de Hispanoamérica, y Estados Unidos le estorbaba. Y en ese sentido, declaro que “sin monarquía o ‘monocracia’ no se puede gobernar América”.

Otro detalle que ilustra la contradicción bolivariana (deseo de poder pero sin que lo note nadie, ni él mismo) se produce cuando proclama no tener fuerza moral para aceptar una corona que sus partidarios le ofrecían…, tras haber sido inducidos a ofrecérsela por el propio Bolívar; así, esos amigos (como el ministro Restrepo) expresan su perplejidad e incluso su indignación ante tan confusas maniobras de Bolívar. Sea como sea, no le importaba tanto la emancipación de Sudamérica (lo secundario) como que él se convirtiera en dictador (lo principal), pues insistía en que sólo un gobierno dictatorial con él al frente garantizaría el éxito (ejemplo que han seguido muchos militares sudamericanos en los últimos siglos); es más, el proyecto político que ideó estaba diseñado para cumplir los deseos de las élites criollas, que eran las que nutrían los ejércitos libertadores, de modo que gozarían de generosos privilegios.      

Simón Bolívar, como todos los protagonistas de la Historia que han sido idealizados y subidos a los altares, pierden su imagen cuando uno se asoma a la realidad histórica de la persona. Sus correrías de niño rico por Madrid (donde se casó por primera vez y se corrió sonadas juergas), París (donde llegó a enfrentarse en duelo por una mujer…, para luego de conquistarla desaparecer), Londres (donde una mujer lo toma por homosexual y él, que no entiende inglés, le ofrece dinero, ella grita, él sale corriendo…) o Roma (donde le sobreviene el odio a España) son ilustradas por las palabras de su maestro Simón Rodríguez, que dice que estuvo “despilfarrando su futuro en frívolas necedades”. Tampoco es muy ejemplarizante el modo en que traicionó al general Francisco de Miranda, al que entregó a los españoles entrando en su habitación mientras dormía (muy al estilo Viriato); le acusaba de haber entregado una plaza al enemigo, sin tener en cuenta que el propio parlamento así se lo había ordenado…, y sin acordarse de que él mismo había entregado otra, Puerto Cabello.

Al final, perseguido y desterrado, se refugia y muere en casa de uno de los pocos españoles que habían escapado a la persecución impulsada por el Libertador. Sea como sea, Simón Bolívar (determinación, valentía, decisión, convicción, capacidad de trabajo, idealismo…, son algunas de sus virtudes) es la figura más importante y de mayor trascendencia que ha dado la América Hispana.

CARLOS DEL RIEGO