martes, 23 de octubre de 2012

LA LEY DEL EMBUDO DE LOS NOMBRES DE PUEBLOS Y CIUDADES Las comunidades que tienen la suerte de ser bilingües exigen a los que ‘sólo’ hablan castellano que cuando mencionen sus poblaciones lo hagan en el idioma correspondiente; pero ellos no pagan con la misma moneda

La presencia de varias lenguas ha de verse como una riqueza para España, no como elementos de confrontación

En la segunda mitad de los década de los ochenta del siglo pasado, cuatro jóvenes castellanoparlantes montaron en un viejo Ford Fiesta y pusieron rumbo a San Sebastián para ver al grupo británico The Cure, que tocaba en Anoeta. Llegados con muchas horas de antelación, y como quiera que el conductor tenía familiares en Fuenterrabía, donde había pasado muy buenos ratos años atrás, deciden hacer esos pocos kilómetros para visitar esta bonita población. Pero recorridos los aproximadamente 20 kilómetros que hay entre la capital y el pueblo, el conductor del coche se pasa y piensa que ha tenido que equivocarse, pues ya tenía que haber llegado; vuelve atrás cinco km. pero Fuenterrabía no aparece, así que nuevamente da la vuelta, de modo que, finalmente, a la tercera, reconoce edificios y calles y cae en la cuenta de que no se ha vuelto loco ni han cambiado el pueblo de sitio, sino que ya está en Fuenterrabía, solo que ahora se llama Hondarribia. Habían cambiado el nombre en todas las señales e indicativos, de modo que quien no viviera allí tenía muy fácil caer en el error.

Es un ejemplo de la estulticia de la que habitualmente hacen gala los políticos, pues son ellos quienes, al final, tienen el poder para cambiar los nombres de los pueblos y ciudades y obligar a todo el mundo a llamar a las cosas por el nombre que se les antoja (siempre buscando rédito político); la cosa parece una ligereza, una tontería sin más, sin embargo, indica a la perfección el modo de pensar de quienes tienen el bastón de mando. Es lógico que en catalán se diga Girona y en gallego Ourense, pero es un matiz absolutista pretender que el gaditano deje de hablar en su idioma materno cuando se refiere a poblaciones de comunidades que gozan de dos idiomas oficiales. E incluso resulta estúpido y contradictorio escuchar a los locutores de radio y televisión decir cosas como “En Girona actúa hoy una orquesta de Nueva York”…; si dice Girona ha de decir New York, München, Moscua…

Pero lo bueno es que medios gallegos, vascos y catalanes que se expresan en estos idiomas no se aplican el cuento a sí mismos. Así, hace unos cuantos años el equipo de baloncesto de León ganó al Barcelona en cancha azulgrana, de forma que al día siguiente los diarios en catalán escribieron algo así como “El LLeó va imposar el seu joc”; es decir, se refirió a León en catalán, cosa lógica al estar expresándose en esta lengua. La contradicción, la aplicación de la ley del embudo, está en el hecho de que ese mismo medio exige decir Lleida cuando se hable en castellano…  

Es una muestra más de ese espíritu adolescente que tiene el nacionalista combativo: exige a los demás lo que no se exige a sí mismo, pide cosas para él que no está dispuesto a conceder a sus vecinos. 

La intrusión de los poderosos en la vida de los ciudadanos, la irresistible tendencia que tienen los caudillos por controlar y dirigir a la gente de a pie, lleva a que desde los gobiernos se diga a la ciudadanía cómo tiene que referirse a Lérida, Alicante, La Coruña o Fuenterrabía, o sea, exige que el personal meta morcillas en otros idiomas al hablar.

Que nadie se asuste si, en otro momento de extrema altanería, soberbia y petulancia, empiecen a retirar palabras y giros porque son políticamente incorrectas, y así se desterrará “un hombre negro”, “un ciego” o “un enano”, y se prohibirá su uso bajo amenaza de multa. En fin, hay que asumir que, en el estado actual de las cosas, quien llega al poder siempre cae en la tentación de meterse en la vida del ciudadano.

CARLOS DEL RIEGO