lunes, 22 de octubre de 2012

DOS GITANOS PONEN EN FUGA A LOS TERRORISTAS ETARRAS Mostrando de qué pasta están hechos, los fanáticos vascos huyen ante los calés pidiendo protección a los funcionarios. Los valientes gudaris se atreven a matar al desarmado, pero se lo hacen patas abajo cuando no tienen pistolas ni la manada detrás

Los etarras son como las hienas, valientes en manada y
con ventaja, cobardes de uno en uno.

La cobardía del terrorista es paradigmática como demuestra un hecho que viene repitiéndose desde hace años: dos hermanos gitanos han situado a los etarras con los que coinciden en las cárceles en su punto de mira. Resulta que Luis y Juan Amador han residido en ‘trenas’ de toda España, compartiendo alojamiento con los numerosos terroristas de la banda mafiosa vasca que cumplen condena por esos penales. La cosa viene de largo, puesto que hay noticia de que Luis y Juan Amador ya pusieron en fuga a los valientes gudaris en el año 2003; y desde entonces, cada vez que comparten fonda gratuita, los vascos echan a correr con el rabo entre las piernas.

Al parecer, los dos hermanos les han hecho varios ojales en el cuerpo y, también al parecer, en más de una ocasión les han atizado a mano. Cuentan los calós que los terroristas son muy cobardes, que “son unos acojonaos, les das una galleta y echan a correr casi llorando”. Así es, ‘Los Amador’, como son conocidos los justicieros, tienen entre ceja y ceja a los asesinos y a los amigos de los asesinos, de forma que cada vez que tienen oportunidad dejan bien patente la bravura y presencia de ánimo de los de la jauría nazi vasca. Es lógico, ante todo hay que ser un cobarde redomado para acercarse a alguien indefenso y pegarle un tiro en la nuca, o tenerlo atado y con los ojos tapados y, valientemente, al modo nazi, ejecutarlo, o poner una bomba en un supermercado o en la casa-cuartel de la Guardia Civil (aquellas dos niñas gemelas de año y medio vilmente asesinadas…); por eso no debe sorprender que, de uno en uno y sin armas, se lo hagan patas abajo cada vez que alguien les levanta la voz. Esa es la esencia del etarra: echao palante cuando llega por la espalda y con todas las ventajas, pero aterrorizado cuando se le hace frente; y, al igual que las hienas, uno solo no tiene peligro, pero cuando la manada ataca en masa… Por eso, seguro que les han dicho a los gitanos agresores: “ya te pillaremos”, lo que viene a significar algo así como “ya te pillaremos cuando seamos catorce y tú uno, nosotros con pistolas y tú con tu navaja”.

Pero más asombroso aún es que los valerosos y aguerridos terroristas han ido llorando a los funcionarios pidiendo ayuda, exigiendo que se les proteja; y del mismo modo los diversos colectivos de apoyo. Hay que hacer un enorme esfuerzo para tratar de comprender cómo alguien que ha puesto una bomba, que tiene muchos muertos a sus espaldas, exige que se cumpla la ley, que se tengan en cuenta sus derechos humanos. ¿Cómo funcionará el deteriorado cerebro de uno de estos imbéciles que reivindican su derecho a no ser agredidos después de haber tiroteado a otros?, ¿cómo se convencerá uno a sí mismo de que yo tengo derecho a agredir pero los demás no lo tienen para agredirme a mí?, ¿qué justificación se dará a sí mismo cuando se quede solo?, claro que la pregunta principal es ¿verdaderamente llegan a pensar alguna vez en su vida o sólo se dejan llevar por el fanatismo? E igualmente sus amigos y familiares, que justifican y aplauden los asesinatos hasta el punto de sentirse legitimados para matar, pero cuando son ellos quienes se convierten en víctimas reclaman justicia y ley; les preocupa “la integridad física” de sus seres queridos, pero se la trae al pairo la integridad de aquellos a quienes sus seres queridos liquidaron. Realmente, esta es la naturaleza, el fondo del nazi-estalinista: “como yo soy yo y soy de aquí y pienso así, yo tengo potestad y legitimidad para matar, pero nadie puede usar este mismo razonamiento en mi contra porque yo tengo la razón y los otros no”. Por eso, deshumanizados por un estúpido fanatismo que no deja espacio en su cráneo para nada que no sea su idea, los asesinos vascos no comprenden que alguien les pague con la misma moneda.

Lo peor es la consideración que tienen estos desalmados entre gran parte de la sociedad vasca, y no sólo entre los que comparten fanatismo con ellos; es una parte enferma de aquel rincón de España que aseguró en encuesta fiarse más de Otegui (que mataría sin pestañear para conseguir su objetivo) que de Rajoy (que será lo que sea pero no parece capaz de matar), que permitió que un múltiple asesino de apodo vacuno estuviera en la comisión de Derechos Humanos del parlamento vasco, que de algún modo justifica los asesinatos y pone a la misma altura al terrorista que al policía, que siente gran empatía por el agresor y cierta antipatía por la víctima. Pasados unos cuantos lustros, los vascos se avergonzarán de que un día vieron la violencia etarra como algo normal, y renegarán de aquella sociedad que estuvo más cerca del pistolero que del muerto. 

La violencia es la violencia y es básicamente execrable, pero cuando un asesino, un torturador, un bestia al que le da igual matar a ocho que a ochenta recibe su misma medicina, en el fondo uno siente cierto alivio.

En fin, la próxima vez que esos despreciables gallinas echen a correr ante los cañís, Juan o Luis bien podrían gritarles, parodiando a don Quijote, “No huyáis cobardes y viles criaturas, que un solo calisto es quien os acomete”.

CARLOS DEL RIEGO