jueves, 20 de junio de 2019

¿EL PASO DEL PALEOLÍTICO AL NEOLÍTICO SUPUSO PÉRDIDA DE CALIDAD DE VIDA?

Así debieron ser las primeras las primeras 'ciudades'.


Se daba a conocer hace unos días (VI-19) el sensacional descubrimiento de los restos de cientos de pobladores de una de las primeras “comunidades protourbanas” de que se tiene noticia, Catal Huyuk (asentamiento descubierto en Turquía hace unos sesenta años). Analizados esos huesos se han hallado evidencias de enfermedades, heridas y violencias. En torno a estos y anteriores hallazgos se ha desarrollado una teoría que sentencia que con el paso del Paleolítico al Neolítico el hombre perdió calidad de vida. Una afirmación más que discutible

La cosa viene de años atrás: expertos, no tan expertos y aficionados han concluido que cuando el ser humano pasó del Paleolítico al Neolítico perdió calidad de vida, es decir, cuando hace unos diez mil años dejó de vivir de la caza y la recolección y se convirtió en agricultor y ganadero, cuando abandonó el modo nómada por el sedentarismo, empezó a vivir peor. Los estudios sobre los esqueletos de Catal Huyuk han devuelto a la actualidad esta idea que, sin embargo, resulta muy fácil de rebatir.

En primer lugar parece de lo más absurdo y anticientífico trasladar un concepto tan moderno como ‘calidad de vida’ a una época en la que, con absoluta seguridad, nadie conocía y nadie había siquiera imaginado; es como decir que las neolíticas eran sociedades machistas y antidemocráticas. En segundo lugar, no se tiene la más remota idea de lo que hace diez mil años se entendía como mejora de las condiciones de vida, es decir, el concepto actual de ‘calidad de vida’ tendría en aquellos tiempos tanto significado como el de ordenadores cuánticos. Puede añadirse que actualmente no se tiene el más mínimo indicio de prueba de cuáles eran los deseos y pensamientos del hombre de hace diez milenios, por lo que no se tiene conocimiento probado de cómo era su mentalidad, motivos, preferencias, angustias, intenciones...

Por otro lado, si dieron el paso de la cueva o la cabaña provisional a la construcción sólida sería porque les pareció beneficioso; si dedujeron que era mejor tener el ganado controlado en rebaños que salir a cazar varias veces por semana fue porque le vieron ventajas; si entendieron que era más práctico y fácil sembrar y cosechar que depender de lo que se encontraban por ahí debió ser porque pensaron que su vida sería así más segura. En resumen, aunque nunca se pararan a reflexionar sobre el asunto, aquellos grupos humanos dieron el paso de tribu nómada a sociedad urbana, y al hacerlo dejaron de ser otra especie animal incorporada a la naturaleza y siempre dependiente de ella (con su nicho ecológico, sus depredadores y sus presas como cualquier otro animal) para buscar la seguridad que proporciona poder controlar el entorno. Y si así lo hicieron no fue porque decidieran vivir en peores condiciones, ya que el ‘invento’ de la agricultura y la ganadería se extendió con (relativa) rapidez por todo el planeta, cosa que indica que en todo el mundo vieron las ventajas de cultivar y pastorear, lo que condujo a instalarse definitivamente, a construir agrupaciones de casas, o sea, a ‘inventar’ la aldea, el pueblo, la ciudad. Además, nadie presionó a los grupos paleolíticos para que adoptaran los nuevos modos, sino que todos se convirtieron por deseo propio; y por otro lado, ningún agricultor renunció a sembrar para volver a depender de lo que se encontrara, es decir, no debieron encontrar tan perjudicial el nuevo modelo.

Sea como sea, es sin duda una idea absolutamente conservadora, retrógrada incluso, esa que proclama que era mejor vivir como un animal dependiente de la naturaleza que convivir en un asentamiento definitivo controlando los procesos agrícolas. Cierto que hubo problemas, ¿cómo no iba a haberlos si no se había inventado la autoridad municipal, si no se habían inventado las leyes ni la obligación de cumplirlas para conseguir la convivencia, si no se habían inventado soluciones como calles o alcantarillas? A pesar de todo es evidente que vieron más ventajas que inconvenientes.

Y a ello se puede añadir la cuestión puramente intelectual. Y es que, de haber continuado viviendo en las cavernas cazando y recogiendo frutas, el desarrollo mental de la persona se hubiera detenido, con lo que no hubieran aparecido ideas tan luminosas como la escritura o la rueda, que surgen en entorno ciudadano, ya en la Edad de los Metales.

No dejar de sorprender que expertos e intelectuales del siglo XXI hablen de las bondades del Paleolítico y de los problemas surgidos en el Neolítico; es evidentemente absurdo que estudiosos y pensadores que se tienen por progresistas se conviertan en regresistas extremos, ya que reniegan del evidente progreso que, en todos los campos, supuso la agricultura y la aparición de la ciudad. Es preocupante que los que se dicen progresistas elogien el regreso total. Es algo así como el mito del buen salvaje y la perversa civilización, sin embargo, la aportación al avance de la Humanidad de las sociedades urbanizadas (en pensamiento, tecnología, arte…) es muy superior al de las culturas nómadas.

CARLOS DEL RIEGO

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