viernes, 9 de noviembre de 2012

HAY PERSONAS QUE PREFIEREN SALIR DE SU CASA “CON LOS PIES POR DELANTE” ANTES QUE SER DESAHUCIADAS La terrible circunstancia actual ha provocado muchos desahucios, a los que algunos se niegan entregando lo único que les queda, su propia vida

La imagen captada por el fotógrafo Mauricio Peña en Riaño muestra a qué está dipuesto quien defiende su casa, pues el anciano de madreñas y boina quiere enfrentrarse a los antidisturbios

Una mujer de en torno a la cincuentena es la última de una trágica sucesión de suicidas que prefieren la muerte antes que abandonar su casa. La calamitosa situación económica de millones de personas desemboca muy a menudo en el temible desahucio, que es una de las peores tesituras en que puede verse una persona. Y es que eso de que vengan a tu casa, a tu refugio, al lugar donde uno más seguro se siente con intención de echarte es algo que tiene que provocar un sentimiento de impotencia y desamparo verdaderamente inimaginable.

Realmente no es nuevo eso de pegarse un tiro o tirarse por la ventana antes de permitir que unos extraños se hagan con tus llaves, con tus rincones, con tu vida en realidad, pues tu casa es mucho más tú de lo que te crees. Todavía se recuerda con amargura lo que ocurrió cuando la policía llegó al pueblo leonés de Riaño para echar a sus habitantes con el fin de construir un embalse que, evidentemente, exigía inundar el valle. Hay que recordar que entonces, en 1987, el gobierno de España cedió a la extorsión y amenazas de los terroristas desmantelando la central de Lemóniz, por lo que la empresa de energía exigió algún tipo de compensación, de modo que los políticos en el poder también cedieron a las presiones de la energética y retomaron el viejo proyecto franquista de anegar el valle de Riaño para que la empresa eléctrica pudiera resarcirse. Es decir, si los habitantes del valle hubieran colocado unas cuantas bombas y asesinado a una docena de personas al azar y a un par de aquellos politicastros, seguramente los presidentes y ministros también hubieran reculado y hubieran buscado otro lugar a inundar para que la generadora de energía tuviera qué vender; en realidad esa es la conclusión que puede extraerse de aquel hecho infausto: si hubieras asesinado hubieras conservado tu casa. Por suerte, en aquel valle, en aquellos ocho pueblos residían gentes de bien.

A pesar de las mentiras, muchos riañeses se negaron a renunciar a su casa, a abandonar lo que era suyo, así que fueron desalojados por la fuerza, con demolición de casas, enfrentamientos en las calles del pueblo e imágenes vergonzosas. Y es que nadie quiere que vengan extraños a su casa a imponerle el desalojo. Pero, al igual que está sucediendo hoy, hubo algunos vecinos que prefirieron salir de su casa con los pies por delante. Así, se recuerda el caso del hombre que la noche previa a la fecha anunciada para echarlo de su casa (¡cómo puede alguien venir a echarme de mi propia casa!), pagó todas sus deudas y se fue a la cama con su escopeta, de manera que cuando la Guardia Civil entró se encontró con el cadáver del hombre en su cama y toda su sangre por la habitación…, prefirió quedarse allí aunque fuera muerto pues, como él mismo decía los días previos con enorme angustia y lágrimas en los ojos “a dónde voy a ir”. Y también hay que recordar a otro vecino que, ni corto ni perezoso, esperó a que la presa estuviera construida, compró metros y metros de cuerda y se ahorcó desde lo más alto de la misma…, y a consecuencia de la terrible caída, la cabeza se separó de cuerpo y jamás fue encontrada (no buscaron entre los escombros de lo que fue su casa); aquellos desalmados, con el infame González a la cabeza, no comprendieron que muchas personas llevaban tanto tiempo allí que ya formaban parte de la tierra. Y para el sonrojante caso de Riaño no sirve la disculpa de “es un bien público, es un servicio para toda la sociedad, es algo necesario”, puesto que, como queda dicho, fue algo así como una recompensa a la empresa eléctrica tras mostrar aquel gobierno (sobre todo el flojo de pantalón González y el mentiroso y despreciable Sáez de Cosculluela) su debilidad y cobardía ante las amenazas.

Pocas cosas han de resultar tan traumáticas como que te expulsen de tu vivienda, de tu refugio, del lugar donde más seguro te encuentras, por eso, aunque sean decisiones extremas y desesperadas, no ha de extrañar que haya quien cumpla eso de que “de mi casa habrán de sacarme con los pies por delante”. Claro que en otros países, en lugar de suicidarse, el desalojado hubiera esperado a la policía fusil en mano para morir defendiendo lo que legalmente es suyo.

¡Qué banco o entidad acreedora tomará la propiedad de un inmueble sabiendo que es suyo gracias a la muerte de su habitante! ¡Qué estómago habrá de tener el empleado que entre, tras el suicidio, a evaluar el estado de la vivienda recién expropiada! ¡Ojalá con ellos se cumpla aquello de “quien a hierro mata…”.

CARLOS DEl RIEGO