jueves, 15 de noviembre de 2012

‘SER O NO SER’: CÓMO EL DIRECTOR ERNS LUBITCH CONSIGUIÓ QUE LOS NAZIS LLEGUEN A DAR LÁSTIMA (CASI) En plena Segunda Guerra Mundial se estrenó la más corrosiva e ingeniosa parodia que jamás se ha hecho sobre la brutalidad del nazismo; siete décadas después no ha perdido fuerza, capacidad de sorpresa o hilaridad

El despiadado y a la vez descacharrante coronel nazi
 En febrero de 1942 se estrenó la insuperable película ‘Ser o no ser’ (‘To be or not tobe’, claro). Han pasado por tanto setenta años, y se puede afirmar sin temor a equivocación que en esas siete décadas no se han realizado setenta películas que estén a su altura. Es más, no se aleja de la realidad quien afirma que hay más inteligencia en diez segundos de metraje de dicho filme que en el total del 75% de las producciones estrenadas desde entonces. Puede parecer exageración, pero quien sepa ver cine (y para ello no hace falta ser un entendido de los que comentan los contrapicados y los ‘travelling’) podrá enumerar virtudes de aquella maravilla de Ernst Lubitsch durante horas.
Quienes hayan degustado sus chisporroteantes diálogos, sus inteligentes secuencias, sus hilarantes situaciones no pondrá ninguna pega si han de volver a la verla; pero quien no la haya visto tiene, por un lado, la suerte de poder sorprenderse ante esta genuina obra de arte el día que se encuentre con ella, y por otro, también la mala suerte de no poder recordar las sutilezas asombrosamente ingeniosas que esta maravilla del cine ofrece desde el primer al último segundo.
Lubitsch, judío, alemán y genio
Como todo aficionado sabe, es una parodia del nazismo, es decir, aunque pueda parecer un imposible, se puede uno reír incluso de la más detestable barbarie, sólo hace falta imaginación y creatividad, algo distinto que contar y, evidentemente, pasión. Y es que ‘Ser o no ser’ lanza continuas flechas, envenenadas con el más inteligente humor, contra los descerebrados de la Gestapo, de forma que casi llegan a dar un poco pena el tarugo de Schulz y el rastrero coronel Erhardt, es decir, el genio del director consigue que los más bestias aparezcan como pobres imbéciles. Pero es que, además, en esta cima del planeta cinematográfico no hay discursos maniqueos ni moralinas políticamente correctas, no hay ideologías ni panfletos partidistas, apenas aparece la violencia y, desde luego, no hay trucos de cámara o algo parecido a efectos especiales; y cuando hay que denunciar el régimen nazi y a sus fanáticos, lo hace presentándolos como lo que son los malos en la realidad: primero unos imbéciles que luego se especializan en los muchos y diversos tipos de estulticia que los hombres han desarrollado.

La sucesión de situaciones hilarantes y disparatadas, estrambóticas, esperpénticas y sutiles es continua, y son presentadas con suprema elegancia, evidenciando el indiscutible talento que hubo de ser reunido para alcanzar tamaña altura artística. Toda escena, plano o secuencia es magistral, todo diálogo desborda ingenio, chispa, inspiración…, y no deja de haber algún que otro finísimo doble sentido o alusión para leer entre líneas (“nunca había estado ante un hombre que puede soltar diez toneladas de bombas en dos minutos” dice ella con cara de asombro). Se puede ver cincuenta veces y a la siguiente encontrarse con algo en lo que no se había reparado. 

Asimismo, hay quien llega a emocionarse cuando, viendo a la deliciosa y astuta protagonista, recuerda que la actriz que la incorpora, Carole Lombard, murió unas semanas antes del estreno de la peli; nunca llegó a verla terminada, no pudo vivir el que sería la su gran momento.

En fin, quien no la haya visto debería hacerse cuanto antes un favor a sí mismo y visionarla inmediatamente y, sin dejar pasar mucho tiempo, volver a ella; después será un incondicional de ‘Ser o no ser’, de Lubitsch y del cine clásico en general.

Por cierto, tres años antes, este imitado director alemán y judío hizo lo mismo con el comunismo en otra pieza que nadie debe dejar de contemplar (diez o doce veces al menos), ‘Ninotchka’.

Sí, sin duda, diez segundos de cualquiera de estas dos obras maestras tienen más valor que miles y miles de películas. ¿Por qué será que el cine clásico es tan difícil de igualar?

CARLOS DEl RIEGO