jueves, 1 de noviembre de 2012

MOURINHO, EL CAUDILLO, EL FÜHRER DEL REAL MADRID Aunque dispar en métodos y objetivos, las tácticas del entrenador luso son muy parecidas a las que los dictadores usan para borrar discrepantes y conseguir lealtades fanáticas

Todos los que exigen lealtad fanática
 usan una teatral puesta en escena.

Las conductas de los caudillos se
repiten siempre
Han sido muchos los sociólogos eruditos y expertos que han reflexionado y analizado bajo todos los puntos de vista cómo Hitler y el partido nazi consiguieron el apoyo incondicional, fanático, del pueblo alemán, cómo una persona y su organización pueden embaucar a todo un país hasta el punto de que sus ciudadanos se vuelvan incapaces de ver la realidad. Pues ahora mismo en España se está asistiendo a algo parecido con el entrenador del Real Madrid, José Mourinho, eso sí, a otra escala y salvando circunstancias y distancias, admitiendo que nada tiene que ver una cosa con otra y un hombre con otro.
El portugués ha conseguido seducir, abducir, engatusar, manipular a los seguidores madridistas hasta el punto de que muchos de ellos se han puesto de parte de Mourinho cuando han tenido que elegir entre él y otros integrantes del club, como está ocurriendo con el mismísimo Iker Casillas, todo un icono del madridismo cuestionado por no asentir a todo lo que dice el actual director gerente (de hecho) de la entidad. Las tácticas son las que usan todos los dictadores: culpar de todos los males a los demás, ya sea la liga, las televisiones, la Uefa, los árbitros, los calendarios; proclamar las ‘injusticias’ que los otros están cometiendo con ‘nosotros’, como las decisiones arbitrales y disciplinarias, horarios, insultos, premios individuales; contar siempre con ‘un malo’ (Valdano, Guardiola) y, si no se encuentra, si nadie entra al trapo, provocar y buscar cualquier enemigo aunque sea un inferior (Toril), pues tampoco hay problema en aprovechar la posición de superioridad; no admitir jamás una culpa, un error, un fallo, un descuido, una mala decisión, y buscar siempre a quien acusar cuando las cosas no salen (tal hizo con Ramos y anteriormente con otros a los que señaló como causantes del tropiezo); gran atención a la teatralidad y a la puesta en escena, sobre todo de cara a los propios parroquianos, dispuestos a creer cualquier cosa que diga el caudillo, sea lo que sea, sea contra quien sea, pues él siempre tiene razón (eso sí, el luso aporta una novedad, y es que cuando comprende que se ha pasado, contacta con el ofendido, dando a entender que es un tipo que sabe rectificar, pero lo cierto es que todo está calculado, todo forma parte de la estrategia). Se puede añadir la colosal soberbia de todos los que están en la cima, que se creen por ello señalados por la Providencia, de modo que se sienten infalibles y por ello no comprenden la llegada de adversidades, pensando entonces que “estoy rodeado de traidores”; y así el orgullo y vanidad a raudales, el desprecio de todo la anterior a él o la exigencia radical de posicionamiento, de forma que quien no está incondicionalmente con él, quien insinúe una crítica o discrepancia, se convierte automáticamente en sospechoso, cuando no en traidor.

“Todos nos odian y vienen a por nosotros” es un pensamiento común entre los dictadores, y es una máxima que ha repetido Mourinho infinidad de veces; y ciertamente da resultado, pues ha contaminado tanto el pensamiento de los aficionados del Real Madrid que la mayoría se han vuelto más ‘mourinhistas’ que madridistas.
Ahí se tiene cómo esta especie de flautistas de Hamleín han conseguido embobar, hipnotizar a millones de seguidores (del partido, del equipo, de la causa) hasta convertirlos en fanáticos dispuestos a pelearse con quien ponga en duda su verdad. En definitiva, lo que hacen es excitar los sentimientos más primarios: nuestra tribu es nuestro único refugio y fuera de ella estamos perdidos, así que hay que defenderla contra todas las demás tribus, que nos odian y van a venir a por nosotros, y para conseguir la victoria tenemos que pensar todos igual, no puede haber nadie que cuestione al caudillo y a la causa, y quien esto haga, quien eleve la voz, es un traidor, un desertor indigno al que hay que eliminar.

Nada tienen que ver el lusitano y el germano en fines y métodos, pero en el fondo la táctica, la estrategia es la misma, y la base de todo su proyecto es el radical ‘conmigo o contra mí’, amigos o enemigos mortales, no hay otra cosa. Así es como se consiguen adhesiones y lealtades absolutas, irracionales, viscerales, pues se comulga con lo que dice el caudillo aunque lo que ofrezca sean ruedas de molino. Y cuando todo acaba, la gente parece despertar y se pregunta cómo pudo suceder aquello.


CARLOS DEL RIEGO