lunes, 26 de noviembre de 2012

MALTRATO EN CASA: HAY QUE COGER EL TORO POR LOS CUERNOS Es inadmisible que un maltratador ejerza su villanía, su ruindad y cobardía repetidas veces a pesar de haber sido denunciado, cosa que sucede por el alejamiento de la realidad en que viven los políticos y por el ansia de los jueces de rebajar a toda costa la pena al indecente y mezquino idiota que levanta la mano al débil

¿Qué se merece el infame cobarde que se atreve a hacer el bestia con quien tiene más cerca.

Pocas cosas han de resultar más aterradoras que saber que en casa está tu agresor. Es como si alguien tuviera que compartir cama y cocina con el ladrón que te asaltó por la calle, con el violador que te humilló y vejó en el descampado, con el borracho que te pegó porque le no le gustó tu mirada, con el fascista que te insultó porque tus palabras le molestaron… Y desgraciadamente son miles las mujeres que tienen que aguantar una vida en la que en casa está el borracho y el violador, el ladrón y el fascista, todo en uno, puesto que todo eso (y mucho más) es el imbécil cobarde que le levanta la mano a una mujer, y mayor es aun su vileza cuando aprovecha la intimidad de la vivienda para sentirse superior pisoteando al débil. Lógicamente, el culmen de la degeneración se produce cuando el asno idiota asesina a quien está a su lado, cosa que sucede muchas veces al año (una sola vez ya sería exceso).

El asesino, a veces, se quita la vida tras dejar bien patente su repugnante existencia, pero bien podía invertir el orden de sus actos y quitarse de en medio como primera medida. Contra esta especie de cretino no se puede hacer nada, pero sí que se podría actuar antes, mucho antes, al primer palo. Así, el código penal debería ser reescrito pensando tanto en la protección del débil como en el castigo del zoquete agresor, de forma que éste tuviera verdadero miedo a lo que tendría que enfrentarse tras realizar su abominable acto de bajeza moral; pero la sociedad está indefensa ante la estulticia de los políticos y la pusilanimidad de los magistrados.

Aquellos, que en un 99,99% de los casos viven unos 50 metros por encima del suelo, o sea, de la realidad, piensan que promulgando una ley contra el maltrato y un castigo que conlleve el alejamiento ya está todo solucionado, poco más hay que hacer; sin embargo, el mequetrefe cretino que se atreve con ella (la víctima) se pasará la orden de alejamiento por ahí, puesto que sabe que la legislación estará siempre pendiente de que él, el pegón, no deje de ser tratado con verdadero mimo (y así lo exigirá). Por eso, urge promulgar leyes que verdaderamente asusten al majadero cagueta, leyes que señalen castigos apropiados, duros, intimidatorios, disuasorios, penas que incluyan muchos años de trabajos forzados (haciendo carreteras, limpiando bosques, separando basura…, y por supuesto, con la difusión de su atroz rostro para que sea siempre reconocido y señalado), diez horas al día, con la comida justa y con grilletes para el reincidente. Los que se creen modosos y los progres de boquilla se harán cruces y señalarán como facha al legislador que le eche lo que hay que tener (decisión, valentía, sentido de la justicia) y escriba leyes de este tipo, y dirán que son medievales los castigos infamantes; pero es que la infamia la ejerció antes el mamarracho indecente que pegó a la débil, y con infamia debe ser tratado, ¿acaso no vive ya en la indignidad, acaso no es un abyecto y un indecente rastrero? (y no es ojo por ojo, pues esto significaría apalear o ejecutar al culpable). Además, ¿quién es más facha, el que pide castigo duro para el matón con cerebro de gusano o el que se pone de parte de éste para que sea tratado con todo el miramiento? ¿quién está más a la derecha, el que exige pena estricta para el culpable o aquel al que sólo le preocupa que el cruel con el indefenso pase el menor tiempo posible castigado?

Y por otro lado están los jueces, siempre interesados en quitar una semana, un mes, un año de cárcel al delincuente, dando así la impresión de que lo que desean es que vuelva pronto a la calle para hacer daño al más desprotegido. Tal postura es muy habitual en los togados en todos los casos, salvo que exista política en el sumario, pues ya ha quedado más que patente que hay mucho árbitro de la Justicia que de modo infalible retuerce el código para beneficiar al violento; tan es así que no son pocos los que han logrado rebajar pena al violador que, como no puede ser de otro modo, volverá al asalto, de forma que no llega a ser tan disparatado pensar que el tipo de negro se ha convertido en colaborador necesario del delincuente. Y el asqueroso caso de la agresión física en el ámbito doméstico no es excepción.

Es indignante, irritante, desesperante, preocupante contar las agresiones y las muertes de esas pobres mujeres, cuya vida ha de ser aterradora. Un ejemplo de algo que tal vez no esté tan lejano: Tras recibir innumerables palizas, tras infinitas denuncias, la pobre mujer murió a manos de la hiena que tenía al lado. Tal vez, viendo lo barato que es en España el homicidio, haya alguien que alguna vez piense así: “Este bestia está apaleando día sí día también a mi hermana (prima, sobrina, madre, hija, amiga…), y un día la matará, el juez le condenará a diez años y, como en prisión no hay mujeres a las que pegar, saldrá en cinco o seis por buena conducta para luego reírse y disfrutar. Así las cosas, lo mejor es que antes de que la mate yo mismo vaya a por ese sinvergüenza feroz y acabe con él. Me caerán diez años, saldré en cinco o seis por buena conducta y al menos nos habremos librado de una rata. Y podremos dormir por las noches”.    
     
CARLOS DEl RIEGO