martes, 31 de julio de 2012

LONDRES 2012: INCOMPRENSIBLE LISTA DE ERRORES Y DUDOSAS DECISIONES A pocos días de iniciados los juegos se ha producido ya un número sorprendentemente alto de reclamaciones (muchas atendidas), además de los esperados errores de organización y una gigantesca pifia con el fuego olímpico


La llama olímpica se apagó y se volvió a encender, y ahora se esconde
hasta el inicio  del atletismo, y entonces sólo se verá allí.

Poner en funcionamiento este auténtico monstruo que son los Juegos Olímpicos supone un esfuerzo organizativo verdaderamente descomunal, pues para que todo funcione han de hacer su trabajo a la perfección muchas personas. Aún así, en el aspecto deportivo se están produciendo numerosas quejas de las distintas delegaciones, y en el terreno organizativo se detectan errores producto de la falta de previsión y de dudosas decisiones.

Un nadador descalificado por moverse en la salida es recalificado tras la reclamación (y por tanto otro en principio clasificado fue apartado de la final), un judoka eliminado vuelve a entrar en competición, y también se han producido reclamaciones en esgrima, gimnasia, waterpolo…, casi todas atendidas por los jueces, que por lo general han optado por decisiones salomónicas. Sorprende que se tomen decisiones contrarias a las dictaminadas por el árbitro en el momento, es decir, que se rearbitren competiciones.

Por otro lado, también hay numerosas quejas de no pocos equipos por cosas que pasan en todos los eventos de este tamaño, como fallos de seguridad, gigantescos atascos de tráfico que ocasionan retrasos e incomodidades de todo tipo a los participantes, habitaciones minúsculas con camas de 1,75 metros de longitud para todos (ante las quejas de los indios por esto, el periódico sportingnews.com dijo que “los organizadores debieron soltar monos y serpientes para que se sintieran mejor”), confusión en el izado de una bandera antes de la competición (la de Corea del Sur en lugar de la de Corea del Norte)…

Todos estos errores de organización son fácilmente comprensibles, casi inevitables cuando hay que hacer funcionar una maquinaria tan complicada y de tal tamaño. Pero lo que no tiene explicación posible es el asunto del fuego olímpico. Tras un encendido espectacular, original, llamativo, estéticamente impecable y que dejó a medio mundo con la boca abierta en la ceremonia de inauguración, resulta que los que idearon tan ingenioso sistema no previeron que el pebetero no se podía quedar en medio del estadio. Por eso, han hecho algo que jamás se había visto en los Juegos Olímpicos: han tenido que apagar el fuego. Después de trasplantarlo a un farol, sí, pero han apagado el pebetero olímpico. Ahora lo han colocado en un lateral donde no molestará el desarrollo de la competición de atletismo, pero no podrá verse si no es dentro del estadio; es decir, a diferencia de las ediciones anteriores, el fuego olímpico no está en todo lo alto del coliseo principal y no preside la villa olímpica, es más, quien desee ver la llama sagrada y no tenga entradas para el atletismo, habrá de pagar por ver la susodicha hoguera. Esto del fuego, en fin, puede parecer cosa nimia, pero no deja de ser uno de los símbolos olímpicos, algo que hay que cuidar si no se quiere que la cosa se vulgarice, que se quede sin el misticismo, sin esa magia, sin esos rituales que forman parte de la esencia olímpica. El fuego, la bandera, los aros y el himno (entre otros atributos) son imprescindibles en los juegos. Por eso, esconder uno de esos estandartes del olimpismo dice poco del espíritu olímpico de Londres 2012, y más si añaden las incomprensibles decisiones de los árbitros y comités.

La cosa no es nueva: en los juegos de Londres 1908 los jueces provocaron infinidad de situaciones esperpénticas, ya que no se admitió ningún juez extranjero; así, algunas decisiones fueron de aurora boreal, como la de la carrera de 400 metros lisos: el americano Carpenter  fue descalificado tras ganar la final por, dijeron, una maniobra ilegal que perjudicó al escocés Halswelle, con lo que se ordenó repetir la carrera sin Carpenter; pero los otros dos finalistas (sólo eran cuatro) se solidarizaron con el americano, de modo que Halswelle corrió sólo la final de 400 metros lisos. Ganó. 

CARLOS DEL RIEGO