domingo, 26 de agosto de 2012

NEIL ARMSTRONG, UN PROTAGONISTA HUMILDE Y TRANQUILO Finalmente, la nave espacial llamada Neil Armstrong tomó tierra definitivamente. Así, en agosto de 2012, el primer hombre que caminó sobre la luna deja el mundo de los mortales y pasa al pedestal de la Historia, de la gloria, de la leyenda

Sólo Neil Armstrong mantuvo la calma y el control cuando la misión estuvo
a 30 segundos de la catástrofe
Algo más de dos millones de años después de que el primer homo pisara la Tierra, uno de sus descendientes salió de ésta y, por primera vez, puso sus pies en otro cuerpo celeste, precisamente en ese objeto de fascinación que han mirado todos los pertenecientes al género homo que han existido, en esa hipnótica bola hacia la que todos los individuos pensantes de este planeta volvieron su vista muchas veces a lo largo de sus vidas; bien puede asegurarse que la mirada a la luna es algo que todos los que han vivido tienen en común. Falleció hace unos días la persona que tuvo el honor de representar a toda la Humanidad en el aquel primer paseo de ésta por un lugar distinto a la Tierra, el astronauta estadounidense Neil Armstrong, que ya tiene un lugar destacado en la Historia.

Hace poco más de 42 años Armstrong se convirtió en el absoluto protagonista planetario al culminar una trayectoria vital y profesional que tenía el vuelo como principal objetivo. Obtuvo su licencia de piloto siendo apenas adolescente, por lo que pocos como él para conducir al éxito aquella misión a bordo del Apolo 11. Como bien saben los que tengan interés por el tema, el ordenador que controlaba el módulo lunar proporcionó excesiva velocidad, por lo que en Houston se dieron cuenta de que se había sobrepasado el lugar previsto para el alunizaje, así que se pensó en cancelar la misión, pero Armstrong, piloto más que astronauta, comunicó que creía poder alunizar en modo manual, así que tomó los mandos de dirección y consiguió que el ‘Eagle’ (el módulo) se posara suavemente sobre la luna; 30 segundo más y todo hubiera terminado en tragedia. Aldrin, el segundo en el satélite, contó años después que en aquellos momentos de incertidumbre, cuando muchos ya pensaban en la catástrofe, cuando él y Collins (el que tuvo el papel más desagradecido de la misión) pensaban en la muerte, cuando todos en el control de tierra tenían la adrenalina por las nubes y el corazón disparado, el piloto se mantenía tranquilo, manejaba con calma, hablaba de lo que pasaba y contaba lo que hacía con la tranquilidad de quien está seguro de tener todo bajo control. Collins también contó que todos sabían que Armstrong era un hombre frío, una persona que jamás se alteraba (como había demostrado en los numerosos combates aéreos en los que había participado en la guerra de Corea), pero que en aquella ocasión actuó como nadie hubiera podido hacerlo. Los tres astronautas estaban monitorizados, y mientras los miles de personas implicadas directamente en la misión tenían el corazón desbocado, Armstrong fue el único cuyo ritmo cardiaco apenas se incrementó en aquellos momentos de tensión y peligro extremos. Tranquilo, tímido y humilde, así era Neil.

Por eso, por ser tan reservado, jamás quiso protagonismo. Apenas cerca ya de su muerte habló de las suspicacias en torno a su gran viaje. Quienes creen en la conspiración, en que aquello fue un montaje, pensarán que también fueron mentira los cinco siguientes viajes que lograron alunizar. Años después del colapso de la URSS, algunos de sus gerifaltes contaron que desde sus bases habían seguido el trayecto del Apolo 11 de principio a fin (incluso una de sus naves no tripuladas orbitaba entonces la luna), y que si hubieran tenido la más mínima duda lo hubieran proclamado a los cuatro vientos.

Aunque Armstrong habló poco de ello (porque siempre huía de los focos), Aldrin sí comentó varias veces la sensación que experimentó cuando miró hacia nuestro planeta y luego volvió la vista para contemplar una inmensidad inimaginable, algo que excede la capacidad de conocimiento humano, y que entonces se dio cuenta de lo insignificante del hombre y su mundo, de que apenas somos nada en el universo, pero también de la suerte de vivir en esa belleza llamada Tierra.

Lástima que no haya conductores tan templados como Armstrong en todos los centros de poder de este minúsculo planeta. 
    
CARLOS DEL RIEGO