lunes, 28 de enero de 2013

TIMOS DEL GOBIERNO: EL DE LOS AUTÓNOMOS Entre los casi infinitos subterfugios y triquiñuelas que utiliza el gobierno (cualquiera en cualquier parte del mundo) para exprimir al ciudadano está el timo del autónomo, figura atropellada y tiranizada que tiene más obligaciones y menos contraprestaciones que un esclavo

El autónomo, al menos gran parte de ellos, vive en la incertidumbre y la injusticia.

La ministra del ramo ha anunciado, como si de un gran hallazgo económico y generador de empleo se tratara, reducir la cotización de jóvenes que de forma autónoma pongan en marcha un negocio, y dejarla en 50 euros mensuales durante seis meses; y más allá, las mujeres de menos de 35 años tendrán luego un 30% de descuento los dos primeros años, mientras que los hombres sólo accederán a dicha bonificación hasta los 30 años.

Primero, es evidente la discriminación por cuestión de sexo y edad; por un lado, ser mujer tiene ventajas frente al hombre, y por el otro si la persona cuenta 39 años, nada, de nada, ¡joróbate viejo!

Y en segundo lugar, y mucho peor, es el hecho de que hay que tener ganas, ilusión y seguridad ciega en la empresa que se va a abrir para darse de alta como autónomo. Seguro que existen actividades en las que merece la pena (sobre todo las cercanas al poder), pero muchas otras, precisamente las que no generan más allá de 1000 ó 1.500 euros brutos al mes, significan un negocio ruinoso para el autónomo-primo. De entrada, Hacienda retiene un 15% del total, y luego hay que pagar no menos de 250 euros al mes; si el total bruto ha sido de 1000 euros, el autónomo-panoli estará cotizando un 40%. Y a ello hay que añadir que antes o después habrá que hacer frente a media docena de ventanillas y soltar para permisos, licencias, impuestos y tasas de todo tipo, pues cada administración exige su parte. Además, apenas tiene ningún derecho, puesto que tendrá que pagar con independencia de si el mes ha salido bien o sólo ha conseguido hacer 500 euros, y qué decir si se pone enfermo y no puede trabajar, entonces no sólo no tiene derecho a desempleo, sino que está obligado a seguir cotizando; por supuesto, si va de vacaciones ha de entregar. Lo dicho, darse de alta como autónomo es una auténtica locura, y en ese sentido se recuerdan los lamentos de uno que se inscribió como pringao, o sea, autónomo, en el sector del metal, un buen hombre que abrió una chapistería con dos empleados y que declaraba que “diez meses al año mis empleados, que ganan menos de 1.100 euros, ingresan más que yo…, y muchas noches me despierto bruscamente pensando en que soy un perfecto imbécil, que estoy trabajando para el inglés y, al menos en ese momento, me encantaría encerrarme un cuarto de hora en una habitación a solas con cualquier miembro del gobierno o con cualquier político, para que nos diéramos mutuamente nuestras razones”. ¿No sería más lógico y justo aplicar un porcentaje sobre los ingresos totales? ¿Es posible que la legión de sabios, asesores, técnicos, expertos de que se rodean los ministros sean tan ineptos?

Normas como las que rigen al autónomo (sobre todo al que trabaja él sólo y para una o dos empresas) son las que abonan los impulsos defraudadores y la economía sumergida. Y si además se piensa que esos impuestos van a ir en gran parte a pagar sobresueldos, complementos, dietas, viajes y otros privilegios feudales con que se obsequian los gestores…  

CARLOS DEL RIEGO