jueves, 24 de enero de 2013

CÓMO ADOPTAR LO PEOR DE LAS ECONOMÍAS DE DERECHAS Y LO PEOR DE LAS DE IZQUIERDAS SIN TOCAR NADA DE LO BUENO QUE TENGAN Que los gobiernos (todos los de todo el mundo y en todas las épocas) terminan por integrarse de iluminados es una verdad empírica, demostrada desde la experiencia, y por eso nadie debe sorprenderse al ver cómo se dictan normativas tributarias dignas de Los Simpson

Siempre cavilando nuevas formas de meter la mano en el bolsillo del panoli, o sea, ciudadano.

El actual gobierno de España da impresión de estar obsesionado, desesperado por recaudar a costa de lo que sea, aunque sea la ruina para la gran mayoría; tal decisión se parece un poco al del que se propone firmemente ahorrar y, para ello, decide dejar de gastar en comer, ir al médico, ducharse… El problema del actual gabinete dirigente es que está eligiendo y aplicando todo lo malo de las economías de izquierdas y todo lo malo de las de derechas, y por el contrario, no ofrece nada bueno ni de unas ni de otras. Lo bueno de las políticas de izquierdas es que prestan muchos servicios y lo malo es que exigen unos impuestos altos, mientras que lo bueno de las derechas es que tienen impuestos bajos y lo malo que proporcionan pocos servicios. Pues bien, el conciliábulo de ingenieros e iluminados ocurrentes en que se han convertido los politicastros ahora en el trono (cosa que ocurre desde que se inventó el poder) han conseguido imponer normativas que significan muchos impuestos (típico de izquierdas) y menos servicios (típico de derechas), lo indeseable de esto y lo perverso de lo otro. O sea, no puede haber tomado peor decisión, pero tampoco ha de causar sorpresa, sobre todo teniendo en cuenta que desde el carro del privilegio es casi imposible ver qué es lo que pasa a ras de suelo, y por tanto se gobierna sin tener ni la más remota idea de cuáles son las verdaderas necesidades del personal. Sólo interesa la macroeconomía, de manera que puede que un día las cuentas salgan como desean los contables siniestros mientras el 90% de la población sólo sobrevive.

Al parecer, la electa patulea está tramando cobrar por usar las carreteras nacionales, no ya por las autopistas o autovías, sino por las generales y, quién sabe, tal vez también por las vecinales. Para empezar, bueno sería recordar que las carreteras se han pagado con los impuestos, y que se sigue pagando un impuesto de circulación y otro de carburantes, que se traga con timos como el de la itv, la ora, los triángulos o el chaleco reflectante, que te ponen multas por obligación (la Guardia Civil ha informado que existen sanciones para el agente que no pone un mínimo de multas)…, de forma que si ahora se inventan otra penalización para conductores estarán cobrando varias veces por lo mismo, y en todo caso, si ahora hay que pagar por el uso de una carretera que ya pagó y por la que sigue pagando todo contribuyente, que retiren el impuesto de circulación. Parece lógico pensar que si te arrebatan servicios te quiten tributos, del mismo modo que si te aumentan la fiscalidad lo sensato, legal y digno es que te den más prestaciones. Pero no, los del rostro granítico se llevan hasta la calderilla de debajo de los sillones, y a cambio te quitan en sanidad, seguridad, infraestructuras…

Y como la cosa siga por este camino, que nadie se extrañe si el alcalde Quimby, perdón, el presidente Rajoy, y sus Wigum, perdón, Montoros, tengan la ocurrencia de cargar con impuestos el uso de la raya discontinua, que será doble en caso de que sea continua, y triple si es doble continua; e igualmente un tributo por mirar las señales (con recargo del 10% si son luminosas), por utilizar los conos, por los pasos de peatones, por los semáforos (10% menos si están intermitentes), por los cebreados, las pinturas amarillas, los guardarraíles, los arcenes y cunetas…, engaños, timos, extorsiones, estafas. Todo en este mundo es cuestión de medidas, es decir, impuestos razonables y servicios razonables es lo deseable, mientras los excesos siempre son indeseables.

El alcalde Quimby impuso una tasa por ponerse pantalones bombachos, que se transformó en un gravamen por no llevar esa prenda al comprobar que nadie la vestía. El problema es que el amigo de la pronunciación siseante está demostrando que apenas le separan un par de centímetros de Homer. Debe ser que, como el señor Burns, la caterva de rajoys quiere comprarse otro rascador de marfil. 

CARLOS DEL RIEGO