lunes, 16 de abril de 2012

JIM THORPE. ¿EL MEJOR DEPORTISTA DE TODOS LOS TIEMPOS? Cien años de su legendaria gesta en los Juegos Olímpicos de 1912



 En 2012 se cumple un siglo de la catástrofe del Titanic (efemérides estrella), pero también es año olímpico, y los Juegos también tienen un gran hecho centenario que recordar, así como al atleta que lo protagonizó. En los Juegos Olímpicos de Estocolmo 2012 ganó las medallas de oro en pentatlón y decatlón un mestizo estadounidense llamado Jim Thorpe (1888-1953).

Sus hazañas deportivas son tan abrumadoras que, lógicamente, están rodeadas de leyenda, apasionante y emocionante leyenda. Allí, en Estocolmo, hace cien años, Thorpe compitió en su primer decatlón, venciendo y logrando un récord que duró dos décadas; también ganó el pentatlón (prueba retirada del calendario olímpico y en la que computaban los puestos obtenidos, no las marcas), de modo que de las quince pruebas ganó ocho y en ninguna quedó por debajo del cuarto puesto; también participó en salto de altura (quedó cuarto) y longitud (séptimo) y, para demostrar que su vigor era inagotable, también formó parte del equipo estadounidense de béisbol, que era sólo deporte de exhibición.
Tal despliegue físico no fue casual ni sorprendió a sus entrenadores. Su padre era hijo de irlandés e india, y su madre de francés e india, y cuando nació la luna iluminaba el camino, de ahí su nombre indio Wa Tho Huk, Sendero Brillante. Dice la leyenda que no quería ir al colegio y se escapaba siempre, así que su padre lo llevó a uno que estaba a unas 15 millas de su pueblo; al llegar, lo metió en clase y volvió grupas, pero cuando regresó a su casa quedó boquiabierto, ¡Jim estaba sentado a la puerta!, había llegado corriendo antes que su padre a caballo. Versiones más escépticas dicen que el joven Jim se escapó del colegio atormentado por la muerte de su hermano gemelo cuando tenía 9 años.

Ya desde muy joven era invencible en cualquier ejercicio físico. Cuentan que nunca había pisado una pista de atletismo cuando un día, en la escuela india de Carlisle, se acercó al listón de salto de altura y franqueó lo que había, 1,75 metros..., con ropa y calzado de calle y sin haber visto jamás un listón o a un saltador. Otro hecho (antes leyenda pero ya probado) fue el triunfo de su universidad india contra otra de blancos en una competición atlética; él venció en seis pruebas y uno de sus compañeros en las de larga distancia, de forma que, al final, cuatro indios mal vestidos aplastaron al equipo de la elitista Lafayette.
Pero no sólo fue un atleta prodigioso (casi 1,90 y 85 kilos), sino que brilló en otros deportes, sobre todo en fútbol americano (su deporte favorito) tanto en la universidad como en el terreno profesional, logrando infinidad de récords y siendo artífice de todos los tantos en muchos partidos (jugaba prácticamente en todas las posiciones); otra leyenda: en una final universitaria anotó un ‘touchdown’ de 92 yardas que fue anulado, pero minutos después marcó otro tras una carrera de ¡97 yardas! Asimismo fue un gran jugador de béisbol, jugando para varios equipos profesionales con excelentes estadísticas. Jugó a baloncesto, hockey hielo, boxeo, tenis..., dejando perplejos a todos desde que pisaba la pista por primera vez, pues (decían) en pocos minutos ya parecía un experto. ¡Incluso ganaba concursos de baile!

Sin embargo, su vida no fue fácil. Acusado de profesionalismo, práctica muy perseguida hasta no hace mucho en el entorno olímpico, le fueron retiradas sus medallas olímpicas. Cuenta la leyenda que quienes quedaron tras él en Estocolmo nunca las aceptaron, así que estuvieron muchos años en un banco suizo. Sí, aceptó dinero por practicar deporte, a veces cinco dólares (para viajar y comer), a veces sesenta; él ni siquiera sabía de esa prohibición y, además, a diferencia de otros deportistas, él nunca participó utilizando nombres falsos para protegerse de la acusación de profesionalismo. Pero lo más sangrante es que la primera noticia de que había hecho deporte cobrando apareció seis meses después de los juegos, y la regla decía que había que probar el profesionalismo antes de un mes después de los juegos para poder sancionar. Increíblemente esa norma no se aplicó en el caso de Jim Thorpe.

Asegura la leyenda que paseaba en torno al estadio olímpico durante los juegos de Los Ángeles 1932, sin dinero para entrar, cuando alguien lo reconoció y le pagó la entrada; en pocos minutos se corrió la voz y un emocionado Thorpe recibió una atronadora ovación. Ojalá sea una leyenda cierta.
Retirado del deporte profesional con más de 40 años (nunca le faltó equipo, de lo que fuera), trabajó de casi todo y sus últimos años los vivió en la pobreza. Murió solo y sin que le restituyeran lo que había ganado en el estadio. Uno de sus peores enemigos fue Avery Brundage, presidente del COI entre 1952 y 1972, quien siempre se negó a levantarle el castigo. Tal vez recordara aquella tarde del verano de 1912 en Estocolmo, cuando aquel sucio indio le había humillado en el estadio olímpico sacándole más de mil puntos en el decatlón. Afortunadamente, Juan Antonio Samaranch en 1983 le restituyó en el palmarés olímpico y entregó las medallas a su hija y nietos.

En Estados Unidos fue elegido mejor deportista de la primera mitad del siglo XX y uno de los tres mejores de toda la historia. ¿Podrían Michael Jordan, Carl Lewis o Roger Federer ser igual de buenos en otros cuatro o cinco deportes? ¿Qué hubiera hecho Jim de haber nacido cien años más tarde? ¿Ha existido algún deportista que alcanzara el máximo nivel en todas esas disciplinas?
Cuando le aclamaron en Nueva York a su regreso de los juegos, dijo “no pensé que alguien pudiera tener tantos amigos”. Por muchos que fueran, Jim Thorpe tiene hoy muchos más admiradores.   
carlosdelriego.