viernes, 21 de diciembre de 2012

POLIGAMIA: CUANDO MÁS DE DOS NO SON MULTITUD Tres africanos se casaron con la misma mujer a cambio de dinero y con el fin de conseguir la nacionalidad; el tema de la poligamia y la poliandria tiene muy diversas variantes con resultados inesperados y casi siempre indeseables

Si las relaciones de pareja tienen momentos de conflicto, cómo serán las de tríos, cuartetos o quintetos

Una mujer ha sido detenida por haberse casado tres veces sin haberse divorciado o separado ninguna; la señora lo hizo por dinero, pues los maridos eran inmigrantes que deseaban la nacionalidad. Ha sido acusada de poligamia, pero lo que ella ha hecho se llama poliandria, que es una mujer con varios hombres; poligamia es un hombre con varias mujeres, aunque el ámbito familiar estable y asumido de uno y varias o varias y uno sí que se acepta como poligamia.

El asunto viene tratándose y discutiéndose desde hace milenios. En la sociedad musulmana es bastante habitual que un hombre tenga hasta cuatro mujeres (que son las que tuvo el Profeta), e incluso muchas de esas mujeres que comparten marido afirman que es mejor así, pues se aguanta y se maneja mucho mejor a un esposo si son varias las mujeres. Si las relaciones de pareja son fuente de conflicto, ¡cómo serán las de trío, cuarteto o quinteto!, sobre todo en occidente, donde la mujer hace tiempo que dejó de ser sumisa y pasiva, mientras que en aquel entorno ellas siguen siendo algo así como una propiedad de ellos.

En Estados Unidos (donde abundan los casos más increíbles conocidos) hay lugares donde se admite o estuvo admitido el método mormón polígamo. Y, por otro lado, tampoco son extrañas las denuncias y condenas por bigamia. Así, hace unos cuantos años (tal vez 20) se conoció el caso de un hombre que durante casi diez años había vivido dos vidas paralelas, una con cada una de sus dos familias; con una mujer tenía hijos y con la otra era padrastro de otro. Siempre se las arreglaba para tener atendidas a sus dos proles, nunca olvidaba cumpleaños o aniversarios, jamás tuvo el mínimo desliz o error en nombres, fechas, direcciones, amigos, colegios; tenía dos coches, llegando siempre con el mismo a cada hogar y sin confundirse nunca; pasaba tres días en una casa y cuatro en la otra, o una semana aquí y otra allá, encontraba tiempo para hacer vacaciones con unos primero y con los otros después; las facturas llegaban siempre a donde tenían que llegar y ni una sola carta, comunicado o multa se recibió en la dirección equivocada. Su trabajo le exigía continuos viajes, cosa que le facilitó las ausencias, y como entonces los móviles y ordenadores no eran cosa común, siempre resultaba imposible localizarlo. Tan bien montado y tan metódicamente tenía su tinglado que no se descubrió el pastel hasta que sufrió un accidente y murió, presentándose entonces las dos familias a reclamar al muerto; por cierto, los domicilios estaban a menos de medio kilómetro de distancia, a pesar de lo cual ninguna de las esposas o los hijos tuvieron jamás el más leve indicio o sospecha de la existencia de los otros. El tipo tenía que haber llevado una vida sumamente estresada, siempre a carreras, siempre temiendo que alguna palabra a destiempo, algún gesto, algún objeto delatara su secreto, asustado de que un día la casualidad acabara con su vida bifurcada. Sin embargo, las dos cónyuges señalaron, por separado, que era muy cariñoso y trabajador, que se desvivía por que tuvieran lo mejor, siempre atento a cualquier necesidad…, en fin que ambas afirmaron que era casi el marido-padre perfecto y que todos vivían felices. ¡Qué trabajo, qué metódica planificación, qué concentración la del hombre de las dos vidas! No extraña que sus dos hogares estuvieran tan cerca, ya que no tenía un segundo que perder. De todos modos, por lo que declararon las familias y sus compañeros de trabajo (que tampoco tenían la menor idea de la vida dividida del bígamo), se le veía absolutamente feliz… La realidad supera a cualquier ficción.

Otra modalidad más del asunto del casorio o convivencia con varios o varias se dio en algunos lugares de la California hippy de finales de los sesenta del siglo XX. Fue ‘el amor libre’, carente de compromisos y afectos personales, sin obligaciones ni explicaciones. Es decir, total y absoluta libertad en las relaciones. Pero claro, de toda aquella locura bienintencionada (haz el amor y no la guerra) sólo quedaron unos cuantos grandes grupos de rock y los grandes damnificados del amor libre: los niños así engendrados, los cuales crecieron sin padre y casi siempre sin madre y en medio de un grupo en el que nadie tenía la obligación de hacerse cargo de sus necesidades, sin que nadie les dijera nada de obligaciones y responsabilidades, sin que nadie les hablara nunca de valores, sin enseñanzas ni verdadera educación, sin familia. Lógicamente, casi todos aquellos hijos sin auténticos padres ni madres fueron adultos sin techo que visitaron asiduamente con cárcel.

Si la fórmula una y uno ha permitido que nuestra especie haya tenido tanto éxito, parece poco inteligente cambiarla. 

CARLOS DEL RIEGO