domingo, 23 de diciembre de 2012

LA ASCENDENCIA Y CAIDA DEL POP ESPAÑOL Durante la década de los ochenta del siglo pasado el pop-rock español vivió sus momentos de esplendor, pero por causas diversas ha terminado en la situación depresiva en que hoy se encuentra

Hubo un tiempo en que el pop español ocupaba las mejores horas de la televisión.

Hay actualmente profesiones y sectores profesionales que están al borde del KO, igual que el boxeador que ha recibido un golpe nítido y está groggy, aturdido y con las piernas de trapo, tambaleante y desconcertado, sin saber por dónde le vienen los golpes y, lógicamente, sin tener la mínima idea de cómo solucionar los problemas que le dejan sin defensa. Estos sectores son los que a la situación de crisis generalizada añaden una recesión específica; por ejemplo la prensa de papel, el cine en la sala o la industria del pop español, que actualmente está instalada en una depresión inmovilizante. ¿Cómo se ha llegado a la situación desesperada en que viven la mayoría de los músicos que hace unos pocos años siempre tenían trabajo?

La cosa comienza cuando irrumpe la nueva ola y la movida madrileña, momento que se puede situar en los primerísimos años ochenta del siglo pasado. Aquello tuvo tal potencia, tal grado de penetración entre el público, tal presencia en la vida no sólo cultural de España, que todos los ayuntamientos (grandes y pequeños) llegaron a la conclusión de que para que sus fiestas patronales fueran de postín había que traer a uno (o dos o tres) de los grupos emblemáticos de la movida; eso daba prestigio, el nombre de la población aparecía en los medios y la actuación atraía gente desde muchos kilómetros. Y para conseguirlo los alcaldes y concejales encargados de fiestas estaban dispuestos a pagar lo que se les pidiera (¡qué fácil es gastar el dinero público!) para que el grupo tal actuara en su municipio, para que algo de la movida pasara por su pueblo o ciudad; los managers y representantes de los artistas, que nunca han sido tontos, pidieron y pidieron, presentaron cachés disparatados, honorarios descabellados, con la sorpresa (alguno así lo manifestó) de que los dirigentes municipales aceptaban los precios a la primera y sin rechistar, de modo que siguieron subiendo las cantidades. A la vez, las cifras de ventas iban viento en popa. Se puede afirmar que a mediados de los años ochenta del siglo XX el pop español estaba en la cima, había pasado de la clandestinidad a los mejores horarios en televisión, de ser música para unos pocos a que todo el mundo tarareara los grandes éxitos, a vender cantidades asombrosas, a sonar en vivo a diario por toda España.

Pero ya entonces no todo eran buenas noticias, pues paralelamente los empresarios privados apenas podían contratar, ya que eran incapaces de competir con la concejalía de fiestas, de modo que si querían conciertos de grupos de la movida (y no sólo de la madrileña) tenían que correr grandes riesgos, perder dinero en taquilla muchas veces o renunciar a las bandas más emblemáticas. Pero claro, esa burbuja también estalló.

Así, a principios de la década siguiente la mayoría de los ayuntamientos empiezan a dejar de pagar lo que se les pide, pero los representantes quieren seguir sacando un poco más de jugo a los buenos tiempos, así que se ofrecen a los promotores privados con ligeras rebajas primero y mayores después, al comprender cómo estaban las cosas; el problema es que el público se había acostumbrado a ver a los grandes de la movida gratis, por lo que había perdido algo de interés, y además la inercia de la movida había terminado. A todo esto, el capítulo de ventas de discos (la otra base de la industria) empezaba a mostrar indicios preocupantes, pero no lo suficiente para que la industria temiera por su posición dominante.

Sin embargo, las cosas empiezan a no funcionar, y a mediados de los noventa la crisis enseña la patita, de modo que las ventas comienzan una caída más que inquietante. Los agentes de los grupos comprenden finalmente que es preferible cobrar la mitad de la mitad y actuar que quedarse en casa todo el año, por lo que al descenso de las ventas se puede oponer un cierto aumento de los directos, ya que a mediados de aquella década se organizan todo tipo de giras; tanto en grandes recintos o en escenarios de mediano aforo, en salas pequeñas o en teatros con el público al alcance de la mano, los conciertos están a la orden del día. Pero sólo fue durante un corto espacio de tiempo.

La llegada del nuevo siglo no hizo más que agravar todos los problemas. De repente, dejan de venderse discos de modo drástico; Internet y todos los dispositivos electrónicos capaces de reproducir música dieron la puntilla a la industria discográfica (¿alguien recuerda el top manta?), pues el soporte físico deja de ser imprescindible, y en consecuencia, a día de hoy apenas se venden discos. La competencia del resto de ofertas de ocio arrincona al mercado de la música, de forma que ha perdido (según los expertos) alrededor de un 75% de las ventas en España. A finales de 2012 las discográficas y el resto de la industria aun no han asimilado los golpes, por lo que siguen al borde del KO.

Y en cuanto a los conciertos, afirman los profesionales que hoy se celebran menos de la mitad y con cachés a veces vergonzantes. Y todo este desplome se ha producido en un espacio de tiempo relativamente corto; es más, en un par de décadas se han sucedido cambios de tendencia radicales, con momentos de euforia seguidos de melancolía, aunque siempre con la tendencia general hacia abajo. Hoy, en la segunda década del siglo XXI, los ayuntamientos no contratan nada, es más, deben enormes cantidades a las agencias de contratación, apenas se venden discos (la industria discográfica como estaba montada está muerta aunque aun no lo sepa o no quiera admitirlo) y se celebran menos conciertos y con increíbles rebajas en los cachés; los que pueden se montan giras en solitario, otros organizan conciertos acústicos en salas pequeñas, y otros simplemente buscan otras salidas profesionales lejos de la música. La actualidad muestra a muchísimos músicos de pop, rock y derivados totalmente desocupados, sin trabajo, sin actuar y sin vender, incluso algunos con gran renombre afirman llevar meses sin actividad profesional a pesar de tener disco nuevo en el mercado, una situación que los ha dejado anonadados, sin capacidad de reacción.

Esa inactividad y las monstruosas deudas que tienen los ayuntamientos con las agencias de contratación (muchas de conciertos de hace años), han arrastrado a empresas de sonido e iluminación, de transportes y de producción, estudios de grabación, tiendas de discos, músicos de estudio, técnicos… Todo ese trabajo ha dejado de ser productivo.

Y así están las cosas, sólo unos pocos artistas tienen trabajo, los conciertos de alcance que llenan el aforo son cada vez menos; los grupos no profesionales siempre lo tienen más fácil para tocar, mientras los ‘de clase media’ están casi retirados por inactividad. Y en cuanto a los discos, sólo hay que comprobar que las tiendas han desaparecido (casi todas) y que sólo los grandes almacenes e Internet mantienen las ventas apenas unos pasos antes de la bancarrota.

En pocas palabras, aquellas subvenciones de los días de vino y rosas, junto a los cambios estructurales de la industria que no se quisieron ver, han llevado a la música española a una situación desesperada, al menos para gran cantidad de profesionales; se puede asegurar que el pop español, en general, ha mordido el polvo…; por cierto, en otros países la caída de ventas ha sido gradual y se ha detenido antes, mientras que las entradas baratas siguen permitiendo recintos llenos.

No hay que olvidar que la subvención tarde o temprano se acaba, dejando entonces a la vista el verdadero estado de las cosas. Y todo esto sin indagar en la calidad media ni comparar a los grupos y las canciones en aquellos inolvidables años con los de los posteriores. Esto lo dirá (si no lo ha dicho ya) el tiempo.    

CARLOS DEL RIEGO