miércoles, 19 de diciembre de 2012

EL JEFE DE LOS JUECES QUIERE VIAJES DE LUJO: SE CREE MUY IMPORTANTE Se llama Gonzalo Moliner y es un pez gordo de la judicatura, por lo que cree merecer más dinero para sus gastos, pues en caso contrario piensa que el público tendrá mala imagen de él y su cargo; es otra evidencia de lo lejos de la tierra que viven los altos funcionarios, políticos y otros cargos públicos

También estos árbitros de la ley se creen acreedores a derechos señoriales por ser quienes son.

El presidente del Poder Judicial, Gonzalo Moliner, se ha quejado porque le parece que da “mala imagen” que alguien tan importante como él viaje en clase turista, cuando en el sentir general de la ciudadanía lo que produce malestar es todo lo contrario: que viaje a todo lujo a costa del contribuyente. Esta postura del jefe de los magistrados es otra muestra más de lo lejos de la realidad, de lo elevados por encima del suelo que viven los que se creen tan importantes, pues están convencidos de que al que escota para pagar sus emolumentos le parecerá mal que se ahorren gastos innecesarios y se enfadará si no se tira de tarjeta oficial con generosidad o no se viaja con gran fasto y ostentación. ¡Hay que ser engreído y estar en la más insolidaria inopia!, o lo que es peor, hay que ser un verdadero figurón, algo cercano al señor feudal, para creerse con derecho a gastar todo lo que desee porque es quien es, y punto. El caso es que el tal Moliner (que debería pagarse sus viajes profesionales y reclamar kilometraje, como hacen casi todos los funcionarios) se queja de que tras el ‘caso Dívar’ (su predecesor, que se iba a Marbella y otros lugares turísticos de vez en cuando a costa de todos) se han restringido los gastos de los jueces y otros altos funcionarios. Incluso se ha atrevido este gerifalte de los árbitros de la ley a lamentarse de que se han eliminado los viajes de fin de semana y de que “ya no hay semana caribeña”. ¡Cómo se puede tener la cara tan dura!

En este mismo saco de los convencidos de sus privilegios están también los diputados y senadores, que exigen móviles, ordenadores y otros dispositivos electrónicos con cargo al erario, que se gastan dinero público a millones para crear una página web, que piden austeridad al ciudadano mientras cubren casi todos sus gastos (incluyendo viajes) a costa de éste, que exigen más prestaciones para el contribuyente pero no renuncian a ningún privilegio; y también caben en el mismo contenedor los líderes sindicales, sobre todo los que integran consejos de administración de entidades financieras. Tampoco es despreciable el hecho de que los grandes sindicatos se nieguen a hacer públicas sus cuentas, sus ingresos y sus gastos, sus nóminas, complementos, privilegios; por cierto, para justificar esta negativa (la Casa Real, la Iglesia e incluso los políticos ponen a disposición del ciudadano sus balances y sus nóminas) los sindicalistas explican que las suyas son organizaciones privadas, y por tanto ajenas a la obligación de desvelar sus movimientos de caja, y ello a pesar de que reciben millonarias subvenciones públicas…, es decir, también los que se dicen defensores del trabajador se sienten acreedores al privilegio. O sea, a pesar del concepto que tienen de sí mismos, también estos personajes residen unos veinte metros por encima del pavimento.

Sería muy interesante e instructivo investigar y comprobar cómo van evolucionando los modos de pensar de las personas que llegan a esas esferas de poder que, seguro, deben multiplicar sus egos por mil cada día, pues de otro modo es incomprensible que deduzcan que el puesto al que han llegado es prueba de su valía y que, por tanto, se merecen todo tipo de regalías, privilegios y ventajas y, en todo caso, es justo que tengan más que los que no han llegado tan alto en la escala social. Y si alguien les afea esa conducta se defienden minimizando lo que cuesta al pagano esos, según ellos, despreciables desembolsos (si fueran tan triviales cantidades ¿por qué no las pagan de su bolsillo?), o amparándose en el improperio característico que siempre tienen a mano: “eso es demagogia”. El gran problema que hay en España es que hay que pagar todos los costes a 18 gobiernos.

Deben mirarse al espejo cada día repitiéndose una y otra vez “tu si que vales, tu te lo mereces todo”.

CARLOS DEL RIEGO