martes, 18 de diciembre de 2012

INDIGENISMO, XENOFOBIA Y RACISMO EN EL FÚTBOL Los fans del equipo ruso Zenit de San Petersburgo exigen que en su equipo no jueguen negros ni homosexuales, aunque aseguran no ser racistas; en España está el espejo en el que quieren mirarse, el Athletic de Bilbao

Esas actitudes amenazantes de los forofos del equipo de San Petersburgo no desentonarían en la Alemania nazi

Los hinchas más extremos del equipo de aquella ciudad rusa (la antigua Leningrado) han publicado un comunicado en el que rechazan que su equipo fiche a jugadores negros y homosexuales; en realidad utilizan el eufemismo de ‘jugadores de Sudamérica, África, Asia y Oceanía y pertenecientes a minorías sexuales’. Vaya por delante que estos presuntos aficionados ya habían dado anteriormente abundantes y evidentes muestras de su posición racista y xenófoba a pesar de que afirman no ser tal cosa, sin embargo, más que las palabras son los hechos los que definen conductas y maneras de pensar. Su aversión a la presencia de homosexuales es menos problemática en la práctica que sobre el papel, pues si hay futbolistas maricas (que seguro que los hay) no lo van manifestando, sino que se lo quedan para su intimidad.

Sin la menor duda, vetar al extranjero es puro chauvinismo, nacionalismo patriotero y fascistoide, indigenismo aislado y endógamo, mientras que prohibir o perseguir al gay es otra modalidad de racismo e intransigencia con el distinto (por cierto, eso no se llama homofobia, término que quiere decir odio al igual, al idéntico, no al homosexual; sería más exacto heterofobia, que significaría odiar al diferente). Lo que ocurre es que a pesar de tener asumido que son como son, esos indeseables futboleros saben que tendría muy mala prensa que su club de fútbol fuera identificado con aquellos términos; no en vano la directiva de la entidad ha salido al paso y ha comunicado que en el equipo se juega según la valía deportiva, no según el color de la piel, la procedencia o la preferencia sexual. El problema es que en muchos lugares el deporte se ha convertido en el camino que muchos utilizan para dar rienda suelta a sus verdaderos sentimientos y, sobre todo, en el vehículo ideal para canalizar sus ansias de enfrentamiento, sus ganas de combate, su búsqueda de enemigos a quienes odiar.

Pero lo más llamativo de la declaración de estos forofos es que se miran en el equipo español Atheltic Club de Bilbao, con el que sin duda convergen en esa especie de indigenismo carpetovetónico. Sorprendentemente, en muchos lugares del resto de España está muy bien vista la actitud exclusivista del Athletic, y ello a pesar de que no permite fichar a nadie nacido en cualquier lugar el mundo que no sean las tres provincias vascas (en la práctica se fuerza la regla y se permiten jugadores de origen vasco nacidos en otros sitios o simplemente naturales de provincias cercanas). Es decir, se excluye a quienes no sean de la tierra, se mira el carnet de identidad y se discrimina en función del lugar de nacimiento, lo que es un evidente acto de xenofobia (cualquier constitución así lo señala) y, además, es una autolimitación empobrecedora, más aun en el momento presente en el que, por muchos empeños que hagan algunos, las fronteras geográficas cada vez son menos significativas (lo que no quiere decir que esto sea regla general). Caso más ridículo es el del equipo Real Sociedad de San Sebastián, que tras seguir muchos años el ejemplo bilbaíno hace unos cuantos decidió abrir sus puertas a jugadores extranjeros pero no del resto de España, o sea, allí puede jugar uno de Albania pero no de Albacete, uno de Córdoba, Argentina, pero no de Córdoba, España… La postura del Athletic, aunque ultra, no deja de ser coherente, pero la de su vecino de Donosti roza lo grotesco, pues juega con la baraja indigenista pero se hace trampa fichando a extranjeros, prohíbe a los cercanos compatriotas pero acepta a los nacidos más allá de las fronteras de España; difícil se hace encontrar muestras más evidentes de incoherencia, de animadversión estúpida, de fobia enfermiza.

Por más que se busquen razonamientos, justificaciones, coartadas o pretextos, estas posiciones discriminatorias, que comparten los fanáticos del equipo ruso y los dos vascos (uno más estricto, otro más disparatado), no dejan de tener puntos en común con el pensamiento y la esencia de la Alemania nazi, que perseguía la pureza racial. Y además, denota una ignorancia palurda, una endogamia pueblerina y engreída. Se trata, en definitiva, de muestras de ultranacionalismo excluyente, fanático, fachoso. Por más que repetida no deja de ser oportuna la cita de Georges Bernard Shaw: “El nacionalismo es una creencia que consiste en pensar que un sitio es el mejor del mundo porque yo he nacido en él”, lo que viene a significar que si hubiera nacido en otro lugar sería éste y no aquel el mejor del mundo. Mentes estrechas.

  
CARLOS DEL RIEGO