martes, 21 de mayo de 2013

EN ASTURIAS SE PROHIBIRÁ DECIR NAVIDAD O SEMANA SANTA Parece difícil, pero los políticos siempre encuentran modo novedoso de hacer el ridículo. En Asturias una iluminada está tratando de modificar el origen de las vacaciones, que existen precisamente porque se llaman como se llaman

La Navidad existe porque se llama así, y no se pueden tapar tradiciones y bagajes culturales por decreto.

Por más que se repita, por más que pueda parecer exageración, no hay duda de que Einstein tenía razón cuando afirmó que “hay dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana, y del universo no estoy seguro”. Buena muestra de ello ha dado la consejera de Educación de Asturias, que ha enviado una circular a los colegios del Principado para que a partir del próximo curso dejen de llamarse a las cosas por su nombre, concretamente la susodicha va a prohibir en los colegios (hay que suponer que sólo en los públicos) que a las vacaciones de Navidad se les llame vacaciones de invierno y a Semana Santa vacaciones del segundo trimestre (mucho no se ha esforzado en la búsqueda de nuevas denominaciones).
En el fondo lo que hay es una verdadera obsesión, una obcecación maniática con todo lo que huela a religión, de forma que cuando el que tiene el bastón de mando padece escasez neuronal da a luz necedades de este tamaño. Así, ahora el fanático ya no es el creyente sino el ateo, pues es éste el que quiere imponer (la Historia es pendular). Sin embargo, por mucho que se pretenda cambiar el modo de llamar a las fiestas, la realidad es que esas fechas se llaman como se llaman, y es así desde que se vienen celebrando, o sea, existen porque se llaman así, Navidad y Semana Santa; y esta realidad no se puede cambiar del mismo modo que no se puede cambiar aquello que ya ha sucedido.
Visto desde otra perspectiva se puede afirmar que los asturianos bien contentos han de estar, puesto que al parecer no tienen verdaderos problemas, ya que es en cosas tan importantes como esta en que gastan su tiempo (pagado por todos a precio de oro) los dilectos políticos; en fin, éstos no tienen cosas más importantes que hacer. También viene al pelo otro ejemplo tomado de la Historia; tras la proclamación de la II República Española, los integrantes de aquel Parlamento se tiraron días, semanas, debatiendo si reprobar al exiliado Alfonso XIII (un tipo infame por otra parte), que había huido con armas y bagajes; es decir, con el país en un estado calamitoso, con asuntos urgentísimos que atender en prácticamente todas las áreas, los señores diputados gastaron tiempo y dinero, ilusiones, ganas, ideas, discusiones, pasiones… en algo que, finalmente, se tradujo en la nada más absoluta, pues declarar al Borbón traidor o similar no acarreó ningún beneficio social, económico o político ni a la República ni a los españoles. Y es que los políticos (asturianos o coreanos) siempre encuentran maneras de desprestigiarse a sí mismos y de perder el tiempo de un modo ciertamente eficaz, en lugar de atender a resolver lo del paro, la minería, la corrupción política, el medio ambiente, infraestructuras…    
Hay que recordar que esta consejera (¿de verdad alguien se fiaría de sus consejos?) ya intentó sandez de semejante calibre en época de Zapatero, cuando quiso sustituir padre y madre por ‘progenitor a’ y ‘progenitor b’ a la hora de inscribir a los niños en el Registro Civil. Y seguro que le pareció una idea genial, una idea que iba a mejorar la vida de todos los ciudadanos.
Esta de los nombres obligatorios es medida fascistoide y sectaria, pues intenta imponer ideología y contentar a quienes comulgan (esta palabra también ha de ser eliminada) con dicha ideología; pero lo peor es la inutilidad del intento, pues la gente va a seguir llamando a las cosas como las han llamado siempre y, por otro lado, en cuanto cambie la tortilla política y sean los contrarios los que manden, se volverá a oficializar la terminología que ahora pretende erradicarse por decreto. No deja esto de recordar aquel patético intento de cambiar los nombres de los meses que se trató de imponer durante los años de la Revolución Francesa (la Historia es maestra), de modo que en lugar de enero, febrero…, se pretendió que se dijera pluvioso, nivoso, brumario, termidor…; es más, se puso un nombre a cada día del año para sustituir a los de los santos. La cosa duró diez o doce años aunque, en realidad, nunca caló en la población.
Pero aun se puede ir un paso más allá en la carrera de la necedad, pues si el aludido personajillo-consejera fuera coherente también enviaría orden a los municipios con nombres de origen religioso para que buscaran denominación sin ese carácter; o sea, que vayan pensando rebautizar La Cruz de Illas, La Magdalena, los varios San Andrés, San Esteban, San Juan, San Martín…, en total en torno a cien localidades. Y, por supuesto, habría que borrar la cruz de la bandera de Asturias, así como las cruces de los monumentos y cualquier referencia religiosa; igual que las fiestas, la mayor parte de las cuales son San Mateo, San José, Santa Rita, Sacramentu, San Blas, Santo Espíritu, Santa Bárbara…, y sin olvidar la fiesta patronal del Principado, que es la Virgen de Covadonga. Ni que decir tiene que las canciones navideñas, belenes y similares quedan prohibidas.
Es como si pretendieran borrar el pasado y elaborar uno nuevo, olvidar las raíces de Asturias y sustituir su Historia por algo que se adaptara a la doctrina partidista, cada vez más tendente al dogma sectario; no se trata ya de religión, sino de negar la realidad. Moleste a quien moleste, las tradiciones, usos y costumbres son las que son y tienen el origen que tienen. Y los orígenes, folclores y acervos culturales no se pueden cambiar por decreto.  

CARLOS DEL RIEGO