domingo, 19 de mayo de 2013

EUROVISIÓN, PARAÍSO HORTERIFORME Dejando a un lado que la música no se puede computar y que un concurso de canciones no es como uno de lanzamiento de peso, lo del Festival de Eurovisión más que musical parece certamen de extravagancias, ocurrencias, excesos sin gracia y, finalmente, una competición de horteradas en su más estricto sentido


Puesta en escena kitsch, chillona, ordinaria, tópica y sin el menor sentido del gusto
No deja de tener mérito que el Festival de Eurovisión se venga celebrando ininterrumpidamente desde hace más de medio siglo, pero casi se puede terminar ahí lo meritorio del evento. La edición de 2013, la número 57, ha sido una excelente muestra de lo que es hoy esta cita, pues la categoría de la música ha sido muy muy escasa, las puestas en escena resultaron ridículas, casi sonrojantes, y lo de las votaciones, de auténtica carcajada. Eso sí, la visualización de este aquelarre de mal gusto ha debido hacerse con cautela, en pequeñas dosis, puesto que una excesiva exposición a tan extrema vulgaridad puede ocasionar severas consecuencias a la salud mental del espectador.

La indumentaria de la encargada de conducir el espectáculo fue de aurora boreal, un monumento a la fealdad. Tras ella se sucedieron horteradas de tamaño colosal; muchas de las chicas aparecían vestidas como de princesas de cuento de hadas y tratando de parecer tales, mientras que ellos se presentaron ataviados con una mezcla entre ilusionistas y camareros. Muchos de los participantes quisieron añadir otros elementos con los que llamar la atención, como el tipo de King Kong-vikingo-Santiagosegura, los de la urna de cristal, los tipos sado-macho que parecían tocar grandes tambores, las que iban como de azafatas…, ¡y qué decir de algunos de los chicos, que parecían imitadores de David Bustamante!..., claro que lo del tronco de Rumanía (que, por cierto, sí sabía cantar) en plan Drácula con traje de los chinos o lo de los de Bielorusia, rayan lo ofensivo. En realidad, salvo tres o cuatro que se salieron del horterismo general apostando por la discreción, este Eurovisión ha sido todo un canto al mal gusto, a la vulgaridad y la ordinariez, al colorido ‘kitsch’, al exceso sin el mínimo atisbo de encanto, a la ausencia de algo parecido al arte…, en fin, el festival ha superado todos los récords, todos los límites de la macarrada, de lo grosero, mediocre y trillado. En lo visual bien puede decirse que fue un desatino de dimensiones cósmicas, algo parecido a un concurso de disfraces disparatados, una competición-exhibición de caricaturas y bufonadas, generalmente muy ingenuas, casi infantiles.
Algunos parecían imitadores de David Bustamante.
Ah!, pero todo ello se queda en pecata minuta contemplando las coreografías y puestas en escena, que obligan a pensar que a quienes han perpetrado tales desaguisados les falta un hervor. Qué canto a la vulgaridad y la chabacanería, qué simpleza, qué medianía, qué impostura. Cierto que en este tipo de certamen lo que se busca es llamar la atención como sea, intentar que el jurado (o lo que haya) se acuerde de uno, pero hasta en esto existe un límite, y cuando se traspasa la cosa resulta hilarante, si no de vergüenza ajena.     

La parte musical (las canciones) estuvo a la altura del resto. O baladitas cursis o infame chunda-chunda, todo fácil y fácilmente previsible, sin pizca de chispa, belleza o (ni por asomo) elegancia. Había pasajes en los que daba la impresión de repetirse la misma canción, como si todas las piezas hubieran sido obras de dos o tres autores que trabajaron contrarreloj. ¿Alguien puede recordar algún estribillo? ¿Alguien cree que alguna de estas composiciones tendrá recorrido en las listas de éxitos o de ventas? ¿Alguien puede tararear alguna de las ganadoras en ediciones anteriores? Nada de esto, ni cantantes ni canciones mostraron algo de imaginación, ningún destello de inspiración pudo atisbarse en el escenario sueco, donde sí abundaron las letras metidas a matajunta en partituras verdaderamente toscas.

Pasan los años y se suceden las ediciones, pero a pesar de la popularidad alcanzada en las últimas, la horterada sigue siendo la reina en esta especie de romería, en este auténtico festival de la patata tempranera que ni siquiera tiene el encanto de lo decadente y morboso. Al revés, la masificación propiciada por las redes sociales e internet le han colocado un añadido de chabacanería y tópicos fáciles. Todo es colorines chillones que, lógicamente, se pegan con aquello que significa estilo, clase o distinción.
Lo del apartado de las votaciones fue de traca. Tan evidente era la componenda, el complot entre países vecinos, que el comentarista adivinaba una y otra vez a dónde irían los votos; así los de las repúblicas ex-soviéticas (Rusia, Arzerbayán, Armenia, Bielorrusia…) que con total descaro se repartían los sufragios como buenos hermanos, igual que los nórdicos (Suecia, Noruega, Dinamarca…); lógicamente Serbia y Croacia siguen siendo, de momento, agua y aceite incluso en ocasión tan trivial. 

Eso sí, este vetusto concurso de cantantes ha servido para enterrar a posibles intérpretes; no hay más que echar un vistazo a los representantes que ha enviado España en los últimos años, que luego de obtener posiciones muy retrasadas parecen haberse retirado del escenario para los restos; y si esto ha sucedido con uno de los países participantes, seguro que idénticamente ha sucedido en otros. Mejor y más compasivo es no mencionar nombres.

Pero a pesar de todo hay mucha gente que disfruta con Eurovisión y que se reúne para ver, criticar, comentar, alabar o denostar, es decir, el festival gusta, por lo que tiene todos los derechos y legitimidades para seguir en antena. Al menos puede tomarse como una referencia. De mal gusto, pero referencia.
  
CARLOS DEL RIEGO