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lunes, 3 de agosto de 2026

90 AÑOS DEL COMIENZO DE LA GUERRA CIVIL. QUÉ HACER PARA PERDER UNA GUERRA

 


Cuando los gobiernos de las potencias occidentales vieron imágenes como estas decidieron no apoyar al gobierno que las permitía

 

Hace 90 años (18-VII-36) España se incendió con el comienzo de la Guerra Civil. El Gobierno de la República, indeciso, pasmado, tardó muchísimo en reaccionar a pesar de los rumores que hablaban insistentemente de que se preparaba una sublevación. Lógicamente, la República no quería perder la guerra, pero si hubiera tenido la intención de perderla no hubiera actuado de modo diferente a como actuó. De hecho, aquella inacción en los primeros momentos de la insurrección fue el primer paso de lo que hay que hacer si se quiere perder una guerra

 

En primer lugar hay que especificar la importancia de despojarse de ideologías, prejuicios y credos partidistas para interesarse y comprender hechos históricos, porque de lo contrario siempre se verá de modo diferente el mismo hecho si lo perpetran unos o si lo perpetran otros. Centrándose exclusivamente en cuestiones bélicas y militares resultará bastante fácil entender las causas de la derrota del gobierno en aquella guerra, puesto que sus acciones e inacciones resultaron absolutamente decisivas en el desenlace del conflicto. 

 

Muchos analistas señalan la indiferencia con la que las potencias occidentales (Inglaterra y Francia sobre todo) miraron hacia lo que pasaba por aquí; es decir, no pocos señalan que la causa de la derrota fue que esas potencias se no quisieron colaborar con la República. Sin embargo, la realidad fue totalmente la contraria a esa interpretación del hecho: si no intervinieron fue porque vieron lo que pasaba. Los gobiernos de esos países contemplaron horrorizados la violencia sin control que se ejercía en el bando republicano sin que el Gobierno de España moviera un dedo para detenerla. Ejecuciones masivas, fusilamientos de personas que estaban en la cárcel sin juicio, sin sentencia, sin que pesara sobre ellas ninguna acusación. A aquellas potencias no les pareció correcto apoyar a un gobierno que permitía todo tipo de violencias como la quema de iglesias, monasterios y conventos (incluyendo archivos y patrimonio histórico), como la persecución y asesinato de curas, monjas y seminaristas, como el secuestro, tortura y asesinato de ‘desafectos’ en las chekas…, por no mencionar las huelgas violentas, incendios, palizas, asaltos, tiroteos callejeros (más de 300 muertos en los primeros meses de 1936) o, en fin, el asesinato del líder de la oposición por parte de las fuerzas del estado con uniformes y coches oficiales. Toda aquella locura no era culpa del ejecutivo,  pero lo que no admitían Londres y París era que el Gobierno de España no hiciera nada, o sea, que permitiera tal anarquía sin intervenir. Aquellos países no iban a apoyar al bando rebelde, pero tampoco echarían una mano a un gobierno que permitía ese desgobierno. Evidentemente, a quienes ayudaron al bando nacional la violencia contra el enemigo les traía sin cuidado.

 

La falta de autoridad y de la intención de imponer el orden en las calles, ciudades y, en fin, en todo el territorio nacional, o sea, la total ausencia del gobierno republicano respecto a lo que ocurría en toda España afectó no sólo a la posibilidad de la ayuda exterior, sino que muchos militares indecisos decidieron sumarse a la sublevación ante el caos que había en todo el país. Después de las elecciones de febrero del 36 y tras el 18 de julio, en muchísimos pueblos y ciudades de España se incrementaron los actos violentos con total impunidad. Pero es que el desorden y la indisciplina reinante en el bando republicano desde los primeros momentos también mermaba la eficacia de su ejército. Al no haber una intendencia ordenada se producía un tremendo despilfarro de recursos (armas y municiones, transporte, combustible, alimentos, material médico…), que se distribuían según preferencias y simpatías, no según necesidades. Además, las tropas (regulares o milicianos) sólo obedecían a sus propios mandos: los cuerpos sindicalistas a sus comisarios y jefes, los comunistas a los suyos, los socialistas a los suyos…, con lo que existía una falta de autoridad y coordinación que mermó su eficiencia en combate. Conocido es que cuando Stalin envió un barco con material bélico ordenó que no desembarcara en Barcelona porque allí había muchos anarquistas, así que descargó en Alicante, donde se tardó muchísimo y se perdió un tiempo precioso.

 

Lógicamente, la indisciplina y la desconfianza provocaban que muchas veces la tropa acordaba por su cuenta por dónde avanzar sin tener en cuenta las exigencias que toda acción militar requiere; otras veces cambiaban de rumbo sobre la marcha porque se quería ‘escarmentar’ a este o aquel. Asimismo, los jefes y oficiales de cada compañía, división o cuerpo de ejército también desconfiaban el uno del otro, por lo que no existía coordinación, ni objetivos comunes, ni colaboración, sino que cada uno decidía por sí sin informar (hubo casos en que uno avanzaba o retrocedía sin dar cuenta a nadie, con lo que se contaba con ellos y no estaban o aparecían tropas que no se esperaban); además aquellas rivalidades y rencillas de partido llevaba a unos a no apoyar un ataque, a otros a no proteger un flanco, y a los otros a una retirada injustificada… En resumen, cada una de las unidades estaba integrada por militantes de los diversos grupos políticos que conformaban el Frente Popular y cada cual hacía la guerra por su cuenta según su interés o parecer.

 

Según cuenta el anarquista Cipriano Mera en sus memorias, tanto las Brigadas Internacionales como las unidades de Líster o los batallones de la CNT “retrocedían en desorden sin que hubiera forma de pararlos y reorganizarlos”, y señala que la causa era la falta de disciplina de la tropa y la negativa a obedecer órdenes. De hecho, el cuerpo que mandaba Mera recogió miles de fusiles y piezas de artillería abandonadas por las tropas de El Campesino que huían en desbandada. El mencionado Cipriano Mera estuvo a punto de fusilar a los miembros del Gobierno de la República a los que pilló escapando de Madrid porque pensaban que la ciudad estaba perdida; es lo que se conoce como 'el incidente de Tarancón': sin comunicar nada a los altos mandos militares, varios ministros y altos cargos decidieron huir, sin más. Mera, lo calificó como “verdadera vergüenza”, y añadió “si no monto ahora una gorda por mi cuenta es porque tengo conciencia de que no deben imponerse los puntos de vista particulares”. Otra muestra del desbarajuste se produjo al final de la guerra, cuando el coronel Casado se rebeló contra lo que quedaba del gobierno: una guerra dentro de la guerra.

 

El otro bando se recompuso rápidamente del desorden inicial, se reorganizó, estableció la cadena de mando, impuso la disciplina, todo el mundo obedecía a sus superiores, las operaciones estaban coordinadas, organizadas, pensadas. Todo eso es imprescindible para ganar una guerra, y sin ello la derrota es segura. Al comienzo de la guerra el bando republicano tenía todo a su favor: territorio, tropas y jefes, material bélico, fábricas, industrias, arsenales, recursos humanos…, pero nada de eso vale sin disciplina, mando unificado, orden…

 

CARLOS DEL RIEGO

domingo, 28 de julio de 2024

LA DIFERENCIA ENTRE EL CASO DE GIBRALTAR Y EL DE CEUTA Y MELILLA

 


El robo del peñón de Gibraltar fue un típico acto de piratería inglés

 

No suele pasar mucho tiempo sin que se suscite la polémica en torno a la españolidad de Gibraltar, algo que muchos españoles no dejan de reivindicar. Y en estas ocasiones también suele plantearse el asunto de Ceuta y Melilla. Sin embargo, son casos totalmente diferentes desde su origen. El Peñón fue asaltado en un acto de piratería sin que España e Inglaterra estuvieran en guerra, mientras que las ciudades norteafricanas formaban parte de España siglos antes de la existencia de Marruecos.

 

Hay muchos españoles (de esos que están siempre en contra de su país por que siguen identificando el nombre de España con el régimen anterior, o por la leyenda negra) que piensan que el caso de Gibraltar es idéntico al de Ceuta y Melilla, por lo que, afirman, antes de exigir a los ingleses la devolución del Peñón hay que ‘devolver’ Ceuta y Melilla a Marruecos. Pero esto último es imposible, porque las dos ciudades jamás pertenecieron a Marruecos, y si nunca fueron suyas no se pueden devolver; se pueden regalar, entregar, donar, vender, alquilar..., pero jamás devolver.

 

Melilla fue fundada por los fenicios pero apenas contó con población hasta que Abderramán III la incorporó al Califato de Córdoba en el s. X. En el XV pertenece al ducado de Medina Sidonia y desde el XVI ya forma parte de la corona española. Ceuta también es de fundación fenicia y allí se establecieron sucesivamente griegos, cartagineses, romanos, vándalos, bizantinos, visigodos y, finalmente, en el s. X, es conquistada por el Califato de Córdoba. Luego taifas, almohades, almorávides..., el Reino de Fez y el Reino de Granada se la disputan y la toman varias veces; en el s. XV es conquistada por Portugal y en el XVI se incorpora a la corona española; finalmente, cuando Portugal y España se separan, s. XVII, Ceuta decide seguir unida a España y no acompaña a Portugal en su secesión.

 

Marruecos existe como país desde 1956, mientras que ambas ciudades pertenecieron al califato de Córdoba hace mil años, y ambas son ciudades españolas desde hace cuatro o cinco siglos. Por tanto, jamás podrán devolverse Ceuta y Melilla a Marruecos, puesto que jamás fueron marroquís.

 

El asunto de Gibraltar tiene una historia totalmente diferente, una historia que comienza con un típico acto de piratería inglesa. A la muerte sin descendencia de Carlos II se produce en España la Guerra de Sucesión (1701-1713); así, por un lado estaban los que apoyaban a Felipe de Borbón (Felipe V), y por otro los que apoyaban al candidato austríaco, el archiduque Carlos. Los ingleses se decantaron por éste, es decir, Inglaterra no estaba en guerra contra España, sino que simplemente apoyaba a uno de los dos pretendientes al trono, o sea, no fue un ataque legítimo, y por tanto Gibraltar tampoco puede considerarse botín de guerra. El caso es que en 1704 varios navíos británicos y holandeses atacaron Gibraltar con más de 13.000 hombres y unos 1.500 cañones, ayudados por varios cientos de soldados catalanes, que se ocuparon del ataque por tierra. El por qué del asalto hay que buscarlo en el espíritu de pirata que tenían la mayoría de los marinos ingleses. Defendieron el Peñón menos de cien soldados con 40 cañones y la ayuda de 200 ó 300 voluntarios. Al terminar la Guerra de sucesión, el Tratado de Utrech establecía que Inglaterra se quedaba Gibraltar (y Menorca), y España no tuvo otro remedio que firmar, pues lo contrario significaba continuar con el conflicto, es decir, fue lo que se dice un ‘trágala’.

 

Además, se puede añadir que Gibraltar ha arrebatado terreno a España en la zona cuando sus patronos, los ingleses, han tenido oportunidad, saltándose lo firmado en aquel tratado. Y por si fuera poco, también reclaman otras posesiones que no aparecen en el mismo, como aguas territoriales o espacio aéreo. Es decir, se ciñen al tratado para quedarse con la roca, pero lo ignoran cuando les interesa. De todos modos, lo peor es que Gibraltar es algo así como un parásito de España, además de un paraíso fiscal que acoge y lava dinero de oscura procedencia. Y curiosamente, los ocupantes se consideran ingleses o soberanos gibraltareños  según les convenga. Lo malo es que el actual status no tiene visos de cambiar, pues a diferencia de los españoles, los ingleses hacen honor al dicho ‘My country wright or wrong’, o sea ‘correcto o equivocado, es my país’.

 

Como puede verse, el caso de Gibraltar no tiene nada que ver con el de Ceuta y Melilla. Inglaterra sí que podría devolver el Peñón a España, pero ésta no podría devolver las dos ciudades a Marruecos. Son situaciones que no tienen puntos en común, que no pueden considerarse como similares. El peñón fue robado y las ciudades no. Así de simple.

 

CARLOS DEL RIEGO

miércoles, 12 de agosto de 2020

EL DESASTRE DE ANNUAL, 99 AÑOS DE UNA TERRIBLE DERROTA.

 

Todos los blocaos españoles mostraban idéntica imagen

Se cumplen 99 años (desde finales de julio a primeros de agosto) de una de las mayores derrotas del ejército español, la cual ha pasado a la historia como el Desastre de Annual

A principios del siglo XX el Sultanato de Marruecos vivía en la anarquía total, por lo que el sultán pidió ayuda a Francia. En la Conferencia de Algeciras de 1906 el sultán acepta la presencia de tropas francesas y españolas en distintos sectores del territorio. En 1912 se establece el Protectorado con zona francesa y zona española. Tras la I Guerra Mundial el general Silvestre asume (en 1920) el mando de los ejércitos españoles en el norte de África. Desde el primer momento intenta avanzar desde Melilla en dirección a la bahía de Alhucemas, estirando su ejército a lo largo de unos 140 kilómetros. Al principio la cosa parecía ir sin problemas; la mayoría de jefes moros eran aliados a base de sobornos o apoyo en sus luchas contra las cabilas rivales…

Pero entonces apareció la figura de Abd el Krim, que unió harcas y cabilas y acaudilló la revuelta. Éste había trabajado como funcionario para la administración española, pero durante la I Guerra Mundial fue acusado de espía por los franceses y encarcelado; intentó fugarse, se rompió una pierna y no quiso que los médicos lo tocaran, así que cojeó el resto de su vida. Al recobrar la libertad dejó ver su intención anticolonialista y empezó a buscar alianzas con caídes de otras cabilas. Bajo su caudillaje los rifeños infligieron esta aplastante derrota a los ejércitos de Silvestre.

Nombres como Annual, Monte Arruit, Igueriben, Sidi Dris…, son los de algunas de las posiciones militares más importantes en las que se asentaban los distintos cuerpos de ejército, pero también indican tanto los lugares donde se produjeron aquellas vergonzosas derrotas como las crudelísimas matanzas de españoles a manos de los rifeños: murieron entre ocho y diez mil soldados y mandos, mientras que los moros apenas contaron un millar de bajas. Las causas de la catástrofe fueron varias y de diverso origen.

Para empezar, el general Manuel Fernández Silvestre, héroe de la Guerra de Cuba, de donde trajo condecoraciones y heridas, pensaba alcanzar en África victorias y gloria militar. Por eso forzó a sus tropas mucho más allá de sus escasas capacidades; además, consintió lo indecible a los jefecillos locales.

Causa determinante de la derrota fue el empeño de Silvestre (sus ‘bigotadas’ decían) de establecer múltiples posiciones militares (los blocaos). Estas se eligieron según criterios políticos y diplomáticos (para no molestar) y no atendiendo a cuestiones militares. Eran lugares altos pero muy difíciles de abastecer o socorrer; el calor era insoportable y había que ir por agua cada día, subiendo y bajando por terrenos muy escarpados, auténticos caminos de cabras por los que los mulos tenían que subir cubas que, al llegar, habían perdido la mitad de la carga; cuando empezaron las hostilidades fueron muchos los convoyes de la ‘aguada’ que tuvieron que volverse a mitad de camino, pues hombres y caballerías eran fácilmente abatidos por un enemigo conocedor del terreno y bien situado; por la misma razón, el reabastecimiento resultaba penosísimo o imposible. Las condiciones en los blocaos eran terribles, estaban infestados de ratas y raro era el soldado que no tenía piojos u otros parásitos; cuando alguien llegaba con provisiones de casa, grandes masas de roedores se reunían en torno al afortunado. La comida era escasa y mala, el equipo anticuado, uniformes y calzado destrozados e inapropiados (abundaban las alpargatas); el apartado médico tenía tantas limitaciones e insuficiencias como el resto de las provisiones; el armamento era vetusto y la munición insuficiente. Y el blocao estaba mal protegido y peor parapetado.

En cuanto a los soldados que hubieron de combatir, casi todos eran reclutas sin la menor experiencia; muchos apenas habían hecho prácticas de tiro. Sabían de la crueldad del enemigo y le tenían verdadero pavor; esto explicaría que, llegado el momento de abandonar la posición, en lugar de una retirada ordenada se produjera una desbandada caótica que incluso incitó al enemigo a intentar no dejar ni uno vivo, como si se tratara de una cacería. Y es que, por si fuera poco, salvo algunas notables y heroicas excepciones, los pobres desgraciados que pencaban en África no estaban bien capitaneados.

Pero tal vez el mayor error fuera confiar en los rifeños. Así es, tanto la tropa como los mandos (salvo excepciones) confraternizaban incomprensiblemente con ellos, e incluso había algún moro que iba de un fortín español a una aldea rebelde con total libertad… El caso es que se creyó en la supuesta amistad de los cabileños incluso cuando ya habían empezado los tiros. Cierto que hubo cabilas que se mostraron amistosas, colaborando e informando (a cambio de bienes o dinero), pero en el momento en que sus jefes vieron por dónde soplaba el viento cambiaron de bando con enorme alegría. Asimismo se habían creado compañías de policía moras, las ‘mías’, que se batieron codo con codo con las fuerzas españolas…, hasta que comprobaron quién ganaría la batalla, momento en que se pasaron al enemigo en masa, y en el acto empezaron a disparar contra lo que unos minutos antes defendían. Incluso se sabe que, antes de empezar la guerra, mientras el ambiente aun era pacífico, encargados de intendencia, mandos y soldados llegaban a vender provisiones, equipo, fusiles (la ‘fusila’) y munición a los sarracenos.

El junio de 1921 empezaron las hostilidades, que desembocaron en los horrores de Annual, Monte Arruit… Tras espantosos asedios, cuando cada blocao llegó al límite (sin agua desde hacía días, sin comida, sin medicinas, sin munición, sin esperanza), se daba la orden de retirada, pero la extenuada tropa (que cargaba con heridos y enfermos) entraba en pánico, produciéndose la desbandada, la huida enloquecida, una fuga en la que los propios españoles se atropellaban unos a otros, se mataban por un mulo o un sitio en un camión (tan cargados que reventaban las ballestas) y pocos miraban por el compañero. En esa situación se pudo comprobar que las leyendas en torno a la crueldad del moro eran ciertas. El reguero de muertos y heridos que dejaban las columnas españolas fue supervisado por hombres, mujeres y niños, que torturaban y remataban sin piedad a quien aun respiraba, rebuscaban para hacerse con los despojos (a un herido le cortaron las piernas a la altura de la rodilla para quitarle las botas, ya que de modo normal no podían), abrían con el cuchillo las bocas en busca de dientes de oro o, para divertirse, aplastaban caras, clavaban estacas en el ano del herido o le cercenaban el sexo y se lo metían en la boca…, los pocos supervivientes contaron infinitas atrocidades. En Monte Arruit se pactó la rendición: entrega de armas a cambio de conservar la vida, pero en cuanto se depositó el último fusil empezó la matanza.

Antes de aquellos sucesos, un diplomático español mantuvo con un caudillo local este diálogo: “¿No os gusta la paz que os ha traído España? No, preferíamos nuestras luchas. ¿No queréis trabajar sin que nadie os quite vuestras posesiones? No, al moro no le gusta trabajar. ¿No queréis ir en tren o por la carretera que os hemos construido? No, el tren cuesta y no queremos carros, al moro le gusta caminar. Cuando os ponéis enfermos, ¿no os gusta que nuestros médicos os curen? No, no se puede hacer nada contra la voluntad de Alá, preferimos nuestros ungüentos. ¿No os gusta ir a Melilla? No, porque cuando volvemos, nuestra casa y nuestra mujer nos parecen peores”. Muchos miles de españoles dejaron allí la vida por la necedad, vanidad y negligencia del gobierno y altos mandos militares. España no sacaba gran cosa del protectorado, no había minas, petróleo o cualquier recurso, estaba allí por estar, por mantener un estatus de potencia colonial que ya había perdido.

CARLOS DEL RIEGO

(Actualizado de agosto 2016)-

miércoles, 3 de agosto de 2016

EL DESASTRE DE ANNUAL, 95 AÑOS DE UNA ESTREPITOSA DERROTA. Estos días (del 22 de julio al 9 de agosto) se cumplen 95 años de una de las mayores derrotas del ejército español, la cual ha pasado a la historia como el Desastre de Annual

Cuando las tropas franco-españolas reconquistaron el territorio se encontraron con escenas como esta; las carretas no daban abasto.
A principios del siglo XX el Sultanato de Marruecos vivía en la anarquía total, por lo que el sultán pidió ayuda a Francia. En la Conferencia de Algeciras de 1906 el sultán acepta la presencia de tropas francesas y españolas en distintos sectores del territorio. En 1912 se establece el Protectorado con zona francesa y zona española. Tras la I Guerra Mundial el general Silvestre asume (en 1920) el mando de los ejércitos españoles en el norte de África. Desde el primer momento intenta avanzar desde Melilla en dirección a la bahía de Alhucemas, estirando su ejército a lo largo de unos 140 kilómetros. Al principio la cosa parecía ir sin problemas; la mayoría de jefes moros eran aliados a base de sobornos o apoyo en sus luchas contra las cabilas rivales…

Pero entonces apareció la figura de Abd el Krim, que unió harcas y cabilas y acaudilló la revuelta. Éste había trabajado como funcionario para la administración española, pero durante la I Guerra Mundial fue acusado de espía por los franceses y encarcelado; intentó fugarse, se rompió una pierna y no quiso que los médicos lo tocaran, así que cojeó el resto de su vida. Al recobrar la libertad dejó ver su intención anticolonialista y empezó a buscar alianzas con caídes de otras cabilas. Bajo su caudillaje los rifeños infligieron esta aplastante derrota a los ejércitos de Silvestre.

Nombres como Annual, Monte Arruit, Igueriben, Sidi Dris…, son los de algunas de las posiciones militares más importantes en las que se asentaban los distintos cuerpos de ejército, pero también indican tanto los lugares donde se produjeron aquellas vergonzosas derrotas como las crudelísimas matanzas de españoles a manos de los rifeños: murieron entre ocho y diez mil soldados y mandos, mientras que los moros apenas contaron un millar de bajas. Las causas de la catástrofe fueron múltiples y de muy diverso origen.

Para empezar, el general Manuel Fernández Silvestre, hombre de trato amigable y cercano y héroe de la Guerra de Cuba, de donde volvió con abundantes condecoraciones y múltiples heridas, pensaba alcanzar en África grandes victorias y la gloria militar. Por eso forzó a sus tropas mucho más allá de sus escasas capacidades; además, consintió lo indecible a los jefecillos locales.

Causa determinante de la derrota fue el empeño de Silvestre (una de sus ‘bigotadas’) de establecer múltiples posiciones militares (los blocaos). Estas se eligieron según criterios políticos y diplomáticos (para no molestar) y no atendiendo a cuestiones militares. Eran lugares altos pero muy difíciles de abastecer o socorrer; el calor era insoportable y había que ir por agua cada día, subiendo y bajando por terrenos muy escarpados, auténticos caminos de cabras por los que los mulos tenían que subir cubas que, al llegar, habían perdido la mitad de la carga; cuando empezaron las hostilidades fueron muchos los convoyes de la ‘aguada’ que tuvieron que volverse a mitad de camino, pues hombres y caballerías eran fácilmente abatidos por un enemigo conocedor del terreno y bien situado; por la misma razón, el reabastecimiento resultaba penosísimo o imposible. Las condiciones en los fuertes eran terribles, estaban infestados de ratas y raro era el soldado que no tenía piojos u otros parásitos; cuando alguien llegaba con comida de casa grandes masas de roedores se reunían en torno al afortunado. La comida era escasa y mala, el equipo anticuado, uniformes y calzado destrozados e inapropiados (lo más abundante eran las alpargatas); el apartado médico tenía tantas limitaciones e insuficiencias como el resto de las provisiones; el armamento era vetusto y la munición insuficiente; el blocao estaba muy mal protegido y peor parapetado…

En cuanto a los soldados que hubieron de combatir, casi todos eran reclutas sin la menor experiencia; muchos apenas habían hecho prácticas de tiro. Sabían de la crueldad del enemigo y le tenían verdadero pavor; esto explicaría que, llegado el momento de abandonar la posición, en lugar de una retirada ordenada se produjera una desbandada caótica que incluso incitó al enemigo a intentar no dejar ni uno vivo, como si se tratara de una cacería. Y es que, por si fuera poco, salvo algunas notables y heroicas excepciones, los pobres desgraciados que pencaban en África no estaban bien capitaneados. 

Pero tal vez el mayor error fuera confiar en los rifeños. Así es, tanto la tropa como los mandos (salvo excepciones) confraternizaban incomprensiblemente con ellos, e incluso había algún moro que iba de un fortín español a una aldea rebelde con total libertad… El caso es que se creyó en la supuesta amistad de los cabileños incluso cuando ya habían empezado los tiros. Cierto que hubo cabilas que se mostraron amistosas, colaborando e informando (a cambio de bienes o dinero, claro), pero en el momento en que sus jefes vieron por dónde soplaba el viento cambiaron de bando con enorme alegría. Asimismo se habían creado compañías de policía moras, las mías, que se batieron codo con codo con las fuerzas españolas…, hasta que comprobaron quién ganaría la batalla, momento en que se pasaban al enemigo en masa, empezando inmediatamente a disparar contra lo que unos minutos antes defendían. Más aún, mientras el ambiente era pacífico, encargados de intendencia, mandos y soldados llegaban a vender provisiones, equipo, fusiles (la ‘fusila’) y munición a los sarracenos.
Así, tras espantosos asedios, cuando cada posición llegó al límite (sin agua desde hacía días, sin comida, sin medicinas, sin munición, sin esperanza), se daba la orden de retirada, pero la extenuada tropa (que cargaba con heridos y enfermos) entraba en pánico, produciéndose la desbandada, la huida enloquecida, una fuga en la que los propios españoles se atropellaban unos a otros, se mataban por un mulo o un sitio en un camión (muchos iban tan cargados que reventaban las ballestas) y nadie miraba por nadie (hubo excepciones). En esa situación se pudo comprobar que las leyendas en torno a la crueldad del moro eran ciertas. El reguero de muertos y heridos que dejaban las columnas fue supervisado por hombres, mujeres y niños, que torturaban y remataban sin piedad a quien aun respiraba, rebuscaban para hacerse con los despojos (se sabe de un herido a quien cortaron las piernas a la altura de la rodilla para quitarle las botas, ya que de modo normal no podían y tenían prisa), abrían con el cuchillo las bocas en busca de dientes de oro o, para divertirse, aplastaban caras, clavaban estacas en el ano del herido o le cercenaban el sexo y se lo metían en la boca…, los pocos supervivientes contaron atrocidades escalofriantes. En Monte Arruit se pactó la rendición: entrega de armas a cambio de conservar la vida, pero en cuanto se depositó el último fusil empezó la matanza.  

Antes de aquellos sucesos, un diplomático español mantuvo con un caudillo local esta conversación: “¿No os gusta la paz que os ha traído España? No, preferíamos nuestras luchas. ¿No queréis trabajar sin que nadie os quite vuestras posesiones? No, al moro no le gusta trabajar. ¿No queréis ir en tren o por la carretera que os hemos construido? No, el tren cuesta y no queremos carros, al moro le gusta caminar. Cuando os ponéis enfermos, ¿no os gusta que nuestros médicos os curen? No, no se puede hacer nada contra la voluntad de Alá, preferimos nuestros ungüentos. ¿No os gusta ir a Melilla? No, porque cuando volvemos a nuestros aduares nuestra casa y nuestra mujer nos parecen peores”. Y eso que, en realidad, España no sacaba gran cosa del protectorado, no había minas, petróleo o cualquier otro recurso natural. Estaba allí por estar, por mantener un estatus de potencia colonial que ya había perdido.

CARLOS DEL RIEGO



jueves, 17 de mayo de 2012

GIBRALTAR. CEUTA y MELILLA Dos casos sin posible comparación


Melilla y Ceuta son españolas desde hace siglos

Las relaciones diplomáticas entre España e Inglaterra se han vuelto más tensas tras el anuncio de un miembro de la Casa Real inglesa de ir a visitar Gibraltar, a lo que ha respondido la Reina Sofía anulando su presencia en los actos del jubileo de Isabel II.

Hay muchos españoles (de esos que están siempre en contra de su país porque siguen identificando el nombre de España con el régimen anterior) que piensan que el caso de Gibraltar es idéntico al de Ceuta y Melilla, por lo que antes de exigir la devolución del Peñón a los ingleses hay que ‘devolver’ Ceuta y Melilla a Marruecos. Pero esto último es imposible, porque las dos ciudades jamás pertenecieron a Marruecos, y si nunca fueron suyas no se le pueden devolver; se le pueden regalar, entregar, donar, vender, alquilar..., pero jamás devolver.

Melilla, fundada por los fenicios, pero apenas contó con población hasta que Abderramán III la incorporó al Califato de Córdoba en el s. X. En el XV pertenece al ducado de Medina Sidonia y desde el XVI ya pertenece a la corona española.
Ceuta también es de fundación fenicia y allí se establecieron sucesivamente griegos, cartagineses, romanos, vándalos, bizantinos, visigodos y, finalmente, en el s. X, es conquistada por el Califato de Córdoba. Luego taifas, almohades, almorávides..., el Reino de Fez y el Reino de Granada se la disputan y la toman varias veces; en el s. XV es conquistada por Portugal y en el XVI se incorpora a la corona española; finalmente, cuando Portugal y España se separan, s. XVII, Ceuta decide seguir unida a España y no acompaña a Portugal en su secesión.

Marruecos existe como país desde hace poco más de 50 años, mientras que ambas ciudades pertenecieron al califato de Córdoba hace 1000, y ambas son ciudades españolas desde hace cuatro o cinco siglos. Por tanto, jamás podrán devolverse Ceuta y Melilla a Marruecos, puesto que jamás fueron suyas.

La toma de Gibraltar fue un auténtico acto de piratería
El asunto de Gibraltar tiene una historia totalmente diferente, una historia que comienza con un típico acto de piratería inglesa. A la muerte sin descendencia de Carlos II se produce en España la Guerra de Sucesión (1701-1713); así, por un lado estaban los que apoyaban a Felipe de Borbón (Felipe V), y por otro los que apoyaban al candidato austríaco, el archiduque Carlos. Los ingleses se decantaron por éste, es decir, Inglaterra no estaba en guerra con España, sino que simplemente apoyaba a uno de los dos pretendientes al trono, o sea, no fue un ataque legítimo, y por tanto Gibraltar tampoco puede considerarse botín de guerra. El caso es que en 1704 varios navíos británicos y holandeses atacaron Gibraltar con más de 13.000 hombres y unos 1.500 cañones, ayudados por varios cientos de soldados catalanes, que se ocuparon del ataque por tierra. El por qué del asalto hay que buscarlo en el espíritu de pirata que tenían la mayoría de los marinos ingleses. Defendieron el Peñón menos de cien soldados con 40 cañones y la ayuda de 200 ó 300 voluntarios. Al terminar la Guerra de sucesión, el Tratado de Utrech establecía que Inglaterra se quedaba Gibraltar (y Menorca), y España no tuvo otro remedio que firmar, pues lo contrario significaba continuar con el conflicto, es decir, fue lo que se dice un ‘trágala’.

Además, se puede añadir que los ingleses han arrebatado terreno a España en la zona cuando han tenido oportunidad, saltándose lo firmado en aquel tratado. Y por si fuera poco, también reclaman otras posesiones que no aparecen en el mismo, como aguas territoriales o espacio aéreo. Es decir, se ciñen al tratado para quedarse con la roca, pero se lo saltan cuando les interesa. De todos modos, lo peor es que Gibraltar es algo así como un parásito de España, además de un paraíso fiscal que acoge y lava dinero de oscura procedencia. Y curiosamente, los ocupantes se consideran ingleses o soberanos gibraltareños  según les convenga. Lo malo es que el actual status no tiene visos de cambiar, pues a diferencia de los españoles, los ingleses hacen honor al dicho ‘My country wright or wrong’, o sea ‘correcto o equivocado, es my país’.

Como puede verse, el caso de Gibraltar no tiene nada que ver con el de Ceuta y Melilla. Inglaterra sí que podría devolver el Peñón a España, pero ésta no podría devolver las dos ciudades a Marruecos. Son situaciones que no tienen puntos en común, que no pueden considerarse como similares.  
Carlosdelriego.