miércoles, 17 de julio de 2013

PEDRO J, IGUAL QUE RANDOLPH HEARST, UN MENSAJERO MANIPULADOR El periodismo es un terreno desde el que resulta fácil la manipulación, lo que se traduce en auténtico poder. En el último siglo se ha evidenciado la tremenda influencia que los medios de comunicación tienen sobre la población. Lo demostraron Randolph Hearst y, por otro camino, Bernstein y Woodward; hoy, aquí, lo demuestra Pedro J. Ramírez

El magnate de la prensa e inventor
del amarillismo Randolph Hearst
 provocó una  guerra con sus mentiras


Woodward y Bersntein obligaron a dimitir
 a un presidente de USA basándose en la
verdad más escrupulosa.
Una de las expresiones más utilizadas por los periodistas para defenderse de cualquier ataque es acusar al atacante de intentar ‘matar al mensajero’, sin embargo hay ocasiones en que el mensajero no es de fiar, pues manipula, tergiversa, distorsiona, enreda con fines oscuros. La historia muestra varios casos flagrantes de adulteración de la información, del ‘cocinado’ de las noticias por parte de los medios. Uno ciertamente escandaloso es el que montó el magnate de la prensa sensacionalista estadounidense William Randolph Hearst al acusar a España del hundimiento del Maine en 1898; el tipo escribió en sus periódicos que había sido un ataque del ejército español (mina o similar) aun cuando no se había iniciado ninguna investigación, y así, para vender más diarios, el ‘periodista’ dio por segura la culpa de España y, posteriormente, fue vertiendo más y más mentiras, incluso instando a sus corresponsales en La Habana a que enviaran noticias porque “de la guerra ya me encargo yo”; curiosamente Hearst compitió en la manipulación del asunto del Maine con Joseph Pulitzer, otro de los grandes amarillistas de la historia del periodismo mundial. Sea como sea, la fabricación de esas noticias condujeron a la guerra entre España y Usa en dicho año. Por cierto, la explosión del barco fue desde dentro, como ha quedado más que demostrado en diversas investigaciones (siempre dijeron los lugareños que una mina hubiera sacado a la superficie a cientos de peces muertos, cosa que no ocurrió).

A Pedro J le gustaría alcanzar tanto poder
como Bernstein pero usando los métodos de Hearst

Otro caso similar es el de cuatro ‘periodistas’ de Denver que también se inventaron una noticia; así, uno de los detonantes de la denominada Guerra de los Bóxers en 1900, recordada por el asedio a las delegaciones extranjeras en Pekín durante 55 días, fue que Stevens, Tournay, Lewis y Wilshire, destacados en China por sus respectivos diarios, acordaron enviar una crónica en la que aseguraban que se había preparado una comisión de expertos estadounidenses para estudiar la demolición de la Gran Muralla con el fin de abrir el país al mundo. No fue la causa principal, pero cuando la patraña convertida en noticia se supo en la capital china la indignación popular encendió la mecha.

Son dos momentos en  que los mensajeros se inventaron el mensaje, y son contrarios a otro en el que el periodista dio evidencia de la fuerza del ‘cuarto poder’, pero esta vez con la verdad y la honestidad como base. Se trata del caso Watergate; dos periodistas del Washington Post (Berstein y Woodward) demostraron que el partido de Nixon espió a sus rivales, viéndose obligado el presidente a dimitir. A Pedro J le gustaría poseer tanto poder como Bernstein, ser recordado como un periodista que fue capaz de derrocar un gobierno (¡qué humos, qué vanidad!); la diferencia es que los americanos buscaron, indagaron y se entrevistaron con más de cien testigos e implicados, mientras que PJR lo ha fiado todo a un único personaje, el cual ha sido cogido en incontables mentiras y medias verdades.

El caso Bárcenas ha sido tomado por Pedro J. Ramírez (cuyas anteriores mentiras y manipulaciones le llevaron al ridículo de sostener durante meses que los atentados del 11 M en Madrid fueron obra de islamistas en comandita con etarras) como quien empuña un arma. El director de El Mundo (dicho sea de paso, su libro ‘El último naufragio’ es verdaderamente recomendable) está otorgando toda la credibilidad a un personaje más que sospechoso que ha mentido reiterada y demostradamente, que ha cambiado varias veces su declaración, que ha evadido dinero, que está utilizando el sistema de justicia sacando hoy estos papeles y guardando estos otros para mañana o para cuando le parezca, que está utilizando a la prensa en su propio beneficio (primero el País y ahora El Mundo), que ha sido abandonado por sus propios abogados y los ha sustituido por un ex juez condenado en firme por prevaricación, y que, en fin, trata de distraer a todo el mundo acusando a diestro y siniestro (de momento sin prueba sólida) y buscando enredar de tal modo la cosa que al final no haya manera de desenredar el origen de sus millones suizos. Este es el personaje a quien Pedro J entrega toda la confianza, tanta como para titular en su periódico que “Bárcenas entregó tanto dinero al presidente” sin más prueba que lo que dice un embustero evidente, cuando lo correcto hubiera sido titular “Bárcenas dice que entregó dinero”.

Asombra que el tal Pedro J crea a pies juntillas a un trolero (ha modificado su versión varias veces) y trincón (es palmario que tiene casi 50 millones fraudulentos en bancos suizos) y difunda sus cuentos y paparruchas como dogmas de fe… Sin embargo, si se considera que PJ es muchas cosas pero no tonto, hay que concluir que en realidad él no se cree las fábulas del contable, no se traga las ruedas de molino de quien ha sido cogido en múltiples y evidentes engaños, sino que los utiliza para fabricar grandes titulares. ¡Pero si uno de los papeles de Bárcenas indica pagos en euros a varios altos cargos un año antes de que naciera esta moneda!

El ciudadano Ramírez ha preferido ser como Hearst e inventarse la noticia, en lugar de ser como Bernstein y Woodward y completar y contrastar la información antes de pensar en titulares. Hay formas y formas de tratar de vender más periódicos y suscripciones. La diferencia es la integridad del informador.
Por cierto, con toda seguridad, los partidos (todos) han de tener más cadáveres en el armario que el mismísimo Al Capone, sólo hay que demostrarlo en el juzgado.


CARLOS DEL RIEGO