viernes, 26 de julio de 2013

¿ES EFICAZ EL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS TAL COMO ESTÁ ACTUALMENTE? Puesto que en el congreso nadie es permeable al discurso de los de enfrente, y puesto que todo el mundo va a votar según lo dispuesto por la dirección del partido, ¿qué objeto tienen discursos y votaciones?, y ¿pará qué tantos padres de la patria?


¡Por qué tantos si ya se sabe que nadie convencerá a nadie y todos votarán según directrices oficiales de sus respectivos partidos!
Muy rara es la época en la que no hay duros enfrentamientos verbales en el parlamento, en el congreso de los diputados; sin embargo, viéndolo desde una perspectiva de escepticismo se puede llegar a la conclusión de que todo es una especie de teatro, como preparado, como siguiendo un guión. Los representantes del gobierno lanzan sus discursos, que son aplaudidos por sus correligionarios y silbados o silenciados por los rivales; luego el turno es para los de la oposición, que lógicamente está para criticar y cuenta con los vítores de los suyos y la protesta de los otros. Ningún orador consigue que un adversario sopese la posibilidad de tener en cuenta sus palabras. Este es el rito que se repite una y otra vez, un guión que todos los actores de este gran escenario conocen a la perfección y respetan por encima de todo. Y así se llega al momento de las votaciones…, algo absolutamente inútil (salvo cuando algún manirroto despistado se equivoca), puesto que se podría adivinar el resultado de cada una simplemente sabiendo cuántos están presentes de cada formación: como todo el mundo sabe, todos los parlamentarios votan en bloque siguiendo las instrucciones de la dirección de sus respectivos partidos, por lo que las sorpresas sólo llegan tras confusión. Por ello, ¿para qué tantos tipos en el congreso?, ¿por qué tanta cháchara?, ¡si todos van a votar lo que se les diga!, ¡si nadie convence a nadie! Sobran la mitad de la mitad (o más).

Nunca nadie cambia de opinión, todo se limita a un diálogo de sordos en el que cada uno cuenta su verdad sin que el de enfrente le escuche y, por supuesto, sin que se deje convencer por muy sólido que sea el razonamiento propuesto. Los unos y los otros sueltan sus respectivas cancamurrias que sólo son atendidas por los propios, mientas que los contrarios, en el mejor de los casos, discrepan radicalmente sin considerar razones y argumentos (si no están jugando con el móvil o echando una cabezadita); esto se debe sobre todo a que la ideología está tan arraigada en el sentir del parlamentario, tan petrificada, tan fosilizada que impide asimilar planteamiento diferente; por no mencionar que toda la vida de cada uno de ellos está en manos del partido, y claro, más vale no pensar mucho ni tener opiniones contrarias al ideario oficial. 

Se habla de instituciones innecesarias, costosas y sin función como senado, tribunal de esto y lo otro, consejo de aquello y lo de más allá, comunidades autónomas, diputaciones…, pero si se piensa fríamente, el parlamento no vale para mucho, al menos como está actualmente concebido. No es que no sea necesario, al contrario, es imprescindible, pero al igual que otros modos, costumbres y procedimientos del espacio político, la llamada cámara baja precisa un cambio radical tanto en su forma como en su fondo.

Pero lo mejor del asunto es que donde están ahora unos ya estuvieron los otros, y viceversa, o sea, el transcurrir de la historia parlamentaria es cíclico, todo se va repitiendo, sólo cambian las caras y el nombre del partido, el que ayer acusó hoy se defiende, y viceversa, el que hoy manda alardea de su gestión, y viceversa; van cambiando cíclicamente el lado del espejo en el que se encuentran. Además, casi siempre están gastando tiempo y energía en ellos mismos, en acusaciones mutuas, en denuncias, en proclamas grandilocuentes, en sobreactuaciones en torno a sí mismos…

Y así sucesivamente mientras no se modifique el concepto y la estructura de tan imprescindible institución.

CARLOS DEL RIEGO