martes, 23 de julio de 2013

LA BAJEZA MORAL DE DAR A UN CRIMINAL EL HONOR DE UNA PORTADA Enorme revuelo ha causado en Estados Unidos (en el resto del mundo menos) la portada que la revista Rolling Stone ha dedicado al acusado de los atentados del maratón de Boston, un hecho que demuestra hasta dónde están dispuestos a llegar algunos periodistas para vender

El (presunto) terrorista accede
a los  honores de portada, logrando
así un auténtico triunfo
Las similitudes entre la portada del
 cantante  y la del (presunto) terrorista
sitúan a éste a la altura de gran estrella
del rock.




















La prensa lleva mucho tiempo cobrando un inusitado y perverso protagonismo. Y una buena muestra de ello es la categoría de gran estrella que la revista Rolling Stone ha otorgado al (presunto) terrorista Tsarnaev al dedicarle la portada de su último número. Como quiera que las críticas contra el magazine han sido abrumadoras, sus directores emitieron un ridículo y sonrojante comentario exculpatorio y justificativo diciendo algo así como que ellos (el periódico) están con las víctimas y sus familiares…, pero que la portada no es para estos sino para el (probable) agresor, que es (según los redactores y sus jefes) quien tiene que llevarse la gloria de aparecer en la cubierta, mientras que los agredidos deben callarse y aguantar, e incluso ver con buenos ojos que quien (supuestamente) causó muertes y mutilaciones se lleve tal privilegio.

A nadie se le escapa que la portada de una revista de alcance mundial se convierte en noticia por sí misma, de modo que la efigie escogida adquiere no sólo fama, sino también un halo de exclusividad, un plus de ídolo, un estatus similar al de una auténtica estrella del rock (no hay que olvidar que dicha revista es eminentemente musical), cosa que queda más que patente cuando se compara la foto del tal Tsarnaev con algunas de las que Rolling Stone dedicó al cantante Jim Morrison: ambos personajes tienen el mismo tratamiento, la misma aureola de gran celebridad, de verdadera figura.

Y aquí reside uno de los principales problemas de otorgar tanta notoriedad a un (hipotético) indeseable: que se transmite la idea de que ha ganado, que se ha convertido en un hombre de éxito, que ha conseguido su propósito…, pues no hay que olvidar que uno de los principales objetivos de todo grupo terrorista es precisamente la publicidad, la difusión de sus actos, sus ideas y sus motivos, algo a que en este caso es culpa de los responsables de la revista. No extraña que esta publicación estadounidense también diera en su momento los honores de su portada a unos de los asesinos más abyectos de la segunda mitad del siglo pasado, Charles Manson, lo que extraña es que no lanzaran un número con el retrato del asesino de John Lennon a todo color y a toda plana en su fachada principal.

Esto viene a dejar claro que hay muchos periodistas (directores, jefes de sección, redactores, presentadores) dispuestos a lo que sea con tal de vender su producto, sin detenerse en el daño que pueden ocasionar a inocentes y el honor que dispensan al indeseable. El caso extremo fue el de aquel presentador de televisión brasileño que provocaba él mismo el crimen para presentarse en el lugar antes que ningún competidor; situaciones menos llamativas pero no menos indeseables se dan a diario en todas partes; así la cadena de televisión que contrata a un asesino o ladrón o maltratador o violador convicto para que cuente sus fechorías en primera persona a cambio de una suma suculenta, enviando así la idea de que el criminal ha ganado algo con su crimen, dando legitimidad y respetabilidad al hecho de que por ser delincuente tiene la oportunidad de ser protagonista en televisión y de paso llevarse un buen cheque…, mientras que la víctimas y sus familiares son castigados a contemplar cómo el causante de su desgracia es tratado como persona respetable a la que se paga por sus explicaciones.     

De alguna manera, cuando el malhechor accede a la primera página ha triunfado, ha conseguido una victoria rotunda gracias a la bajeza moral de quien decide elevarlo a los altares de los medios de comunicación.

CARLOS DEL RIEGO